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La oscuridad no puede vencer su deseo de estudiar música

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La oscuridad no puede vencer su deseo de estudiar música

Astrid Moreno García

Nahuel perdió la vista a los 16 años. A pesar de las negativas inició la facultad y creó un pentagrama en Braille.

Los sonidos que lo rodean, la música que compone y las texturas que siente con sus dedos, son la guía de Nahuel Muñoz de 22 años, padre de Aymara de dos meses, músico y estudiante del profesorado de música popular latinoamericana en la Universidad Nacional de San Luis (UNSL). No fue siempre amigo de la oscuridad. Un accidente en su adolescencia lo llevó por un lento camino, lleno de ingresos al quirófano. Hubo poco que hacer y a los 16 años perdió su vista por completo sucedió tres años después de que le pegaran con una manopla en la cara. La música lo mantiene conectado con la realidad, esa guitarra que su padre le regaló apenas ocurrió el accidente fue el ancla que lo aferró a la vida y le fijó un rumbo.

“Me enfrenté a un montón de obstáculos pero dije, 'no me puedo quedar sentado y deprimido, tengo que buscar la forma de disfrutar la vida'”, explicó Nahuel. En ese momento apareció la música, empezó con la guitarra, siguió con el teclado y ahora toca el bajo y la batería. Sin embargo lo más importante para él es componer sus propias letras. “Escribo canciones sólo de testimonios verídicos, experiencias de personas que sean un aliento a la vida”, dijo. Se dio cuenta que había nacido para eso y que la única forma de transmitirlo era enseñando, como por ejemplo a un grupo de más de 40 niños en un centro comunitario. “Era todo a oído, no sabía nada de partituras ni pentagramas. Por suerte podíamos comunicarnos bien con mis estudiantes, ellos sabían entenderme”.

El año pasado se propuso el desafío más grande de su vida, un paso siguiente para cumplir el sueño de estudiar en la facultad. “Estaba acostado como a la una de la mañana y le dije a mi señora 'fíjate si no abrieron alguna carrera en la UNSL' y me dijo que estaba el profesorado de música. Me puse chocho, me inscribí al instante y a los dos días ya tenía todos los tramites hechos”, detalló. A pesar de sus esfuerzos, no ingresó realmente en la carrera hasta este año cuando se le permitió cursar todo el programa. Desde lo institucional en la universidad le decían que estaban aptos para recibirlo pero a la hora de la práctica mostraban muchas falencias, en un principio sólo le permitieron realizar las materias pedagógicas mientras que todas las musicales le eran negadas. “Lo primero que me exigieron al ingresar es que escriba en una hoja mis datos con una lapicera y yo no lo puedo hacerlo porque, sinceramente: ¿Cómo lo corrijo si escribo mal o bien después en un papel?”.

Nahuel utiliza un programa en su computadora para “escribir”, que si bien es bastante precario le permite manejar mediante la voz un dictado que se transcribe automáticamente. La forma en que lea los archivos es, únicamente, a través del sistema de word. No pide una currícula adaptada, ni un profesor personal que lo asista, su única petición a las autoridades y profesores de la UNSL es que los textos de las materias sean digitalizados. Pero nadie escucha ni resuelve sus reclamos. “En rectorado prometieron digitalizarme las fotocopias, pero ya es la quinta vez que las llevo y accidentalmente 'las pierden', gasté más de mil pesos. Me han ofrecido un montón de cosas desde la facultad pero nunca las hacen”, expresó y agregó: “El año pasado me pasaron tres días antes de los parciales la mayoría de los textos, recién en febrero de este año terminaron de  enviar los que quedaron pendientes. Sinceramente, fue una burla”.

Su lucha continuaba por otro lado, tenía que estudiar música pero no podía escribir un pentagrama por eso se inventó uno. “No encontraba una forma de poder comunicarme en papel, estuve un mes sufriendo noches enteras. Hasta que después de muchas pruebas, creé uno con todas las notas y líneas, pero en Braille y con relieve. Era un dibujo que una persona normal hacía en segundos y a mí me llevó horas y más de 1.500 puntitos, pero por fin nos entendíamos, yo lo podía tocar y visualizar con mis dedos y el docente lograba interpretarlo. En ese momento se dieron cuenta que iba en serio”. Así, a los tumbos y con un montón de trabas logró por fin cursar todas las materias y considerarse un estudiante regular, como el resto de sus compañeros.

