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Brexit: no tan espléndido

Agustina Bordigoni

Reino Unido deberá fundir un millón de monedas que llevaban la fecha del 31 de octubre, prevista hasta ese momento como el plazo máximo para el brexit. Pero todo se pospuso, aun con la aprobación de un nuevo acuerdo con la Unión Europea. 
El documento, que parecía el último y definitivo paso hacia la separación, solucionaba un asunto que era vital y que había generado el rechazo de los pactos anteriores: la división de Irlanda del Norte y de la República de Irlanda tras el brexit (la primera perteneciente al Reino Unido y la segunda, independiente) podría revivir un conflicto que enfrentó a ambas regiones. La solución a ese enfrentamiento, que llegó en 1998, establecía como condición la inexistencia de fronteras físicas entre las dos Irlandas. Si uno de estos dos territorios se va de la UE y el otro no, las fronteras físicas se harían necesarias y las consecuencias podrían ir mucho más allá del brexit.

En ese último punto el acuerdo fue crucial: los controles aduaneros tras la salida del Reino Unido no necesitarían de una frontera interna, sino que se harán en las puertas de entrada a la isla, a través de Irlanda del Norte. Pero eso no fue suficiente. ¿Por qué?

No es un asunto de fácil solución: hay mucho más en juego que la voluntad de un 51% de personas que en 2016 votaron por salir del bloque regional. En primera instancia, se olvida al otro 49% que no estaba de acuerdo con la medida: tener a casi la mitad de la población en contra no es poca cosa. 

Tampoco es despreciable el panorama futuro. Irse de la UE va a costar más de los 50.000 millones de euros que deberá pagar el Reino Unido por el divorcio: se trata de un mercado de 500 millones de personas; de una red de producción y de consumo (de la que salir podría generar una importante inflación y desabastecimiento de productos básicos); de una libre circulación de personas que trabajan, estudian y se mueven libremente dentro de los países de la UE; y, sobre todas las cosas, de una postura común en el mundo. La UE se convirtió en una sola voz, con la fuerza que le otorga el incluir precisamente todos los aspectos anteriores. Perder a uno de sus miembros más importantes se podría comparar al desmembramiento de una gran potencia. 

La incomodidad de pertenecer al bloque siempre estuvo latente: desde la política del siglo XIX, conocida como “espléndido aislamiento”, Gran Bretaña se sintió separada del mundo, separada de Europa. Esa tendencia se mantuvo: a pesar de pertenecer a la UE, nunca se adhirió al euro.

Pero ese “espléndido aislamiento” no es aplicable hoy. El principal problema del brexit es el propio brexit, que cada día parece más difícil y menos espléndido. 
 

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Brexit: no tan espléndido

Reino Unido deberá fundir un millón de monedas que llevaban la fecha del 31 de octubre, prevista hasta ese momento como el plazo máximo para el brexit. Pero todo se pospuso, aun con la aprobación de un nuevo acuerdo con la Unión Europea. 
El documento, que parecía el último y definitivo paso hacia la separación, solucionaba un asunto que era vital y que había generado el rechazo de los pactos anteriores: la división de Irlanda del Norte y de la República de Irlanda tras el brexit (la primera perteneciente al Reino Unido y la segunda, independiente) podría revivir un conflicto que enfrentó a ambas regiones. La solución a ese enfrentamiento, que llegó en 1998, establecía como condición la inexistencia de fronteras físicas entre las dos Irlandas. Si uno de estos dos territorios se va de la UE y el otro no, las fronteras físicas se harían necesarias y las consecuencias podrían ir mucho más allá del brexit.

En ese último punto el acuerdo fue crucial: los controles aduaneros tras la salida del Reino Unido no necesitarían de una frontera interna, sino que se harán en las puertas de entrada a la isla, a través de Irlanda del Norte. Pero eso no fue suficiente. ¿Por qué?

No es un asunto de fácil solución: hay mucho más en juego que la voluntad de un 51% de personas que en 2016 votaron por salir del bloque regional. En primera instancia, se olvida al otro 49% que no estaba de acuerdo con la medida: tener a casi la mitad de la población en contra no es poca cosa. 

Tampoco es despreciable el panorama futuro. Irse de la UE va a costar más de los 50.000 millones de euros que deberá pagar el Reino Unido por el divorcio: se trata de un mercado de 500 millones de personas; de una red de producción y de consumo (de la que salir podría generar una importante inflación y desabastecimiento de productos básicos); de una libre circulación de personas que trabajan, estudian y se mueven libremente dentro de los países de la UE; y, sobre todas las cosas, de una postura común en el mundo. La UE se convirtió en una sola voz, con la fuerza que le otorga el incluir precisamente todos los aspectos anteriores. Perder a uno de sus miembros más importantes se podría comparar al desmembramiento de una gran potencia. 

La incomodidad de pertenecer al bloque siempre estuvo latente: desde la política del siglo XIX, conocida como “espléndido aislamiento”, Gran Bretaña se sintió separada del mundo, separada de Europa. Esa tendencia se mantuvo: a pesar de pertenecer a la UE, nunca se adhirió al euro.

Pero ese “espléndido aislamiento” no es aplicable hoy. El principal problema del brexit es el propio brexit, que cada día parece más difícil y menos espléndido. 
 

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