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“El Príncipe” de los Estados Unidos

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“El Príncipe” de los Estados Unidos

El sorpresivo y controversial Presidente de Estados Unidos llega a su primer año en el poder con más sombras que luces.

Si no fuera porque todos sabemos que Nicolás Maquiavelo y Donald Trump no son contemporáneos, diría que “El Príncipe” no fue escrito para Lorenzo de Medici sino para él, el particular, poco moderado y egocéntrico presidente de los Estados Unidos. Y es que Trump sigue al pie de la letra algunos de sus consejos, aunque parece ir rotundamente en contra de otros.

A un año de comenzado su mandato, podría decirse que nadie es, en definitiva, ni más ni menos “maquiavélico” que él.

Más temido que amado

El 20 de enero de 2016 asumía, para sorpresa de muchos, el presidente más controversial –al menos en campaña- de los Estados Unidos.

Su principal base de apoyo, una clase media empobrecida, de zonas rurales ultraconservadoras y que siente haber sido desplazada durante el gobierno de Obama, vio en Trump la realización del tan anhelado (y cada vez más difícil de alcanzar) “sueño americano”. Para esos votantes, el país es más suyo, por derecho, que de los recién llegados.

Pero el discurso de Trump también supo atraer el voto de grandes empresarios afectados por el crecimiento de la economía china y a los que no les favorecieron las medidas tomadas por el gobierno anterior en cuanto al cuidado del medio ambiente.

En un país dividido, Donald Trump supo dirigir las diferencias a su favor. Y llegó al poder sin seguir los consejos de Maquiavelo “está bien mostrarse piadoso, fiel, humano, recto y religioso… Un príncipe debe tener muchísimo cuidado de que no le brote nunca de los labios algo que no esté empapado de esas cinco virtudes”.

El discurso de Trump sacó a relucir todos sus vicios y aun así ganó las elecciones. Son esos vicios los que causan tanto fanatismo, pero también temor. Temor a que cumpla todas sus promesas de campaña.

La obsesión del presidente

Entre sus muchas obsesiones, Donald Trump tiene la de desmantelar el legado de Obama. En política interna esto se cristalizó funda - mentalmente en tirar por la borda el plan de sanidad conocido como “Obamacare”. El programa, que permitió a 20 millones de personas acceder a cobertura médica privada, es uno de los principales objetivos de destrucción del presidente Trump, quien prometió dejar que el sistema “implosione”. Lo hizo quitando los subsidios otorgados a las aseguradoras, que hasta ahora permitieron que el sistema funcionara. Más que una caída por su propio peso, el nuevo presidente está cargando al programa el peso necesario para generar esa implosión.

Pero a pesar de desvelar al actual presidente norteamericano, el legado de Obama le ha dado un apoyo involuntario al gobierno de su sucesor: Trump heredó una economía encarrilada, con los índices de desocupación más bajos en 16 años y un crecimiento que fue superior al 3% en los últimos trimestres de 2017, algo que si bien ocurrió durante el gobierno de Trump, sucedió antes de la implementación de los planes del mandatario en materia económica.

En este último sentido, y tal vez considerando a éste como el mayor logro del presidente a nivel legislativo (y político, ya que es la primera medida que logra ratificar en ese ámbito), se aprobó la mayor reducción de impuestos en los últimos 30 años. Uno de los principales puntos de esa ley es una importante reducción de tasas para las corporaciones, con lo que esta norma, según sus críticos, favorece principalmente a los grandes empresarios. Lo que está en duda ahora es cuánto déficit generará esta medida y cómo suplantará esta falta de recursos el gobierno de Trump.

Fronteras que se cierran

Si hay algo que ha causado preocupación dentro y fuera de los Estados Unidos, es la política migratoria del presidente.

Además del muro que prometió que se terminaría de construir en la frontera con México, Trump implementó un veto migratorio para varios países. Algunos se sumaron a la lista durante los primeros meses de gobierno, y otros quedaron afuera. En principio de mayoría musulmana, pero después agregó a países como Venezuela y Corea del Norte. El veto implica desde la negativa a entregar visas turísticas hasta la prohibición lisa y llana de entrada al país, cualquiera sea el motivo de la visita.