“La pasé muy mal y hasta el día de hoy sigo igual”, lamentó. Las dos únicas cosas que lo mantienen en carrera son sus compañeros que le graban audios con el contenido de los textos, le explican las cosas que sus ojos no pueden captar y le traducen las imágenes de los libros.

En los parciales, si el profesor lo permite, transcriben en papel las respuestas que hace con su programa en la computadora. “Siempre se ponen en mi lugar, cuando me ven perdido son ellos los que me guían”, dijo.

Su mujer, es el otro eslabón clave, los primeros cuatro meses de cursada lo acompañaba a las clases y miraba por él. “Un día se enojó, me dijo que yo era capaz y me dejó ir solo a la facultad. Por lo que tuve que aprender a moverme. Ahora es ella la que pide acompañarme, pero lo que no sabes es que tengo todo estudiado en mi cabeza, se cuantas veces dobla el colectivo y en qué dirección, reconozco el piso, los costados, los caminos y vericuetos de la facultad”, narró entre risas que denotaban el orgullo que esa pequeña hazaña representa para él.

Sus objetivos son terminar la carrera y seguir estudiando educación especial, no piensa parar hasta poder llevar su conocimiento a personas con discapacidades. “Una vez quise aprender canto y me rechazaron porque no veía, eso me frustró y me dije que esto no puede seguir pasando, hay que provocar un cambio y esa fue la iniciativa que se metió en mi cabeza. Tengo que buscar una forma para que el día de mañana los chicos no videntes puedan aprender, que si se presentan con esta dificultad en una universidad tengan las herramientas básicas y necesarias para poder presentar las cosas en forma y que no sea un obstáculo”, finalizó.

Nahuel sigue su lucha, la facultad no le ha hecho el camino fácil pero él persevera porque su pasión es más fuerte. Sin embargo lo toma como una enseñanza, de lo que es capaz, inventó un pentagrama cuando le dijeron que no podía, y demostró que no hay nada que lo frene. “El que quiere puede. El que se plantea un no hasta ahí es su límite, pero si puedo lograr que se transforme en un sí, para mí ya es un logro”, cerró.

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La oscuridad no puede vencer su deseo de estudiar música

Nahuel perdió la vista a los 16 años. A pesar de las negativas inició la facultad y creó un pentagrama en Braille.

El comienzo. Cuando perdió la vista su papá le regaló una guitarra. Ahí descubrió su pasión. Foto: Martín Gómez.

Los sonidos que lo rodean, la música que compone y las texturas que siente con sus dedos, son la guía de Nahuel Muñoz de 22 años, padre de Aymara de dos meses, músico y estudiante del profesorado de música popular latinoamericana en la Universidad Nacional de San Luis (UNSL). No fue siempre amigo de la oscuridad. Un accidente en su adolescencia lo llevó por un lento camino, lleno de ingresos al quirófano. Hubo poco que hacer y a los 16 años perdió su vista por completo sucedió tres años después de que le pegaran con una manopla en la cara. La música lo mantiene conectado con la realidad, esa guitarra que su padre le regaló apenas ocurrió el accidente fue el ancla que lo aferró a la vida y le fijó un rumbo.

“Me enfrenté a un montón de obstáculos pero dije, 'no me puedo quedar sentado y deprimido, tengo que buscar la forma de disfrutar la vida'”, explicó Nahuel. En ese momento apareció la música, empezó con la guitarra, siguió con el teclado y ahora toca el bajo y la batería. Sin embargo lo más importante para él es componer sus propias letras. “Escribo canciones sólo de testimonios verídicos, experiencias de personas que sean un aliento a la vida”, dijo. Se dio cuenta que había nacido para eso y que la única forma de transmitirlo era enseñando, como por ejemplo a un grupo de más de 40 niños en un centro comunitario. “Era todo a oído, no sabía nada de partituras ni pentagramas. Por suerte podíamos comunicarnos bien con mis estudiantes, ellos sabían entenderme”.

