eldiariodelarepublica.com
El sueño de la huerta propia: producción casera y sustentable

Escuchanos EN VIVO!
X

El sueño de la huerta propia: producción casera y sustentable

Marcelo Dettoni

Hay varios secretos para tener éxito en la cosecha. Es clave la ubicación, la luz, la variedad y la lucha contra las plagas.

La onda verde se va extendiendo con rapidez por San Luis, donde cada vez más gente opta por armar una huerta casera. Algunos lo hacen para bajar los costos en la compra de alimentos a partir del autoconsumo; otros por la simple satisfacción de contar con verduras y hortalizas frescas, sin conservantes ni químicos a partir de una producción sustentable; y están también los que vieron el filón y, si cuentan con un terreno respetable, hasta pueden comercializar los excedentes para agregar un ingreso más en esta época de vacas flacas e inflación indomable.

Claro, la provincia brinda desde hace más de 30 años una buena posibilidad de trabajar la tierra, ya que la mitad de la población vive en casas construidas por el Estado, que cuentan con un pequeño fondo. Desde el retorno de la democracia, San Luis entregó más de 60 mil viviendas sociales, por lo que no es raro encontrar huertas caseras en varios puntos. Además, los emprendedores cuentan con un clima benigno, estaciones bien marcadas, lluvias abundantes de octubre a marzo y una amplitud térmica que si bien por un lado obliga a estar atento a las heladas, por otro ayuda a mantener la sanidad de las plantas y a conservar el agua en el primer metro de tierra ya que los cultivos no tienen tantos requerimientos hídricos aún en pleno verano.

Y después está también la incentivación de parte del Estado y de algunas entidades nacionales como el INTA. El gobierno provincial puso el acento en las huertas con diversos programas de fomento que intentan trasladar la movida agroecológica a los hogares a partir del efecto contagio que pueden provocar los niños en la escuela y los vecinos al observar emprendimientos públicos.

Por un lado está el Plan Parcelas Hortícolas, por el que cedió tierras de su propiedad para que familias que ya tuvieran conocimientos previos pudieran trabajarlas, producir y aportar a proyectos como Mercado Puntano, que busca bajar el precio de las verduras y hortalizas mediante la gestión estatal para evitar la intermediación y acortar los fletes que hoy llegan desde provincias vecinas como Mendoza. La primera experiencia, que ya se reveló como exitosa, fue en el predio de Sol Puntano, donde familias bolivianas explotan dos hectáreas cada una y ya hicieron la primera cosecha. Ahora buscan replicarla en Villa Mercedes, Merlo y Candelaria, entre otras localidades del interior.

Otro plan en marcha es el de las Huertas Comunitarias. Ya hay una instalada en Villa de Praga y otra en La Florida, ambas atendidas por personal del Plan de Inclusión que fue capacitado por el Subprograma Calidad de Vida Rural, que dirige María Cristina Ratto en el Ministerio de Medio Ambiente, Campo y Producción. En estos casos recuperaron terrenos sin uso, que estaban llenos de piedras y basura, para armar verdaderos vergeles, que además cuentan con riego. Y las escuelas con terreno, sobre todo las rurales, también recibieron kits de semillas y herramientas para que los chicos tomen contacto con las técnicas hortícolas y luego lleven la inquietud a sus casas.

Son pequeños pasos que ayudan a motivar a los vecinos para que comprueben que no es difícil armar una huerta y aprovechen su propia tierra para que, con un pequeño empujoncito inicial, produzcan sus propias verduras y hortalizas. Porque no hay nada mejor que comerse una buena ensalada con lechugas y tomates que uno vio nacer, cuidó, regó y cosechó en los tiempos adecuados. Lo que se necesita, como en cualquier actividad, es recibir la capacitación adecuada de parte de los especialistas.

