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El jugador número 6

Marcelo Dettoni

El subcampeonato mundial que consiguió la Selección argentina de básquetbol se ganó con triples y dobles dentro de la cancha, con decisiones tácticas desde el banco y con un trabajo de conjunto espectacular, que incluso desató una polémica inútil entre este deporte y el fútbol. Pero también ayudó un hombre de saco y corbata desde afuera, el héroe silencioso que no subió a recibir la medalla plateada pero la hubiera merecido tanto como Luis Scola.

Lo dijo el propio capitán de la Selección: “Chubi va a quedar en la historia. Lo que hizo a nivel gestión es equiparable a lo que nosotros hicimos en la cancha”, dijo el emblemático número 4. El Chubi es Federico Susbielles, el presidente de la Confederación Argentina de Básquetbol (CABB), el hombre elegido por los jugadores para acabar con el desquicio que había dejado la gestión anterior.

Susbielles (49 años) fue un correcto jugador en la Liga Nacional de los 90, un guerrero defensivo con tiro aceptable de 3 o 4 metros que jugó en su Bahía Blanca natal para Pacífico, en Peñarol de Mar del Plata, Ferro y en Gimnasia de Comodoro Rivadavia. El grito de guerra de las hinchadas siempre fue “Chubi, Chubi, Chubi, huevo, huevo, huevo”, toda una definición.

Pero su legado al básquet llegaría muchos años después, cuando la propia Generación Dorada lo propuso como interventor de una CABB al borde de la quiebra. Y el Chubi, contador de profesión, aceptó el desafío. Fue una tarea titánica que se vio premiada por esta nueva camada de jugadores con un segundo puesto histórico.

Hoy la CABB da superávit, pero él debió levantar una deuda de 33 millones de pesos y más de 700 cheques rechazados. Y no solo eso: subió de 8 a 16 la planta de empleados (había muchos en negro), llevó la Selección al interior y llenó estadios en plazas no tradicionales como La Rioja y Formosa, consiguió patrocinadores de primer nivel y fortaleció los equipos juveniles. “Cuando llegamos se habían robado hasta el trofeo del Mundial del 50, la medalla de oro y toda la colección de camisetas históricas”, reconoce ahora, mientras recibe los ‘mimos’ de Scola, Manu Ginóbili, Sergio Hernández y compañía.

Todos lo quieren en primera fila en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, pero él sabe que quizá llegó el tiempo de recuperar tiempo con los afectos y seguir con su carrera política. Y además en la CABB hay elecciones en diciembre. “Quise devolverle al básquetbol parte de lo que me dio y resulta que me sigue dando más él a mí que yo a él. Pero valió la pena el esfuerzo”, dice con una sonrisa dibujada en su barba entrecana.

 


Foto: lanueva.com
 

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El jugador número 6

El subcampeonato mundial que consiguió la Selección argentina de básquetbol se ganó con triples y dobles dentro de la cancha, con decisiones tácticas desde el banco y con un trabajo de conjunto espectacular, que incluso desató una polémica inútil entre este deporte y el fútbol. Pero también ayudó un hombre de saco y corbata desde afuera, el héroe silencioso que no subió a recibir la medalla plateada pero la hubiera merecido tanto como Luis Scola.

Lo dijo el propio capitán de la Selección: “Chubi va a quedar en la historia. Lo que hizo a nivel gestión es equiparable a lo que nosotros hicimos en la cancha”, dijo el emblemático número 4. El Chubi es Federico Susbielles, el presidente de la Confederación Argentina de Básquetbol (CABB), el hombre elegido por los jugadores para acabar con el desquicio que había dejado la gestión anterior.

Susbielles (49 años) fue un correcto jugador en la Liga Nacional de los 90, un guerrero defensivo con tiro aceptable de 3 o 4 metros que jugó en su Bahía Blanca natal para Pacífico, en Peñarol de Mar del Plata, Ferro y en Gimnasia de Comodoro Rivadavia. El grito de guerra de las hinchadas siempre fue “Chubi, Chubi, Chubi, huevo, huevo, huevo”, toda una definición.

Pero su legado al básquet llegaría muchos años después, cuando la propia Generación Dorada lo propuso como interventor de una CABB al borde de la quiebra. Y el Chubi, contador de profesión, aceptó el desafío. Fue una tarea titánica que se vio premiada por esta nueva camada de jugadores con un segundo puesto histórico.

Hoy la CABB da superávit, pero él debió levantar una deuda de 33 millones de pesos y más de 700 cheques rechazados. Y no solo eso: subió de 8 a 16 la planta de empleados (había muchos en negro), llevó la Selección al interior y llenó estadios en plazas no tradicionales como La Rioja y Formosa, consiguió patrocinadores de primer nivel y fortaleció los equipos juveniles. “Cuando llegamos se habían robado hasta el trofeo del Mundial del 50, la medalla de oro y toda la colección de camisetas históricas”, reconoce ahora, mientras recibe los ‘mimos’ de Scola, Manu Ginóbili, Sergio Hernández y compañía.

Todos lo quieren en primera fila en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, pero él sabe que quizá llegó el tiempo de recuperar tiempo con los afectos y seguir con su carrera política. Y además en la CABB hay elecciones en diciembre. “Quise devolverle al básquetbol parte de lo que me dio y resulta que me sigue dando más él a mí que yo a él. Pero valió la pena el esfuerzo”, dice con una sonrisa dibujada en su barba entrecana.

 


Foto: lanueva.com
 

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