Tragedias sin nombre

Agustina Bordigoni

Según Acnur, de los casi 26 millones de personas refugiadas que hay en el mundo, 2,7 millones provienen de Afganistán.

¿De qué huyen aquellos que se avientan al mar como la mejor alternativa? ¿Qué puede ser más terrible que enfrentar un destino tan incierto como peligroso?

La semana pasada, 24 personas incluidas madres, bebés recién nacidos y enfermeras, murieron en un  atentado perpetrado en el hospital maternal de Kabul, el "Dasht-e-Barchi". Las autoridades se apresuraron a rescatar a los más de 100 sobrevivientes: algunos terriblemente heridos, otros huérfanos de hijos o de madre.

Lo demás fue búsqueda incesante: de noticias, de señales, de supervivientes. Madres, familiares y bebés —aún sin nombre— se agolparon en los hospitales de destino, tan inseguros como cualquier otro lugar. ¿Habría alguien esperándolos fuera o dentro de esas puertas?

Nombres de mujeres víctimas o madres “de” resonaron por primera vez en público (en un país en el que nombrarlas puede ser ofensivo para los maridos) y entre los desesperados pasillos, los mismos en los que se negó el derecho de retirar a algún bebé de un familiar fallecido, por el solo hecho de que las reclamantes fueran mujeres (hermanas o madres de las desaparecidas).

Sucesos de todos los días, como un atentado en Afganistán, no suelen llegar a los medios salvo en casos como este, en el que la atrocidad supera a la costumbre.

Una costumbre que en Afganistán se forjó al menos desde 2001 tras la ocupación estadounidense posterior a los atentados del 11 de septiembre, y digo al menos porque desde 1979 las guerras han sido casi una constante en la historia del país. Esta última, la guerra contra el terror (que proviene de distintos lugares, pero que siempre tiene las mismas víctimas), convirtió a la nación en la segunda del mundo en cantidad de desplazados (solamente después de Siria, en donde la cifra llega a 6,7 millones).

El acuerdo de paz firmado este año entre EE.UU. y los talibanes dejó la paz en el nombre. El resto son crímenes de guerra sin nombre, porque nadie, por más que se atribuya un ataque o una “respuesta”, es capaz de reconocer a sus víctimas. Se trata de victimarios, nada más.

Hasta ahora ninguno reconoció ni se atribuyó este ataque en particular. Por lo tanto, no hay nombre para los culpables, ni definición más que la de tragedia.

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
TAGS
COMENTARIOS

Tragedias sin nombre

Según Acnur, de los casi 26 millones de personas refugiadas que hay en el mundo, 2,7 millones provienen de Afganistán.

¿De qué huyen aquellos que se avientan al mar como la mejor alternativa? ¿Qué puede ser más terrible que enfrentar un destino tan incierto como peligroso?

La semana pasada, 24 personas incluidas madres, bebés recién nacidos y enfermeras, murieron en un  atentado perpetrado en el hospital maternal de Kabul, el "Dasht-e-Barchi". Las autoridades se apresuraron a rescatar a los más de 100 sobrevivientes: algunos terriblemente heridos, otros huérfanos de hijos o de madre.

Lo demás fue búsqueda incesante: de noticias, de señales, de supervivientes. Madres, familiares y bebés —aún sin nombre— se agolparon en los hospitales de destino, tan inseguros como cualquier otro lugar. ¿Habría alguien esperándolos fuera o dentro de esas puertas?

Nombres de mujeres víctimas o madres “de” resonaron por primera vez en público (en un país en el que nombrarlas puede ser ofensivo para los maridos) y entre los desesperados pasillos, los mismos en los que se negó el derecho de retirar a algún bebé de un familiar fallecido, por el solo hecho de que las reclamantes fueran mujeres (hermanas o madres de las desaparecidas).

Sucesos de todos los días, como un atentado en Afganistán, no suelen llegar a los medios salvo en casos como este, en el que la atrocidad supera a la costumbre.

Una costumbre que en Afganistán se forjó al menos desde 2001 tras la ocupación estadounidense posterior a los atentados del 11 de septiembre, y digo al menos porque desde 1979 las guerras han sido casi una constante en la historia del país. Esta última, la guerra contra el terror (que proviene de distintos lugares, pero que siempre tiene las mismas víctimas), convirtió a la nación en la segunda del mundo en cantidad de desplazados (solamente después de Siria, en donde la cifra llega a 6,7 millones).

El acuerdo de paz firmado este año entre EE.UU. y los talibanes dejó la paz en el nombre. El resto son crímenes de guerra sin nombre, porque nadie, por más que se atribuya un ataque o una “respuesta”, es capaz de reconocer a sus víctimas. Se trata de victimarios, nada más.

Hasta ahora ninguno reconoció ni se atribuyó este ataque en particular. Por lo tanto, no hay nombre para los culpables, ni definición más que la de tragedia.

Logín