El ingeniero agrónomo Alfredo Suárez, quien hasta hace poco tiempo trabajó para el Gobierno, es uno de esos técnicos que se especializó en el armado de huertas a pequeña escala. Cree que lo primero a tener en cuenta para lograr éxito es elegir el terreno y prepararlo. “Es importante ver la incidencia de factores como el viento, el sol, la sombra, la disponibilidad y calidad del agua y las pendientes que puede tener el terreno, que en San Luis son habituales”, enumeró.

Otro aspecto clave es qué sembrar y cuándo, porque hay que respetar la estacionalidad. “Hay cultivos de primavera-verano y otros de otoño-invierno, si no contamos con el clima como aliado, nos va a ir mal”, advirtió. Una huerta puede hacerse directo sobre la tierra o en almácigos, que luego habrá que trasplantar, ya sea a raíz desnuda o cubierta con el pan de tierra. "No hay que ir directo del invernadero a la tierra, debe ser un proceso progresivo para que el plantín se acostumbre”, agregó.

Hay labores culturales generales, como el descortezado, carpido (quitar las hierbas nocivas), escardillado (sacar los tallos perjudiciales), aporcado (para combatir el viento), raleo y el control de las malezas, que compiten con nuestros cultivos por la luz y el agua. Y otras especiales como el tutorado, descantado (sacar las piedras), destolado (quitar los canutos), la poda, el curado, el atado y el blanqueo.

Suárez aconseja hacer una huerta diversificada, para evitar que se establezcan de manera permanente plagas y malezas. Hay que reciclar los nutrientes y la materia orgánica, haciendo un compostaje con estiércol y restos de cosecha que favorecerán la calidad de la tierra.

¿Cómo sería una chacra ideal? (ver infografía de la página 2). Según el ingeniero agrónomo, “debería tener un monte frutal, un cerco vivo con aromáticas (repelen los insectos) y trepadoras como arvejas y porotos, contener maíz y zapallo (el primero le provee de sombra al segundo), almácigos y agua suficiente. También son muy útiles los cultivos ‘trampa’, como por ejemplo las coles, que atraen muchos insectos. No debemos tenerlas como objetivo de cosecha, sino para supervisar qué tipo de plagas avanzan. Lo mismo pasa con la avena y los pulgones”.

Los insectos son una amenaza permanente para la huerta, pero Suárez prefirió apuntar a los objetivos de sus ataques para saber cuáles son: “De entrada no nos tiene que importar el nombre de cada uno. Tenemos que observar si atacan las raíces, el tallo, las hojas o los frutos, así los identificaremos más rápido y sabremos cuál es la solución”. Para lograrlo hay que hacer asociaciones de cultivos, porque así requieren distintos nutrientes para no desmejorar el suelo, se aprovecha mejor el espacio y además para no generar competencia entre plantas parecidas. Por ejemplo, es bueno poner menta junto a las coles, porque le aleja las mariposas blancas que tanto la afectan en su rendimiento. Las aromáticas en general alejan los bichos. Las plagas requieren de un manejo integrado.

“Hay que identificarlas a través de un seguimiento, y ver por ejemplo si esa plaga que nos atormenta se come una planta o bien otro bicho. Porque algunos, como la Vaquita de San Antonio, son excelentes para mantener la sanidad de la huerta”, explicó el profesional. La rutina debe seguir con conocimiento de la plaga, el umbral de daño, el monitoreo, la prevención y el uso de técnicas de control integrado.

Las rotaciones son otro punto a tener en cuenta porque cada planta se alimenta de manera diferente y entonces el suelo no sufre tanto. Una rotación sugerida es: zanahoria (hortaliza de raíz), acelga (de hoja), tomate (de fruto) y arvejas (legumbre).

En tanto que sobre el riego, dijo que en verano hay que llevarlo a cabo al atardecer para evitar que el sol haga un efecto ‘lupa’ y queme las plantas; y en invierno al mediodía, aunque no es necesario que sea todos los días. “La lluvia no siempre es suficiente para proveer el agua que necesitan los cultivos”, advirtió.

