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El día de la tradición, de las tradiciones argentinas

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El día de la tradición, de las tradiciones argentinas

Gustavo Luna

No es sencillo resumir la idea del ser nacional en una sola imagen, una sola vestimenta o una sola comida. Porque la diversidad es lo característico del ser argentino.

La tradición es una foto. El retrato de un gaucho en la Pampa, o de una comida típica. Un recorte de la historia en determinado lugar, en determinada época, en determinado personaje. Esas imágenes tienen como fondo musical al folclore. Pero ¿a eso se limita la tradición?, ¿a la vestimenta de un hombre de campo, a lo que comía y a lo que escuchaba o vivía en la llanura pampeana en la época de 1870, cuando José Hernández pintó al arquetípico Martín Fierro?, ¿sólo eso es tradición?

En un sentido amplio, tradición es aquello que una generación le lega a la que le sigue: las costumbres, los ritos, las doctrinas. También las noticias, las composiciones literarias, señala la Real Academia Española de la Lengua. Está afianzada la idea de que tradicional es sólo aquello que fijamos una vez en nuestras retinas, en nuestra conciencia. Mas no hay nada fijo en la cultura. Es sencillo: cada generación forma su propio legado para la próxima no sólo con lo que recibió de la anterior. Cada una está atravesada por otras influencias, determinadas, en mayor o menor medida, por la mayor o menor permeabilidad que en cada momento histórico tenga una sociedad a las palabras, las costumbres, las formas de vestir, de alimentarse, de trabajar y pensar que le transmitan otras culturas. En eso, se quiera o no, tiene mucho que ver la economía, los modos de producir el sustento de la vida material. La actividad humana de la cual, si nos atuviéramos a la visión marxista del asunto, derivan las demás y, por lo tanto, la concepción del mundo.

De modo que lo que un nombre le transmite a su hijo no es sólo aquello que él, a su tiempo, recibió de su padre. Cabe sostener, entonces, que cada tanto -¿en cada generación?- hay que renovar aquella foto. Someterla a un proceso de edición que permita conservar algo de ella –lo sustancial, el caracú– para revestirla, agregarle algo nuevo, la novedad, sin borrar lo esencial, aquello característico que hace que una cosa sea lo que es y no otra cosa.

Esto no es una invitación a la tilinguería del esnobismo de creer que algo es mejor solo porque es nuevo o viene de afuera. Ni una negación o menosprecio del ser nacional. Es la aceptación de la movilidad, el dinamismo y la mutación natural que experimenta cualquier cultura, aun aquellas más conservadoras, más apegadas al atavismo. No es el mismo el gaucho de la región pampeana de la segunda mitad del siglo XIX que el hombre que trajina hoy la llanura argentina. No viste igual, ni escucha la misma música, ni come lo mismo y del mismo modo.

Eso en primer lugar. En segundo, es una aceptación apenas sensata de la diversidad. Esa cualidad no tiene que ver solo con una cuestión de gradualidad. Porque el gaucho ya no es el mismo de hace un siglo y medio solo por las influencias que han atravesado a cada generación desde entonces. Es diferente también porque siempre lo fue.

Los gauchos argentinos

 Siempre hubo más que aquellos dos estereotipos que señalaba Arturo Jauretche en “El medio pelo en la sociedad argentina”: el que él le cuestionaba al actor Francisco Petrone, de “la voz, aguardentosa, de mostrador y caña (…), por lo demás conforme a la tradición del género en las tablas”, y el que él mismo pinta, el que “tiene voz atiplada, pues lo exigen los agudos gritos del trabajo, con que los paisanos dan los ‘buenos días’ de legua a legua”.

Martín Fierro encarna un tipo de gaucho. Pero hay otros. Los hubo siempre. El cuyano, el norteño, el litoraleño, el sureño. Ninguno es mejor que otro, sólo es distinto. Y todos, diversos, son argentinos.

Cabe preguntarse, por lo tanto ¿aquel hombre común del campo que hoy viste vaquero, una gorra con visera y hasta es posible que se abrigue con un buzo con leyendas en inglés, de las que seguramente nunca sabrá el significado, es menos argentino por no andar de bombachas y sombrero? Porque vestir así no le impide emocionarse y sacarse la gorra con respeto cuando escucha el Himno o mira la Bandera. Por otra parte, no es posible pensar que un chico de hoy, en vez de ir un sábado a bailar reggaetón, rock and roll, bachatta o cumbia –que originariamente también era un ritmo extranjero– va a ir a una peña a escuchar tonadas, a bailar zambas, cuecas y chacareras y a comer empanadas fritas. Pero no por ello deja de sentirse argentino.

