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No solo Grecia tiene su Atenas

Marina Rubio

No hace falta ir a otro continente, ni siquiera cruzar el océano. En Ecuador existe una ciudad que, al igual que muchas de Europa, permanece perpetua en el tiempo. Sus calles y sus edificios mantienen intacto el estilo colonial y las ruinas de sus alrededores recuerdan que, pese al paso de los conquistadores, el espíritu inca aún está vivo en sus tierras. Algunos la llaman “La Atenas de Ecuador”, pero ese lugar, en el mapa, es simplemente Cuenca.

La ciudad está a unos 470 kilómetros de Quito, al sur del país. La forma más económica y cómoda de llegar, desde la capital ecuatoriana, es en colectivo. Los micros parten de la terminal Quitumbe, en el sur de Quito.

Hay, al menos, cuatro empresas de buses que hacen ese tramo. Si bien los pasajes pueden adquirirlos a través de las páginas web de algunas de ellas, no es necesario comprarlos con anticipación. En las boleterías de la estación nunca faltan, puesto que cada una hora hay un viaje nuevo. Los pasajes cuestan 11 y 12 dólares y el recorrido Quito-Cuenca tarda, por lo general, entre siete y ocho horas. Pese a que todavía no es una ciudad muy popular a nivel internacional, la Unesco supo reconocer la belleza y, sobre todo, lo bien conservado que está su centro histórico, fundado hace cinco siglos, y lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1999. Las razones de ese logro se dejan ver en sus edificios neoclásicos, algunos con balcones torneados, hechos a mano, con piedras, madera, tapia y hasta con adobe.

 

 

Más allá del encanto de sus edificaciones y sus calles adoquinadas, recorrer Cuenca no dista mucho de hacer un tour religioso. Pues casi no hay cuadra que no tenga su iglesia. Eso explica por qué otros la llaman también “La ciudad de las iglesias”.

De hecho es dueña de la que, para muchos, es la catedral más impresionante del país, la de la Inmaculada Concepción. Se destaca por sus tres gigantescas cúpulas azules y su diseño inspirado en la basílica de San Pedro de Roma.

Pero antes de que el templo se convirtiera en el principal de la ciudad estaba la Catedral del Sagrario, levantada en el siglo XVI con piedras de las ruinas de Tomebamba.

Ambas catedrales están ubicadas frente a la plaza Abdón Calderón, también conocida como la Plaza de Armas, que con su bello parque hace de pulmón verde en medio del casco histórico. Entre las iglesias que también valen la pena contemplar, situadas en un radio de tres cuadras a la redonda, están la de Carmen de Asunción, la iglesia de Las Conceptas y, hacia el suroeste, la de San Francisco.

Si caminan solo dos calles hacia el sur, desde ese último templo, hallarán el museo taller del Sombrero, frente al río Tomebamba. No pueden irse de la ciudad sin el accesorio de su autoría: el sombrero de paja panameño, que muchos compran pensando que fue creado en Panamá, pero que en realidad es una invención cuenquina.

 

 

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No solo Grecia tiene su Atenas

No hace falta ir a otro continente, ni siquiera cruzar el océano. En Ecuador existe una ciudad que, al igual que muchas de Europa, permanece perpetua en el tiempo. Sus calles y sus edificios mantienen intacto el estilo colonial y las ruinas de sus alrededores recuerdan que, pese al paso de los conquistadores, el espíritu inca aún está vivo en sus tierras. Algunos la llaman “La Atenas de Ecuador”, pero ese lugar, en el mapa, es simplemente Cuenca.

La ciudad está a unos 470 kilómetros de Quito, al sur del país. La forma más económica y cómoda de llegar, desde la capital ecuatoriana, es en colectivo. Los micros parten de la terminal Quitumbe, en el sur de Quito.

Hay, al menos, cuatro empresas de buses que hacen ese tramo. Si bien los pasajes pueden adquirirlos a través de las páginas web de algunas de ellas, no es necesario comprarlos con anticipación. En las boleterías de la estación nunca faltan, puesto que cada una hora hay un viaje nuevo. Los pasajes cuestan 11 y 12 dólares y el recorrido Quito-Cuenca tarda, por lo general, entre siete y ocho horas. Pese a que todavía no es una ciudad muy popular a nivel internacional, la Unesco supo reconocer la belleza y, sobre todo, lo bien conservado que está su centro histórico, fundado hace cinco siglos, y lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1999. Las razones de ese logro se dejan ver en sus edificios neoclásicos, algunos con balcones torneados, hechos a mano, con piedras, madera, tapia y hasta con adobe.

 

 

Más allá del encanto de sus edificaciones y sus calles adoquinadas, recorrer Cuenca no dista mucho de hacer un tour religioso. Pues casi no hay cuadra que no tenga su iglesia. Eso explica por qué otros la llaman también “La ciudad de las iglesias”.

De hecho es dueña de la que, para muchos, es la catedral más impresionante del país, la de la Inmaculada Concepción. Se destaca por sus tres gigantescas cúpulas azules y su diseño inspirado en la basílica de San Pedro de Roma.

Pero antes de que el templo se convirtiera en el principal de la ciudad estaba la Catedral del Sagrario, levantada en el siglo XVI con piedras de las ruinas de Tomebamba.

Ambas catedrales están ubicadas frente a la plaza Abdón Calderón, también conocida como la Plaza de Armas, que con su bello parque hace de pulmón verde en medio del casco histórico. Entre las iglesias que también valen la pena contemplar, situadas en un radio de tres cuadras a la redonda, están la de Carmen de Asunción, la iglesia de Las Conceptas y, hacia el suroeste, la de San Francisco.

Si caminan solo dos calles hacia el sur, desde ese último templo, hallarán el museo taller del Sombrero, frente al río Tomebamba. No pueden irse de la ciudad sin el accesorio de su autoría: el sombrero de paja panameño, que muchos compran pensando que fue creado en Panamá, pero que en realidad es una invención cuenquina.

 

 

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