 

Números constantes

La sensación de que hay una tendencia creciente al autoconsumo de verduras y hortalizas, a lo que se agrega una mayor conciencia sobre las virtudes de una producción agroecológica, fue corroborada por Guillermo López, coordinador provincial del Programa Pro Huerta del INTA. No tanto por el número de beneficiarios, que según el funcionario se mantiene constante en las últimas dos décadas, pero sí por un palpable cambio de hábitos alimentarios.

“Pro Huerta funciona hace 22 años, tuvo distintas modalidades de ejecución, pero siempre manejó el mismo volumen cuantitativo. Hay más entusiasmo en la campaña primavera-verano, cuando entregamos alrededor de 7.000 kits de semillas (este año fueron 7.500), y baja el interés en otoño-invierno, porque quedan unas 5.000 huertas activas”, dijo López, que calcula que hay que multiplicar por núcleos familiares de 4 personas, lo que indica que están en los 30 mil beneficiarios totales,  un 7% de la población de San Luis. Es el mismo porcentaje que tiene la mayoría de las provincias.

Hay algunas con más cultura labriega, como las vecinas Mendoza y San Juan, y también el Alto Valle y el valle inferior de Río Negro. “Se nota cierto interés de la gente, sobre todo en los estratos medios de la sociedad, que buscan un consumo más saludable. No es que arman una huerta por motivos económicos, sino para comer mejor. Pro Huerta nació para las familias de bajos recursos y ahora se fue ampliando”, concluyó.

Ese crecimiento es comprobable sobre todo en las zonas periurbanas de las grandes ciudades, y muchas veces comienza a partir de la radicación de vecinos de otras provincias que traen el hábito de trabajar la tierra. “La sensación de que el programa creció está dada más por el alcance a nuevas actividades que por los números duros. Ahora tenemos nuevos componentes que van más allá de la entrega de las semillas, la promoción y el monitoreo. Nos ocupamos de los frutales, la producción pecuaria, los cultivos locales y los animales de granja. Llegamos no sólo a los huerteros, también a los puesteros, los que viven de cortar leña y los criadores de parajes alejados”, cerró López.

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
¿TE GUSTÓ LA NOTA?
TAGS
COMENTARIOS

El sueño de la huerta propia: producción casera y sustentable

Hay varios secretos para tener éxito en la cosecha. Es clave la ubicación, la luz, la variedad y la lucha contra las plagas.

Sin agrotóxicos. Hay una tendencia muy marcada hacia el consumo de verduras y hortalizas cultivadas con respeto por el ambiente.

La onda verde se va extendiendo con rapidez por San Luis, donde cada vez más gente opta por armar una huerta casera. Algunos lo hacen para bajar los costos en la compra de alimentos a partir del autoconsumo; otros por la simple satisfacción de contar con verduras y hortalizas frescas, sin conservantes ni químicos a partir de una producción sustentable; y están también los que vieron el filón y, si cuentan con un terreno respetable, hasta pueden comercializar los excedentes para agregar un ingreso más en esta época de vacas flacas e inflación indomable.

Claro, la provincia brinda desde hace más de 30 años una buena posibilidad de trabajar la tierra, ya que la mitad de la población vive en casas construidas por el Estado, que cuentan con un pequeño fondo. Desde el retorno de la democracia, San Luis entregó más de 60 mil viviendas sociales, por lo que no es raro encontrar huertas caseras en varios puntos. Además, los emprendedores cuentan con un clima benigno, estaciones bien marcadas, lluvias abundantes de octubre a marzo y una amplitud térmica que si bien por un lado obliga a estar atento a las heladas, por otro ayuda a mantener la sanidad de las plantas y a conservar el agua en el primer metro de tierra ya que los cultivos no tienen tantos requerimientos hídricos aún en pleno verano.

Y después está también la incentivación de parte del Estado y de algunas entidades nacionales como el INTA. El gobierno provincial puso el acento en las huertas con diversos programas de fomento que intentan trasladar la movida agroecológica a los hogares a partir del efecto contagio que pueden provocar los niños en la escuela y los vecinos al observar emprendimientos públicos.