En todo caso, en su formación deberían coexistir el contacto con aquello nuevo, que viene de afuera, y lo tradicional, lo que viene de las raíces, lo que está impregnado del color local del que hablaba Borges, al analizar la obra de José Hernández y la tradición de la literatura gauchesca.

 “¿Cuál es la tradición argentina? Creo que podemos contestar fácilmente y que no hay problema en esta pregunta. Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental”, afirmó el autor de “El Aleph”.

La lengua es no sólo parte constitutiva de la tradición, sino también el vehículo para transmitirla. La institución que vela por ella, la Real Academia Espa- ñola (RAE), fundada en 1713, estableció en su lema, dos años después, que su misión era “limpiar, fijar y dar esplendor” al idioma español o castellano.

La RAE no desconoce que no es posible fijar el idioma, parte inescindible de la cultura hispánica que abarca a Argentina. Por eso, sus estatutos, aprobados en 1993, establecen como objetivo fundamental de la Academia “velar por que la lengua española, en su continua adaptación a las necesidades de los hablantes, no quiebre su esencial unidad”.

Los catedráticos de la Real Academia de la lengua señalan la importancia de mantener a salvo su unidad esencial, mas admiten que hay una continua adaptación. En términos similares, sin chovinismo, cabría pensar a la tradición argentina.

Habrá que tener en cuenta también, en definitiva, que por debajo de tal o cual vestidura, la esencia humana recorre e identifica a los integrantes de cualquier cultura, porque, como dijo alguna vez José Larralde a propósito de los dilemas existenciales de los gauchos, personales que él también describe con maestría, “el hombre es el hombre, acá o en Rusia”.

No se puede hablar de una tradición argentina sin incluir el aporte de la inmigración, que no lavó el recuerdo de las vestimentas, las comidas y la lengua de todas las patrias de donde vino, ni siquiera ante políticas de estado como la de una Ley de Educación Común, que a partir de 1884 intentó homogeneizar la cultura, para que fuera común a todos los que elegían Argentina como destino. Y cualquier intento por definir lo tradicional de este país deberá dejar a salvo la diversidad que, también por ese motivo, lo caracteriza.

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El día de la tradición, de las tradiciones argentinas

No es sencillo resumir la idea del ser nacional en una sola imagen, una sola vestimenta o una sola comida. Porque la diversidad es lo característico del ser argentino.

La tradición es una foto. El retrato de un gaucho en la Pampa, o de una comida típica. Un recorte de la historia en determinado lugar, en determinada época, en determinado personaje. Esas imágenes tienen como fondo musical al folclore. Pero ¿a eso se limita la tradición?, ¿a la vestimenta de un hombre de campo, a lo que comía y a lo que escuchaba o vivía en la llanura pampeana en la época de 1870, cuando José Hernández pintó al arquetípico Martín Fierro?, ¿sólo eso es tradición?

En un sentido amplio, tradición es aquello que una generación le lega a la que le sigue: las costumbres, los ritos, las doctrinas. También las noticias, las composiciones literarias, señala la Real Academia Española de la Lengua. Está afianzada la idea de que tradicional es sólo aquello que fijamos una vez en nuestras retinas, en nuestra conciencia. Mas no hay nada fijo en la cultura. Es sencillo: cada generación forma su propio legado para la próxima no sólo con lo que recibió de la anterior. Cada una está atravesada por otras influencias, determinadas, en mayor o menor medida, por la mayor o menor permeabilidad que en cada momento histórico tenga una sociedad a las palabras, las costumbres, las formas de vestir, de alimentarse, de trabajar y pensar que le transmitan otras culturas. En eso, se quiera o no, tiene mucho que ver la economía, los modos de producir el sustento de la vida material. La actividad humana de la cual, si nos atuviéramos a la visión marxista del asunto, derivan las demás y, por lo tanto, la concepción del mundo.

De modo que lo que un nombre le transmite a su hijo no es sólo aquello que él, a su tiempo, recibió de su padre. Cabe sostener, entonces, que cada tanto -¿en cada generación?- hay que renovar aquella foto. Someterla a un proceso de edición que permita conservar algo de ella –lo sustancial, el caracú– para revestirla, agregarle algo nuevo, la novedad, sin borrar lo esencial, aquello característico que hace que una cosa sea lo que es y no otra cosa.

