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Vida saludable en épocas de recortes

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Vida saludable en épocas de recortes

Adriana Durigutti

Sí, es difícil, para no decir imposible. Mantener una vida sana, con productos sanos, en mente sana, en estas épocas de locura y atropellos, es muy complicado.

Eso es lo que íbamos conversando con unas amigas con las que decidimos ir a caminar al parque para quemar las horribles calorías que consumimos durante la semana, mientras la que conducía, apagaba el tercer cigarrillo. Yo sé que así es difícil, pero es lo que hay.

Estacionó el auto frente al portón del parque (para no tener que caminar demasiado a la salida, ya bastante íbamos a caminar en el predio) nos bajamos y decidimos emprender la aventura, botellitas de agua en mano. ¿Cuántas vueltas daríamos? Para ser el primer día, por lo menos dos o tres. Ok. Y allí fuimos, sonrientes, cara al sol, absolutamente felices porque empezábamos a pertenecer a la tribu de los trainners gym fitness.

A la mitad de la caminata ya no teníamos agua. ¡Oxígeno, menos! Decidimos dejar de hablar y concentrarnos en el ritmo. En el final de la primera vuelta a una se le acalambraron los gemelos. Paramos, elongamos y ya el sólo hecho de empezar a usar esos dos términos nos motivó aún más. Nos sentíamos preparadoras físicas de alto rendimiento.

Pudimos completar la otra mitad del camino y ya nos quejábamos del calor, el sol, el viento y las olas… sucundún, ¡sucundún!

Y nos pasaban como autos de carrera otras personas que ¡trotan!, sí como leen… ¡TRO-TAN!

 

"Intentamos sacarnos una selfie, testigo de nuestra nueva vida sana, pero estábamos tan transpiradas que no había filtro que funcionara."

 

Nosotras de perilla ya podíamos levantar del piso un centímetro y medio del pie, enfundadas en unas zapatillas que, concluíamos, no eran las adecuadas para el tema en cuestión, por ahí, para escalar o jugar un picadito de fútbol, sí. Pero para caminar, tendríamos que cambiar de calzado, para la próxima. ¿Habría próxima?, eso tampoco estaba muy claro a esta altura, donde ya decidíamos que, por ser el primer día, sólo haríamos esa vuelta y nada más.

Paramos cerca de la canilla a cargar botellas, mojarnos la nuca, la cara, las manos… ¡Por qué no ponen duchas, por favor! Intentamos sacarnos una selfie, testigode nuestra nueva vida sana, pero estábamos tan coloradas, transpiradas y agotadas que no había filtro que funcionara. Desistimos de la idea, desistimos de una nueva vuelta. Allí tiradas como si hubiésemos caído de un piso diecisiete, tratando de recuperar aire, ánimo y compostura revisábamos el carácter de los demás concurrentes y nos sorprendíamos de la concentración que dibujaban en sus rostros. Los nuestros eran sólo de sufrimiento y desesperación, cambiemos el chip, decíamos, busquemos en la naturaleza (interna y externa) el “sí” a la actividad física, encontremos la clara justificación a esta tortura, que nos empiece a gustar lo que odiamos toda una vida, no sé, motivémonos de alguna manera. Así fue que finalmente, intentando incorporarnos, sin parecer elefantes lesionados; desistimos de una próxima salida y nos hicimos un juramento sagrado: encerrarnos hasta el próximo invierno y no comer nunca más.

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Vida saludable en épocas de recortes

Sí, es difícil, para no decir imposible. Mantener una vida sana, con productos sanos, en mente sana, en estas épocas de locura y atropellos, es muy complicado.

Eso es lo que íbamos conversando con unas amigas con las que decidimos ir a caminar al parque para quemar las horribles calorías que consumimos durante la semana, mientras la que conducía, apagaba el tercer cigarrillo. Yo sé que así es difícil, pero es lo que hay.

Estacionó el auto frente al portón del parque (para no tener que caminar demasiado a la salida, ya bastante íbamos a caminar en el predio) nos bajamos y decidimos emprender la aventura, botellitas de agua en mano. ¿Cuántas vueltas daríamos? Para ser el primer día, por lo menos dos o tres. Ok. Y allí fuimos, sonrientes, cara al sol, absolutamente felices porque empezábamos a pertenecer a la tribu de los trainners gym fitness.

A la mitad de la caminata ya no teníamos agua. ¡Oxígeno, menos! Decidimos dejar de hablar y concentrarnos en el ritmo. En el final de la primera vuelta a una se le acalambraron los gemelos. Paramos, elongamos y ya el sólo hecho de empezar a usar esos dos términos nos motivó aún más. Nos sentíamos preparadoras físicas de alto rendimiento.

Pudimos completar la otra mitad del camino y ya nos quejábamos del calor, el sol, el viento y las olas… sucundún, ¡sucundún!

Y nos pasaban como autos de carrera otras personas que ¡trotan!, sí como leen… ¡TRO-TAN!

 

"Intentamos sacarnos una selfie, testigo de nuestra nueva vida sana, pero estábamos tan transpiradas que no había filtro que funcionara."

 

Nosotras de perilla ya podíamos levantar del piso un centímetro y medio del pie, enfundadas en unas zapatillas que, concluíamos, no eran las adecuadas para el tema en cuestión, por ahí, para escalar o jugar un picadito de fútbol, sí. Pero para caminar, tendríamos que cambiar de calzado, para la próxima. ¿Habría próxima?, eso tampoco estaba muy claro a esta altura, donde ya decidíamos que, por ser el primer día, sólo haríamos esa vuelta y nada más.

Paramos cerca de la canilla a cargar botellas, mojarnos la nuca, la cara, las manos… ¡Por qué no ponen duchas, por favor! Intentamos sacarnos una selfie, testigode nuestra nueva vida sana, pero estábamos tan coloradas, transpiradas y agotadas que no había filtro que funcionara. Desistimos de la idea, desistimos de una nueva vuelta. Allí tiradas como si hubiésemos caído de un piso diecisiete, tratando de recuperar aire, ánimo y compostura revisábamos el carácter de los demás concurrentes y nos sorprendíamos de la concentración que dibujaban en sus rostros. Los nuestros eran sólo de sufrimiento y desesperación, cambiemos el chip, decíamos, busquemos en la naturaleza (interna y externa) el “sí” a la actividad física, encontremos la clara justificación a esta tortura, que nos empiece a gustar lo que odiamos toda una vida, no sé, motivémonos de alguna manera. Así fue que finalmente, intentando incorporarnos, sin parecer elefantes lesionados; desistimos de una próxima salida y nos hicimos un juramento sagrado: encerrarnos hasta el próximo invierno y no comer nunca más.

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