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La marea humana que no baja

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La marea humana que no baja

Gustavo Luna

Salvo los aventureros, el hombre no migra por gusto. En la antigüedad lo hacía detrás de las presas y en busca de los frutos que se agotaban en su comarca. Hasta que descubrió la domesticación de animales y semillas. Ahora, como hace miles de años, miles de hombres se desplazan, otra vez, en busca de sustento o de derechos conculcados en su lugar de origen. De Honduras a Estados Unidos, de Asia y África a Europa, las mareas humanas van de la periferia al centro, en busca de los alimentos y las oportunidades que se concentran en el centro y no llegan a la periferia.

La Organización de Naciones Unidas ha establecido el Día Internacional del Migrante. Es el 18 de diciembre ¿les sirve a quienes deambulan por el mundo en busca de mejor suerte que los estados poderosos del mundo les dediquen una fecha? Según Naciones Unidas, los Días Internacionales sirven. Para “sensibilizar, concienciar, llamar la atención, señalar que existe un problema sin resolver, un asunto importante y pendiente en las sociedades para que, a través de esa sensibilización, los gobiernos y los estados actúen y tomen medidas o para que los ciudadanos así lo exijan a sus representantes”. Los Días Internacionales “sirven de termómetro para conocer cuál es el interés que un asunto despierta en una determinada región”.

 

En 2016, la Asamblea General de Naciones Unidas realizó la primera cumbre sobre migrantes y refugiados y firmó la Declaración de Nueva York, en la que manifestó la necesidad de la protección internacional de quienes se han desarraigado en busca de nuevos horizontes.

 

“La migración es un fenómeno que ha existido siempre. Y (…) seguirá existiendo”, ha afirmado el secretario general de la ONU, António Guterres. “Necesitamos que la cooperación internacional sea eficaz en la gestión de la migración para asegurarnos de que sus beneficios se distribuyan de la manera más amplia y de que los derechos humanos de todos los interesados estén debidamente protegidos”, agrega.

Pero la expresión de deseo se da de narices con los intereses de los países centrales, que no quieren sumar un problema a los que ya tienen.

En 2016, la Asamblea General de Naciones Unidas realizó la primera cumbre sobre migrantes y refugiados y firmó la Declaración de Nueva York, en la que manifestó la necesidad de la protección internacional de quienes se han desarraigado en busca de nuevos horizontes.

Pero “a la hora de los bifes”, como se dice en criollo, los mismos estados que han firmado tales compromisos entienden que una cosa es hacer declaraciones solemnes y otra, muy distinta, abrirles la puerta a lo que para algunos son poco menos que hordas que van a disputarles el bienestar a los residentes originales.

Todos los estados tienen problemas para resolver las demandas de sus propias poblaciones. Es previsible que se resistan a recibir más bocas para alimentar y cabezas sobre las cuales poner un techo. El problema es de otros, dicen. En todo caso, de los mismos afectados o de los gobernantes de su país de origen, que no garantizan a sus habitantes un mínimo de satisfacción de necesidades básicas.

Mientras tanto, cada tanto, en algún lugar del planeta una población se ve empujada a levantarse y migrar hacia otro destino, como en la época en que lo hacía persiguiendo animales y frutos silvestres.

 

 

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La marea humana que no baja

Salvo los aventureros, el hombre no migra por gusto. En la antigüedad lo hacía detrás de las presas y en busca de los frutos que se agotaban en su comarca. Hasta que descubrió la domesticación de animales y semillas. Ahora, como hace miles de años, miles de hombres se desplazan, otra vez, en busca de sustento o de derechos conculcados en su lugar de origen. De Honduras a Estados Unidos, de Asia y África a Europa, las mareas humanas van de la periferia al centro, en busca de los alimentos y las oportunidades que se concentran en el centro y no llegan a la periferia.

La Organización de Naciones Unidas ha establecido el Día Internacional del Migrante. Es el 18 de diciembre ¿les sirve a quienes deambulan por el mundo en busca de mejor suerte que los estados poderosos del mundo les dediquen una fecha? Según Naciones Unidas, los Días Internacionales sirven. Para “sensibilizar, concienciar, llamar la atención, señalar que existe un problema sin resolver, un asunto importante y pendiente en las sociedades para que, a través de esa sensibilización, los gobiernos y los estados actúen y tomen medidas o para que los ciudadanos así lo exijan a sus representantes”. Los Días Internacionales “sirven de termómetro para conocer cuál es el interés que un asunto despierta en una determinada región”.

 

En 2016, la Asamblea General de Naciones Unidas realizó la primera cumbre sobre migrantes y refugiados y firmó la Declaración de Nueva York, en la que manifestó la necesidad de la protección internacional de quienes se han desarraigado en busca de nuevos horizontes.

 

“La migración es un fenómeno que ha existido siempre. Y (…) seguirá existiendo”, ha afirmado el secretario general de la ONU, António Guterres. “Necesitamos que la cooperación internacional sea eficaz en la gestión de la migración para asegurarnos de que sus beneficios se distribuyan de la manera más amplia y de que los derechos humanos de todos los interesados estén debidamente protegidos”, agrega.

Pero la expresión de deseo se da de narices con los intereses de los países centrales, que no quieren sumar un problema a los que ya tienen.

En 2016, la Asamblea General de Naciones Unidas realizó la primera cumbre sobre migrantes y refugiados y firmó la Declaración de Nueva York, en la que manifestó la necesidad de la protección internacional de quienes se han desarraigado en busca de nuevos horizontes.

Pero “a la hora de los bifes”, como se dice en criollo, los mismos estados que han firmado tales compromisos entienden que una cosa es hacer declaraciones solemnes y otra, muy distinta, abrirles la puerta a lo que para algunos son poco menos que hordas que van a disputarles el bienestar a los residentes originales.

Todos los estados tienen problemas para resolver las demandas de sus propias poblaciones. Es previsible que se resistan a recibir más bocas para alimentar y cabezas sobre las cuales poner un techo. El problema es de otros, dicen. En todo caso, de los mismos afectados o de los gobernantes de su país de origen, que no garantizan a sus habitantes un mínimo de satisfacción de necesidades básicas.

Mientras tanto, cada tanto, en algún lugar del planeta una población se ve empujada a levantarse y migrar hacia otro destino, como en la época en que lo hacía persiguiendo animales y frutos silvestres.

 

 

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