El año pasado se propuso el desafío más grande de su vida, un paso siguiente para cumplir el sueño de estudiar en la facultad. “Estaba acostado como a la una de la mañana y le dije a mi señora 'fíjate si no abrieron alguna carrera en la UNSL' y me dijo que estaba el profesorado de música. Me puse chocho, me inscribí al instante y a los dos días ya tenía todos los tramites hechos”, detalló. A pesar de sus esfuerzos, no ingresó realmente en la carrera hasta este año cuando se le permitió cursar todo el programa. Desde lo institucional en la universidad le decían que estaban aptos para recibirlo pero a la hora de la práctica mostraban muchas falencias, en un principio sólo le permitieron realizar las materias pedagógicas mientras que todas las musicales le eran negadas. “Lo primero que me exigieron al ingresar es que escriba en una hoja mis datos con una lapicera y yo no lo puedo hacerlo porque, sinceramente: ¿Cómo lo corrijo si escribo mal o bien después en un papel?”.

Nahuel utiliza un programa en su computadora para “escribir”, que si bien es bastante precario le permite manejar mediante la voz un dictado que se transcribe automáticamente. La forma en que lea los archivos es, únicamente, a través del sistema de word. No pide una currícula adaptada, ni un profesor personal que lo asista, su única petición a las autoridades y profesores de la UNSL es que los textos de las materias sean digitalizados. Pero nadie escucha ni resuelve sus reclamos. “En rectorado prometieron digitalizarme las fotocopias, pero ya es la quinta vez que las llevo y accidentalmente 'las pierden', gasté más de mil pesos. Me han ofrecido un montón de cosas desde la facultad pero nunca las hacen”, expresó y agregó: “El año pasado me pasaron tres días antes de los parciales la mayoría de los textos, recién en febrero de este año terminaron de  enviar los que quedaron pendientes. Sinceramente, fue una burla”.

Su lucha continuaba por otro lado, tenía que estudiar música pero no podía escribir un pentagrama por eso se inventó uno. “No encontraba una forma de poder comunicarme en papel, estuve un mes sufriendo noches enteras. Hasta que después de muchas pruebas, creé uno con todas las notas y líneas, pero en Braille y con relieve. Era un dibujo que una persona normal hacía en segundos y a mí me llevó horas y más de 1.500 puntitos, pero por fin nos entendíamos, yo lo podía tocar y visualizar con mis dedos y el docente lograba interpretarlo. En ese momento se dieron cuenta que iba en serio”. Así, a los tumbos y con un montón de trabas logró por fin cursar todas las materias y considerarse un estudiante regular, como el resto de sus compañeros.

“La pasé muy mal y hasta el día de hoy sigo igual”, lamentó. Las dos únicas cosas que lo mantienen en carrera son sus compañeros que le graban audios con el contenido de los textos, le explican las cosas que sus ojos no pueden captar y le traducen las imágenes de los libros.

En los parciales, si el profesor lo permite, transcriben en papel las respuestas que hace con su programa en la computadora. “Siempre se ponen en mi lugar, cuando me ven perdido son ellos los que me guían”, dijo.

Su mujer, es el otro eslabón clave, los primeros cuatro meses de cursada lo acompañaba a las clases y miraba por él. “Un día se enojó, me dijo que yo era capaz y me dejó ir solo a la facultad. Por lo que tuve que aprender a moverme. Ahora es ella la que pide acompañarme, pero lo que no sabes es que tengo todo estudiado en mi cabeza, se cuantas veces dobla el colectivo y en qué dirección, reconozco el piso, los costados, los caminos y vericuetos de la facultad”, narró entre risas que denotaban el orgullo que esa pequeña hazaña representa para él.

Sus objetivos son terminar la carrera y seguir estudiando educación especial, no piensa parar hasta poder llevar su conocimiento a personas con discapacidades. “Una vez quise aprender canto y me rechazaron porque no veía, eso me frustró y me dije que esto no puede seguir pasando, hay que provocar un cambio y esa fue la iniciativa que se metió en mi cabeza. Tengo que buscar una forma para que el día de mañana los chicos no videntes puedan aprender, que si se presentan con esta dificultad en una universidad tengan las herramientas básicas y necesarias para poder presentar las cosas en forma y que no sea un obstáculo”, finalizó.

Nahuel sigue su lucha, la facultad no le ha hecho el camino fácil pero él persevera porque su pasión es más fuerte. Sin embargo lo toma como una enseñanza, de lo que es capaz, inventó un pentagrama cuando le dijeron que no podía, y demostró que no hay nada que lo frene. “El que quiere puede. El que se plantea un no hasta ahí es su límite, pero si puedo lograr que se transforme en un sí, para mí ya es un logro”, cerró.

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