Por otro lado, y al interior de sus fronteras, Trump anunció que se pondría fin al programa “DACA”, aprobado en 2012 por el presiden - te anterior y que permitió a más de 800.000 jóvenes que ingresaron ilegalmente al país cuando eran niños conseguir un permiso para trabajar y no ser deportados a sus países de origen. El permiso, que se renovaba cada 2 años, ya no puede solicitarse y el actual presidente dejó la tarea al Congreso de aprobar una legislación que los ampare.

Con la idea de mantener fiel a su núcleo duro de apoyo, que esperaba la concreción de esas medidas, pero causando mucho rechazo en otros sectores de la sociedad, Trump cumple esta vez con los consejos de Maquiavelo “un príncipe no debe preocuparse porque lo acusen de cruel, siempre y cuando su crueldad tenga por objeto el mantener unidos y fieles a los súbditos”.

El mundo en sus manos

La desmesura que caracteriza su vocabulario y que lo llevó al poder es la misma que practica en el ámbito de las relaciones internacionales. Crear conflictos innecesarios es sin dudas uno de los sellos del presidente de los Estados Unidos.

Tal vez lo que más preocupa en política exterior es que alguien como Donald Trump tenga dentro de sus posibilidades declarar unilateralmente una guerra nuclear. El conflicto permanente con Corea del Norte, sobre todo en términos retóricos, puede convertirse en un verdadero conflicto en un abrir y cerrar de ojos. Y es que en la diplomacia, las declaraciones valen más que mil palabras.

Eso también quedó demostrado en el anuncio del presidente norteamericano de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel. Con esa simple declaración, y a pesar de asegurar que esto no significaba tomar partido en uno de los asuntos más complicados entre Israel y los países musulmanes, Donald Trump causó, por un lado, festejos; y por el otro, sangrientas protestas.

Así es como, al parecer, en política exterior el presidente está buscando un enemigo común que sea lo suficientemente fuerte para permitirle justificar todas las medidas que quiera tomar de ahora en adelante. Aún no logra conseguir uno a la altura de lo que fueron la URSS o el terrorismo internacional después del 11 de setiembre para sus antecesores.

EE.UU. primero

La tendencia al aislacionismo no es novedad en los Estados Unidos y la contradicción que esto supone para un país con pretensiones de ejercer en el mundo el papel de gran potencia tampoco lo es.

El mundo de Trump ya no es el mismo de la posguerra Fría. Hoy otras potencias como China, sin tantas pretensiones colonialistas pero con un gran poder económico, están emergiendo en la arena internacional. Es en este contexto que Trump considera, EE.UU. debe reinventar el sistema para volver a hacer “grande a su país”. Para eso debe tener las manos libres y sacar a su país de acuerdos que, él considera, no le son beneficiosos. En el año de su mandato comenzó a revisar varios de los convenios firmados por su país y ya sacó a los EE.UU. del Acuerdo de París sobre Cambio Climático, del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica y de la UNESCO, una institución que su propio país ayudó a fundar.

En América Latina Trump ha estrechado vínculos con Colombia, Perú y Argentina -aunque sin dar grandes pasos- y parece haber dado marcha atrás con el acercamiento hacia Cuba que comenzó Obama. En parte para responder a su electorado y en parte por convicción personal, apuesta al aislacionismo y a la desconexión, dentro de lo posible, claro está, en un mundo cada vez más globalizado.

Trump eterno

Si hay algo para lo que ha gobernado en este año el actual presidente de los Estados Unidos, es para ser reelecto. El mismo día en que juraba como presidente, Trump completó los papeles para poder volver a ser candidato en 2020.

Mantener fiel al electorado cumpliendo sus polémicas promesas de campaña, es algo para lo que parece trabajar todos los días. “Son precisamente los príncipes que han hecho menos caso de la fe jurada… los únicos que han realizado grandes empresas” dice Maquiavelo en el “El Príncipe”. El tiempo dirá si esta vez tenía razón.

 

NOTA por Agustina Bordigoni

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CONSTRUCTOR DE UN IMPERIO

Donald John Trump nació el 14 junio de 1946 en Nueva York. Estudió en una escuela militar desde los 13 años y terminó sus estudios en administración de empresas. Avanzó rápido en sus negocios, en parte por la ayuda financiera que recibió de su padre Fred, un exitoso empresario inmobiliario, y en parte porque supo aprovechar las oportunidades económicas que ofrecía Manhattan. Donald y su apellido se hicieron famosos en el país por la construcción de grandes edificios, y Trump pasó a ser el nombre de muchos de ellos.

