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Ganar a cualquier precio

Marcelo Dettoni

Tuve la fortuna de conocer a Juan Carlos Lorenzo, el Toto, el técnico que sacó campeón a Boca y a San Lorenzo y que conquistó el corazón de los italianos porque interpretó como pocos la afición que tenían por el “catenaccio”, ese fútbol tosco, físico y defensivo que sin embargo llevó a la “Azzurra” a ganar un par de títulos mundiales e imponer un estilo en el fútbol mundial.

Ya en el retiro, le escribía unas columnas sobre tácticas del fútbol en Ámbito Financiero. El Toto llegaba a la redacción una vez por semana con un papelito escrito a mano, se sentaba un rato largo a mi lado y me explicaba lo que quería poner. Después yo, un pibe que estaba fascinado de tener semejante leyenda a mi lado, le daba el toque “periodístico” a esas ideas dispersas. Fue un disfrute que duró más de un año.

Pero Lorenzo no siempre fue ese anciano amable que repartía sonrisas y despertaba admiraciones. Había sido durante su carrera como entrenador un fiero competidor, que exprimía a sus jugadores hasta llevarlos al límite, inspirado en su mentor, Helenio Herrera. Se puede considerar un par de Osvaldo Zubeldía y un inspirador de Carlos Bilardo en eso de “ganar a cualquier precio”.

El Toto ganó, en Argentina, en Italia y en España, en una época difícil, sin controles antidoping, sin cámaras de TV que tomaran todos los ángulos, donde de visitante te cortaban el agua y la luz. Y para hacerlo usó todos los métodos a su alcance. "Siempre nos recordaba lo importante que era ganar. ‘Plin-caja’ nos decía antes de un partido, queriendo explicar que primero estaban los puntos y luego lo demás…”, recordó hace unos años José Garate, ex jugador de su Atlético Madrid, el equipo con el que arañó la gloria en la vieja Copa de Campeones de Europa, la Champions de hoy.

Siempre recordaba con dolor esa final perdida con el Bayern Munich, que era la base de la selección alemana campeona mundial de 1974. “Ganábamos 1-0 y faltaba un minuto, el arquero se dio vuelta para regalarle la gorra a un fotógrafo y nos empataron con un gol de 40 metros. A los tres días jugamos el desempate y perdimos 4-0, pero ya estábamos destruidos”, contaba con una mueca.

En 1966, cuando la Selección Argentina era un caos, se hizo cargo del equipo que fue al Mundial de Inglaterra a último momento, ya que tenía la experiencia del Mundial de Chile de 1962. Le dio una estructura y resultó un escollo complicado para todos. Incluso para el local, que le ganó 1-0 la recordada tarde de la expulsión de Rattín.

Fue ídolo en la Lazio, también dirigió a la Roma, ganó los dos torneos de 1972 con San Lorenzo (uno invicto) y le dio a Boca la primera Copa Libertadores, en 1977, con un equipo de hombres rudos como Vicente Pernía, locos como Hugo Gatti y talentosos como Marito Zanabria, que luego también se quedaría con la Intercontinental ante el Borussia, al que goleó 3-0 en Alemania.

Indignados por sus logros, algunos insinuaron que aquel Boca usaba “nafta de avión”, y él contestaba que en realidad el secreto era la “sopa de pollo” de los almuerzos. Altanero, divertido, canchero, ganador. El Toto Lorenzo dejó su huella cuando partió en noviembre de 2001. El fútbol argentino siempre le tendrá un lugar en el panteón de los grandes de todos los tiempos.

 

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Ganar a cualquier precio

Tuve la fortuna de conocer a Juan Carlos Lorenzo, el Toto, el técnico que sacó campeón a Boca y a San Lorenzo y que conquistó el corazón de los italianos porque interpretó como pocos la afición que tenían por el “catenaccio”, ese fútbol tosco, físico y defensivo que sin embargo llevó a la “Azzurra” a ganar un par de títulos mundiales e imponer un estilo en el fútbol mundial.

Ya en el retiro, le escribía unas columnas sobre tácticas del fútbol en Ámbito Financiero. El Toto llegaba a la redacción una vez por semana con un papelito escrito a mano, se sentaba un rato largo a mi lado y me explicaba lo que quería poner. Después yo, un pibe que estaba fascinado de tener semejante leyenda a mi lado, le daba el toque “periodístico” a esas ideas dispersas. Fue un disfrute que duró más de un año.

Pero Lorenzo no siempre fue ese anciano amable que repartía sonrisas y despertaba admiraciones. Había sido durante su carrera como entrenador un fiero competidor, que exprimía a sus jugadores hasta llevarlos al límite, inspirado en su mentor, Helenio Herrera. Se puede considerar un par de Osvaldo Zubeldía y un inspirador de Carlos Bilardo en eso de “ganar a cualquier precio”.

El Toto ganó, en Argentina, en Italia y en España, en una época difícil, sin controles antidoping, sin cámaras de TV que tomaran todos los ángulos, donde de visitante te cortaban el agua y la luz. Y para hacerlo usó todos los métodos a su alcance. "Siempre nos recordaba lo importante que era ganar. ‘Plin-caja’ nos decía antes de un partido, queriendo explicar que primero estaban los puntos y luego lo demás…”, recordó hace unos años José Garate, ex jugador de su Atlético Madrid, el equipo con el que arañó la gloria en la vieja Copa de Campeones de Europa, la Champions de hoy.

Siempre recordaba con dolor esa final perdida con el Bayern Munich, que era la base de la selección alemana campeona mundial de 1974. “Ganábamos 1-0 y faltaba un minuto, el arquero se dio vuelta para regalarle la gorra a un fotógrafo y nos empataron con un gol de 40 metros. A los tres días jugamos el desempate y perdimos 4-0, pero ya estábamos destruidos”, contaba con una mueca.

En 1966, cuando la Selección Argentina era un caos, se hizo cargo del equipo que fue al Mundial de Inglaterra a último momento, ya que tenía la experiencia del Mundial de Chile de 1962. Le dio una estructura y resultó un escollo complicado para todos. Incluso para el local, que le ganó 1-0 la recordada tarde de la expulsión de Rattín.

Fue ídolo en la Lazio, también dirigió a la Roma, ganó los dos torneos de 1972 con San Lorenzo (uno invicto) y le dio a Boca la primera Copa Libertadores, en 1977, con un equipo de hombres rudos como Vicente Pernía, locos como Hugo Gatti y talentosos como Marito Zanabria, que luego también se quedaría con la Intercontinental ante el Borussia, al que goleó 3-0 en Alemania.

Indignados por sus logros, algunos insinuaron que aquel Boca usaba “nafta de avión”, y él contestaba que en realidad el secreto era la “sopa de pollo” de los almuerzos. Altanero, divertido, canchero, ganador. El Toto Lorenzo dejó su huella cuando partió en noviembre de 2001. El fútbol argentino siempre le tendrá un lugar en el panteón de los grandes de todos los tiempos.

 

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