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Integrados al mundo, o no

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Integrados al mundo, o no

El catedrático Joaquín Roy, sostiene, a veces con una vehemencia pertinaz; que América Latina no logra integrarse entre sí, porque los países que la componen, aún no logran la integración dentro de sus fronteras. No es posible una integración regional, sin una integración nacional previa.

La variante de construcción nacional que se ensayó en América Latina fue la liberal, de opción, “francesa”, de apertura a la inmigración. No se eligió la suicida variante étnica, “primordial”, “alemana”. Pero al proceder a la diaria vespertina votación que señaló Ernest Renan en “¿Qué es una nación?”, el resultado es frecuentemente negativo: una mayoría de muchos países preferirían vivir en otro.

No palpan que el estado-nación plasmado por los próceres y sus sucesores les pertenece. Se consideran expulsados, marginados, discriminados. De ese éxodo se beneficia siempre Estados Unidos, mal que le pese al presidente Donald Trump.

Los latinoamericanos, en su enorme mayoría, desconfían de su nación y aspiran a la “certeza” de un país “aprobado” en republicanismo y respeto a las instituciones. Mientras esa certeza permanezca, no habrá país de Latinoamérica que logre funcionar como un todo.

Hasta que el primer país latinoamericano no logre una integración concreta, real y permanente en el tiempo, hacia adentro de sus fronteras, será muy difícil que no mire “con desconfianza”, cualquier intento de integración supra nacional. 

Es muy difícil, por lo tanto, que un país sin cohesión nacional opte por empeorarla con los experimentos de integración regional. Los dirigentes necesitan reforzar el control interior, se “juegan la vida” en los intentos de reelección y lanzan temores hacia sus vecinos.

Ningún presidente con autoridad real y que se precie de tal, está dispuesto a saltar sin red al vacío de la supra nacionalidad. Y sin un Jean Monnet que les haya convencido de su error, la historia se repite. Mercosur (Mercado Común del Sur) y la Comunidad Andina languidecen.

Fue un hombre longevo Jean Monnet, vivió 92 años entre 1888 y 1979. Pero, apenas, a los 18 años recibió un consejo de su padre que lo marcaría para siempre: “No lleves libros. Nadie puede pensar por ti. Mira por la ventana, habla a las personas. Presta atención a quien está a tu lado”, le dijo.

El padre de Monnet era un visionario que entregaba en ese instante lo mejor de la familia (su hijo), porque creía en ese destino de grandeza. La bodega familiar tendía un puente hacia nuevos mercados: desde el corazón de Francia hacia Norteamérica. Y el consejo era ése.

Una regla que ampliaría su visión del mundo, y sería la base donde asentar los cimientos de un futuro dedicado al proyecto de la Europa unida. Monnet fue uno de los padres fundadores de la Europa unida. El Parlamento Europeo lo considera un “Ciudadano de Honor, de Europa”. Los franceses lo sepultaron en el Panteón de París.

Monnet les hablaba a las personas, prestaba mucha atención a quienes lo rodeaban, los observaba a través de la ventana y desconfiaba de las guías escritas por foráneos. Monnet “corría el riesgo” de integrarse, con los valores aprendidos y con el respeto que implica aprender otros valores.

La vehemencia de sus acciones se parecía mucho a la fe. Convenció a millones con la honestidad de sus ideas. Inició un camino con la mirada en el otro, y aún está por verse si estaba equivocado, o no.

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Integrados al mundo, o no

El catedrático Joaquín Roy, sostiene, a veces con una vehemencia pertinaz; que América Latina no logra integrarse entre sí, porque los países que la componen, aún no logran la integración dentro de sus fronteras. No es posible una integración regional, sin una integración nacional previa.

La variante de construcción nacional que se ensayó en América Latina fue la liberal, de opción, “francesa”, de apertura a la inmigración. No se eligió la suicida variante étnica, “primordial”, “alemana”. Pero al proceder a la diaria vespertina votación que señaló Ernest Renan en “¿Qué es una nación?”, el resultado es frecuentemente negativo: una mayoría de muchos países preferirían vivir en otro.

No palpan que el estado-nación plasmado por los próceres y sus sucesores les pertenece. Se consideran expulsados, marginados, discriminados. De ese éxodo se beneficia siempre Estados Unidos, mal que le pese al presidente Donald Trump.

Los latinoamericanos, en su enorme mayoría, desconfían de su nación y aspiran a la “certeza” de un país “aprobado” en republicanismo y respeto a las instituciones. Mientras esa certeza permanezca, no habrá país de Latinoamérica que logre funcionar como un todo.

Hasta que el primer país latinoamericano no logre una integración concreta, real y permanente en el tiempo, hacia adentro de sus fronteras, será muy difícil que no mire “con desconfianza”, cualquier intento de integración supra nacional. 

Es muy difícil, por lo tanto, que un país sin cohesión nacional opte por empeorarla con los experimentos de integración regional. Los dirigentes necesitan reforzar el control interior, se “juegan la vida” en los intentos de reelección y lanzan temores hacia sus vecinos.

Ningún presidente con autoridad real y que se precie de tal, está dispuesto a saltar sin red al vacío de la supra nacionalidad. Y sin un Jean Monnet que les haya convencido de su error, la historia se repite. Mercosur (Mercado Común del Sur) y la Comunidad Andina languidecen.

Fue un hombre longevo Jean Monnet, vivió 92 años entre 1888 y 1979. Pero, apenas, a los 18 años recibió un consejo de su padre que lo marcaría para siempre: “No lleves libros. Nadie puede pensar por ti. Mira por la ventana, habla a las personas. Presta atención a quien está a tu lado”, le dijo.

El padre de Monnet era un visionario que entregaba en ese instante lo mejor de la familia (su hijo), porque creía en ese destino de grandeza. La bodega familiar tendía un puente hacia nuevos mercados: desde el corazón de Francia hacia Norteamérica. Y el consejo era ése.

Una regla que ampliaría su visión del mundo, y sería la base donde asentar los cimientos de un futuro dedicado al proyecto de la Europa unida. Monnet fue uno de los padres fundadores de la Europa unida. El Parlamento Europeo lo considera un “Ciudadano de Honor, de Europa”. Los franceses lo sepultaron en el Panteón de París.

Monnet les hablaba a las personas, prestaba mucha atención a quienes lo rodeaban, los observaba a través de la ventana y desconfiaba de las guías escritas por foráneos. Monnet “corría el riesgo” de integrarse, con los valores aprendidos y con el respeto que implica aprender otros valores.

La vehemencia de sus acciones se parecía mucho a la fe. Convenció a millones con la honestidad de sus ideas. Inició un camino con la mirada en el otro, y aún está por verse si estaba equivocado, o no.

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