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Muros (in)visibles

Agustina Bordigoni

La libertad está llena de dificultades y la democracia no es perfecta, pero nunca hemos tenido que levantar un muro para que la gente se quede o para evitar que se vaya”, dijo el presidente estadounidense John F. Kennedy en un discurso en Berlín, en 1963, y en clara referencia al muro construido por la República Democrática Alemana en 1961 para evitar que la población de la parte oriental del país huya hacia Occidente.

Y Kennedy tenía razón: los Estados Unidos no tuvieron ni tienen un muro para evitar que sus ciudadanos se vayan. Eso sí, el país tiene inquebrantables paredes para evitar, en cambio, que las personas entren.

Es claro que el mundo hoy no es el mismo en el que se mantuvo en pie el Muro de Berlín: no existe una Guerra Fría (no al menos con ese nombre) y no hay una lucha por la dominación entre dos potencias e ideologías —básicamente porque uno de esos dos países se desintegró—. Pero sí parece haber una división en (las antiguamente conocidas como) “esferas de influencia”: pasa en países como Siria o Venezuela, en donde Rusia y los Estados Unidos decidieron respaldar a uno u otro bando de un conflicto interno. El resultado: guerras más cruentas y combates de las superpotencias fuera de sus territorios nacionales. Tal como lo fueron en su momento los casos de Vietnam o de las dos Coreas.

Tampoco existe más el muro que separaba a Alemania en dos, pero no por eso es menos cierto que hay otros muros que dividen. Solo en Europa se construyeron, en los últimos años, el equivalente en kilómetros a seis muros de Berlín. El mundo parece, después de 1989, estar más repleto de vallas divisorias que nunca. La pared que se sigue construyendo en los Estados Unidos para “protegerse” de sus vecinos mexicanos, el muro entre Palestina e Israel y el que separa algunas regiones de Arabia Saudí con Irak son solo algunos ejemplos. 

El problema actual no es solamente físico: existen otras barreras invisibles, donde no hay soldados soviéticos o estadounidenses a los que pedir permiso para pasar. El auge de la xenofobia y el racismo en Europa (y en el resto del mundo) es una clara muestra de ello. 

Todos estos muros, tanto el caído de Alemania como los actuales, causaron muerte y sufrimiento. Fueron y son una violación flagrante al derecho humano de migrar. 

Pero el de Alemania ya no existe, y los otros parecen más duros de derribar. Se trata de un proceso largo, y el ejemplo de Berlín es contundente: luego de la caída, el país continúa transitando un largo camino de reunificación. 
 

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Muros (in)visibles

La libertad está llena de dificultades y la democracia no es perfecta, pero nunca hemos tenido que levantar un muro para que la gente se quede o para evitar que se vaya”, dijo el presidente estadounidense John F. Kennedy en un discurso en Berlín, en 1963, y en clara referencia al muro construido por la República Democrática Alemana en 1961 para evitar que la población de la parte oriental del país huya hacia Occidente.

Y Kennedy tenía razón: los Estados Unidos no tuvieron ni tienen un muro para evitar que sus ciudadanos se vayan. Eso sí, el país tiene inquebrantables paredes para evitar, en cambio, que las personas entren.

Es claro que el mundo hoy no es el mismo en el que se mantuvo en pie el Muro de Berlín: no existe una Guerra Fría (no al menos con ese nombre) y no hay una lucha por la dominación entre dos potencias e ideologías —básicamente porque uno de esos dos países se desintegró—. Pero sí parece haber una división en (las antiguamente conocidas como) “esferas de influencia”: pasa en países como Siria o Venezuela, en donde Rusia y los Estados Unidos decidieron respaldar a uno u otro bando de un conflicto interno. El resultado: guerras más cruentas y combates de las superpotencias fuera de sus territorios nacionales. Tal como lo fueron en su momento los casos de Vietnam o de las dos Coreas.

Tampoco existe más el muro que separaba a Alemania en dos, pero no por eso es menos cierto que hay otros muros que dividen. Solo en Europa se construyeron, en los últimos años, el equivalente en kilómetros a seis muros de Berlín. El mundo parece, después de 1989, estar más repleto de vallas divisorias que nunca. La pared que se sigue construyendo en los Estados Unidos para “protegerse” de sus vecinos mexicanos, el muro entre Palestina e Israel y el que separa algunas regiones de Arabia Saudí con Irak son solo algunos ejemplos. 

El problema actual no es solamente físico: existen otras barreras invisibles, donde no hay soldados soviéticos o estadounidenses a los que pedir permiso para pasar. El auge de la xenofobia y el racismo en Europa (y en el resto del mundo) es una clara muestra de ello. 

Todos estos muros, tanto el caído de Alemania como los actuales, causaron muerte y sufrimiento. Fueron y son una violación flagrante al derecho humano de migrar. 

Pero el de Alemania ya no existe, y los otros parecen más duros de derribar. Se trata de un proceso largo, y el ejemplo de Berlín es contundente: luego de la caída, el país continúa transitando un largo camino de reunificación. 
 

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