En el año 2000 participó brevemente y por primera vez en la contienda presidencial, por el Partido Reformista, pero fue en 2015 el año en el que concretaría su gran anhelo. Su relación con los medios de comunicación, antes como ahora, es de amor-odio, ya que dice aborrecerlos pero no puede vivir sin ellos.

“El Príncipe” de los Estados Unidos

El sorpresivo y controversial Presidente de Estados Unidos llega a su primer año en el poder con más sombras que luces.

Si no fuera porque todos sabemos que Nicolás Maquiavelo y Donald Trump no son contemporáneos, diría que “El Príncipe” no fue escrito para Lorenzo de Medici sino para él, el particular, poco moderado y egocéntrico presidente de los Estados Unidos. Y es que Trump sigue al pie de la letra algunos de sus consejos, aunque parece ir rotundamente en contra de otros.

A un año de comenzado su mandato, podría decirse que nadie es, en definitiva, ni más ni menos “maquiavélico” que él.

Más temido que amado

El 20 de enero de 2016 asumía, para sorpresa de muchos, el presidente más controversial –al menos en campaña- de los Estados Unidos.

Su principal base de apoyo, una clase media empobrecida, de zonas rurales ultraconservadoras y que siente haber sido desplazada durante el gobierno de Obama, vio en Trump la realización del tan anhelado (y cada vez más difícil de alcanzar) “sueño americano”. Para esos votantes, el país es más suyo, por derecho, que de los recién llegados.

Pero el discurso de Trump también supo atraer el voto de grandes empresarios afectados por el crecimiento de la economía china y a los que no les favorecieron las medidas tomadas por el gobierno anterior en cuanto al cuidado del medio ambiente.

En un país dividido, Donald Trump supo dirigir las diferencias a su favor. Y llegó al poder sin seguir los consejos de Maquiavelo “está bien mostrarse piadoso, fiel, humano, recto y religioso… Un príncipe debe tener muchísimo cuidado de que no le brote nunca de los labios algo que no esté empapado de esas cinco virtudes”.

El discurso de Trump sacó a relucir todos sus vicios y aun así ganó las elecciones. Son esos vicios los que causan tanto fanatismo, pero también temor. Temor a que cumpla todas sus promesas de campaña.

La obsesión del presidente

Entre sus muchas obsesiones, Donald Trump tiene la de desmantelar el legado de Obama. En política interna esto se cristalizó funda - mentalmente en tirar por la borda el plan de sanidad conocido como “Obamacare”. El programa, que permitió a 20 millones de personas acceder a cobertura médica privada, es uno de los principales objetivos de destrucción del presidente Trump, quien prometió dejar que el sistema “implosione”. Lo hizo quitando los subsidios otorgados a las aseguradoras, que hasta ahora permitieron que el sistema funcionara. Más que una caída por su propio peso, el nuevo presidente está cargando al programa el peso necesario para generar esa implosión.

Pero a pesar de desvelar al actual presidente norteamericano, el legado de Obama le ha dado un apoyo involuntario al gobierno de su sucesor: Trump heredó una economía encarrilada, con los índices de desocupación más bajos en 16 años y un crecimiento que fue superior al 3% en los últimos trimestres de 2017, algo que si bien ocurrió durante el gobierno de Trump, sucedió antes de la implementación de los planes del mandatario en materia económica.

En este último sentido, y tal vez considerando a éste como el mayor logro del presidente a nivel legislativo (y político, ya que es la primera medida que logra ratificar en ese ámbito), se aprobó la mayor reducción de impuestos en los últimos 30 años. Uno de los principales puntos de esa ley es una importante reducción de tasas para las corporaciones, con lo que esta norma, según sus críticos, favorece principalmente a los grandes empresarios. Lo que está en duda ahora es cuánto déficit generará esta medida y cómo suplantará esta falta de recursos el gobierno de Trump.

Fronteras que se cierran

Si hay algo que ha causado preocupación dentro y fuera de los Estados Unidos, es la política migratoria del presidente.