Por un lado está el Plan Parcelas Hortícolas, por el que cedió tierras de su propiedad para que familias que ya tuvieran conocimientos previos pudieran trabajarlas, producir y aportar a proyectos como Mercado Puntano, que busca bajar el precio de las verduras y hortalizas mediante la gestión estatal para evitar la intermediación y acortar los fletes que hoy llegan desde provincias vecinas como Mendoza. La primera experiencia, que ya se reveló como exitosa, fue en el predio de Sol Puntano, donde familias bolivianas explotan dos hectáreas cada una y ya hicieron la primera cosecha. Ahora buscan replicarla en Villa Mercedes, Merlo y Candelaria, entre otras localidades del interior.

Otro plan en marcha es el de las Huertas Comunitarias. Ya hay una instalada en Villa de Praga y otra en La Florida, ambas atendidas por personal del Plan de Inclusión que fue capacitado por el Subprograma Calidad de Vida Rural, que dirige María Cristina Ratto en el Ministerio de Medio Ambiente, Campo y Producción. En estos casos recuperaron terrenos sin uso, que estaban llenos de piedras y basura, para armar verdaderos vergeles, que además cuentan con riego. Y las escuelas con terreno, sobre todo las rurales, también recibieron kits de semillas y herramientas para que los chicos tomen contacto con las técnicas hortícolas y luego lleven la inquietud a sus casas.

Son pequeños pasos que ayudan a motivar a los vecinos para que comprueben que no es difícil armar una huerta y aprovechen su propia tierra para que, con un pequeño empujoncito inicial, produzcan sus propias verduras y hortalizas. Porque no hay nada mejor que comerse una buena ensalada con lechugas y tomates que uno vio nacer, cuidó, regó y cosechó en los tiempos adecuados. Lo que se necesita, como en cualquier actividad, es recibir la capacitación adecuada de parte de los especialistas.

El ingeniero agrónomo Alfredo Suárez, quien hasta hace poco tiempo trabajó para el Gobierno, es uno de esos técnicos que se especializó en el armado de huertas a pequeña escala. Cree que lo primero a tener en cuenta para lograr éxito es elegir el terreno y prepararlo. “Es importante ver la incidencia de factores como el viento, el sol, la sombra, la disponibilidad y calidad del agua y las pendientes que puede tener el terreno, que en San Luis son habituales”, enumeró.

Otro aspecto clave es qué sembrar y cuándo, porque hay que respetar la estacionalidad. “Hay cultivos de primavera-verano y otros de otoño-invierno, si no contamos con el clima como aliado, nos va a ir mal”, advirtió. Una huerta puede hacerse directo sobre la tierra o en almácigos, que luego habrá que trasplantar, ya sea a raíz desnuda o cubierta con el pan de tierra. "No hay que ir directo del invernadero a la tierra, debe ser un proceso progresivo para que el plantín se acostumbre”, agregó.

Hay labores culturales generales, como el descortezado, carpido (quitar las hierbas nocivas), escardillado (sacar los tallos perjudiciales), aporcado (para combatir el viento), raleo y el control de las malezas, que compiten con nuestros cultivos por la luz y el agua. Y otras especiales como el tutorado, descantado (sacar las piedras), destolado (quitar los canutos), la poda, el curado, el atado y el blanqueo.

Suárez aconseja hacer una huerta diversificada, para evitar que se establezcan de manera permanente plagas y malezas. Hay que reciclar los nutrientes y la materia orgánica, haciendo un compostaje con estiércol y restos de cosecha que favorecerán la calidad de la tierra.

¿Cómo sería una chacra ideal? (ver infografía de la página 2). Según el ingeniero agrónomo, “debería tener un monte frutal, un cerco vivo con aromáticas (repelen los insectos) y trepadoras como arvejas y porotos, contener maíz y zapallo (el primero le provee de sombra al segundo), almácigos y agua suficiente. También son muy útiles los cultivos ‘trampa’, como por ejemplo las coles, que atraen muchos insectos. No debemos tenerlas como objetivo de cosecha, sino para supervisar qué tipo de plagas avanzan. Lo mismo pasa con la avena y los pulgones”.

Los insectos son una amenaza permanente para la huerta, pero Suárez prefirió apuntar a los objetivos de sus ataques para saber cuáles son: “De entrada no nos tiene que importar el nombre de cada uno. Tenemos que observar si atacan las raíces, el tallo, las hojas o los frutos, así los identificaremos más rápido y sabremos cuál es la solución”. Para lograrlo hay que hacer asociaciones de cultivos, porque así requieren distintos nutrientes para no desmejorar el suelo, se aprovecha mejor el espacio y además para no generar competencia entre plantas parecidas. Por ejemplo, es bueno poner menta junto a las coles, porque le aleja las mariposas blancas que tanto la afectan en su rendimiento. Las aromáticas en general alejan los bichos. Las plagas requieren de un manejo integrado.

“Hay que identificarlas a través de un seguimiento, y ver por ejemplo si esa plaga que nos atormenta se come una planta o bien otro bicho. Porque algunos, como la Vaquita de San Antonio, son excelentes para mantener la sanidad de la huerta”, explicó el profesional. La rutina debe seguir con conocimiento de la plaga, el umbral de daño, el monitoreo, la prevención y el uso de técnicas de control integrado.

Las rotaciones son otro punto a tener en cuenta porque cada planta se alimenta de manera diferente y entonces el suelo no sufre tanto. Una rotación sugerida es: zanahoria (hortaliza de raíz), acelga (de hoja), tomate (de fruto) y arvejas (legumbre).

En tanto que sobre el riego, dijo que en verano hay que llevarlo a cabo al atardecer para evitar que el sol haga un efecto ‘lupa’ y queme las plantas; y en invierno al mediodía, aunque no es necesario que sea todos los días. “La lluvia no siempre es suficiente para proveer el agua que necesitan los cultivos”, advirtió.

 

Números constantes

La sensación de que hay una tendencia creciente al autoconsumo de verduras y hortalizas, a lo que se agrega una mayor conciencia sobre las virtudes de una producción agroecológica, fue corroborada por Guillermo López, coordinador provincial del Programa Pro Huerta del INTA. No tanto por el número de beneficiarios, que según el funcionario se mantiene constante en las últimas dos décadas, pero sí por un palpable cambio de hábitos alimentarios.

“Pro Huerta funciona hace 22 años, tuvo distintas modalidades de ejecución, pero siempre manejó el mismo volumen cuantitativo. Hay más entusiasmo en la campaña primavera-verano, cuando entregamos alrededor de 7.000 kits de semillas (este año fueron 7.500), y baja el interés en otoño-invierno, porque quedan unas 5.000 huertas activas”, dijo López, que calcula que hay que multiplicar por núcleos familiares de 4 personas, lo que indica que están en los 30 mil beneficiarios totales,  un 7% de la población de San Luis. Es el mismo porcentaje que tiene la mayoría de las provincias.

Hay algunas con más cultura labriega, como las vecinas Mendoza y San Juan, y también el Alto Valle y el valle inferior de Río Negro. “Se nota cierto interés de la gente, sobre todo en los estratos medios de la sociedad, que buscan un consumo más saludable. No es que arman una huerta por motivos económicos, sino para comer mejor. Pro Huerta nació para las familias de bajos recursos y ahora se fue ampliando”, concluyó.

Ese crecimiento es comprobable sobre todo en las zonas periurbanas de las grandes ciudades, y muchas veces comienza a partir de la radicación de vecinos de otras provincias que traen el hábito de trabajar la tierra. “La sensación de que el programa creció está dada más por el alcance a nuevas actividades que por los números duros. Ahora tenemos nuevos componentes que van más allá de la entrega de las semillas, la promoción y el monitoreo. Nos ocupamos de los frutales, la producción pecuaria, los cultivos locales y los animales de granja. Llegamos no sólo a los huerteros, también a los puesteros, los que viven de cortar leña y los criadores de parajes alejados”, cerró López.

Logín