Además del muro que prometió que se terminaría de construir en la frontera con México, Trump implementó un veto migratorio para varios países. Algunos se sumaron a la lista durante los primeros meses de gobierno, y otros quedaron afuera. En principio de mayoría musulmana, pero después agregó a países como Venezuela y Corea del Norte. El veto implica desde la negativa a entregar visas turísticas hasta la prohibición lisa y llana de entrada al país, cualquiera sea el motivo de la visita.

Por otro lado, y al interior de sus fronteras, Trump anunció que se pondría fin al programa “DACA”, aprobado en 2012 por el presiden - te anterior y que permitió a más de 800.000 jóvenes que ingresaron ilegalmente al país cuando eran niños conseguir un permiso para trabajar y no ser deportados a sus países de origen. El permiso, que se renovaba cada 2 años, ya no puede solicitarse y el actual presidente dejó la tarea al Congreso de aprobar una legislación que los ampare.

Con la idea de mantener fiel a su núcleo duro de apoyo, que esperaba la concreción de esas medidas, pero causando mucho rechazo en otros sectores de la sociedad, Trump cumple esta vez con los consejos de Maquiavelo “un príncipe no debe preocuparse porque lo acusen de cruel, siempre y cuando su crueldad tenga por objeto el mantener unidos y fieles a los súbditos”.

El mundo en sus manos

La desmesura que caracteriza su vocabulario y que lo llevó al poder es la misma que practica en el ámbito de las relaciones internacionales. Crear conflictos innecesarios es sin dudas uno de los sellos del presidente de los Estados Unidos.

Tal vez lo que más preocupa en política exterior es que alguien como Donald Trump tenga dentro de sus posibilidades declarar unilateralmente una guerra nuclear. El conflicto permanente con Corea del Norte, sobre todo en términos retóricos, puede convertirse en un verdadero conflicto en un abrir y cerrar de ojos. Y es que en la diplomacia, las declaraciones valen más que mil palabras.

Eso también quedó demostrado en el anuncio del presidente norteamericano de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel. Con esa simple declaración, y a pesar de asegurar que esto no significaba tomar partido en uno de los asuntos más complicados entre Israel y los países musulmanes, Donald Trump causó, por un lado, festejos; y por el otro, sangrientas protestas.

Así es como, al parecer, en política exterior el presidente está buscando un enemigo común que sea lo suficientemente fuerte para permitirle justificar todas las medidas que quiera tomar de ahora en adelante. Aún no logra conseguir uno a la altura de lo que fueron la URSS o el terrorismo internacional después del 11 de setiembre para sus antecesores.

EE.UU. primero

La tendencia al aislacionismo no es novedad en los Estados Unidos y la contradicción que esto supone para un país con pretensiones de ejercer en el mundo el papel de gran potencia tampoco lo es.

El mundo de Trump ya no es el mismo de la posguerra Fría. Hoy otras potencias como China, sin tantas pretensiones colonialistas pero con un gran poder económico, están emergiendo en la arena internacional. Es en este contexto que Trump considera, EE.UU. debe reinventar el sistema para volver a hacer “grande a su país”. Para eso debe tener las manos libres y sacar a su país de acuerdos que, él considera, no le son beneficiosos. En el año de su mandato comenzó a revisar varios de los convenios firmados por su país y ya sacó a los EE.UU. del Acuerdo de París sobre Cambio Climático, del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica y de la UNESCO, una institución que su propio país ayudó a fundar.

En América Latina Trump ha estrechado vínculos con Colombia, Perú y Argentina -aunque sin dar grandes pasos- y parece haber dado marcha atrás con el acercamiento hacia Cuba que comenzó Obama. En parte para responder a su electorado y en parte por convicción personal, apuesta al aislacionismo y a la desconexión, dentro de lo posible, claro está, en un mundo cada vez más globalizado.

Trump eterno

Si hay algo para lo que ha gobernado en este año el actual presidente de los Estados Unidos, es para ser reelecto. El mismo día en que juraba como presidente, Trump completó los papeles para poder volver a ser candidato en 2020.

Mantener fiel al electorado cumpliendo sus polémicas promesas de campaña, es algo para lo que parece trabajar todos los días. “Son precisamente los príncipes que han hecho menos caso de la fe jurada… los únicos que han realizado grandes empresas” dice Maquiavelo en el “El Príncipe”. El tiempo dirá si esta vez tenía razón.

 

NOTA por Agustina Bordigoni

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