Esto no es una invitación a la tilinguería del esnobismo de creer que algo es mejor solo porque es nuevo o viene de afuera. Ni una negación o menosprecio del ser nacional. Es la aceptación de la movilidad, el dinamismo y la mutación natural que experimenta cualquier cultura, aun aquellas más conservadoras, más apegadas al atavismo. No es el mismo el gaucho de la región pampeana de la segunda mitad del siglo XIX que el hombre que trajina hoy la llanura argentina. No viste igual, ni escucha la misma música, ni come lo mismo y del mismo modo.

Eso en primer lugar. En segundo, es una aceptación apenas sensata de la diversidad. Esa cualidad no tiene que ver solo con una cuestión de gradualidad. Porque el gaucho ya no es el mismo de hace un siglo y medio solo por las influencias que han atravesado a cada generación desde entonces. Es diferente también porque siempre lo fue.

Los gauchos argentinos

 Siempre hubo más que aquellos dos estereotipos que señalaba Arturo Jauretche en “El medio pelo en la sociedad argentina”: el que él le cuestionaba al actor Francisco Petrone, de “la voz, aguardentosa, de mostrador y caña (…), por lo demás conforme a la tradición del género en las tablas”, y el que él mismo pinta, el que “tiene voz atiplada, pues lo exigen los agudos gritos del trabajo, con que los paisanos dan los ‘buenos días’ de legua a legua”.

Martín Fierro encarna un tipo de gaucho. Pero hay otros. Los hubo siempre. El cuyano, el norteño, el litoraleño, el sureño. Ninguno es mejor que otro, sólo es distinto. Y todos, diversos, son argentinos.

Cabe preguntarse, por lo tanto ¿aquel hombre común del campo que hoy viste vaquero, una gorra con visera y hasta es posible que se abrigue con un buzo con leyendas en inglés, de las que seguramente nunca sabrá el significado, es menos argentino por no andar de bombachas y sombrero? Porque vestir así no le impide emocionarse y sacarse la gorra con respeto cuando escucha el Himno o mira la Bandera. Por otra parte, no es posible pensar que un chico de hoy, en vez de ir un sábado a bailar reggaetón, rock and roll, bachatta o cumbia –que originariamente también era un ritmo extranjero– va a ir a una peña a escuchar tonadas, a bailar zambas, cuecas y chacareras y a comer empanadas fritas. Pero no por ello deja de sentirse argentino.

En todo caso, en su formación deberían coexistir el contacto con aquello nuevo, que viene de afuera, y lo tradicional, lo que viene de las raíces, lo que está impregnado del color local del que hablaba Borges, al analizar la obra de José Hernández y la tradición de la literatura gauchesca.

 “¿Cuál es la tradición argentina? Creo que podemos contestar fácilmente y que no hay problema en esta pregunta. Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental”, afirmó el autor de “El Aleph”.

La lengua es no sólo parte constitutiva de la tradición, sino también el vehículo para transmitirla. La institución que vela por ella, la Real Academia Espa- ñola (RAE), fundada en 1713, estableció en su lema, dos años después, que su misión era “limpiar, fijar y dar esplendor” al idioma español o castellano.

La RAE no desconoce que no es posible fijar el idioma, parte inescindible de la cultura hispánica que abarca a Argentina. Por eso, sus estatutos, aprobados en 1993, establecen como objetivo fundamental de la Academia “velar por que la lengua española, en su continua adaptación a las necesidades de los hablantes, no quiebre su esencial unidad”.

Los catedráticos de la Real Academia de la lengua señalan la importancia de mantener a salvo su unidad esencial, mas admiten que hay una continua adaptación. En términos similares, sin chovinismo, cabría pensar a la tradición argentina.

Habrá que tener en cuenta también, en definitiva, que por debajo de tal o cual vestidura, la esencia humana recorre e identifica a los integrantes de cualquier cultura, porque, como dijo alguna vez José Larralde a propósito de los dilemas existenciales de los gauchos, personales que él también describe con maestría, “el hombre es el hombre, acá o en Rusia”.

No se puede hablar de una tradición argentina sin incluir el aporte de la inmigración, que no lavó el recuerdo de las vestimentas, las comidas y la lengua de todas las patrias de donde vino, ni siquiera ante políticas de estado como la de una Ley de Educación Común, que a partir de 1884 intentó homogeneizar la cultura, para que fuera común a todos los que elegían Argentina como destino. Y cualquier intento por definir lo tradicional de este país deberá dejar a salvo la diversidad que, también por ese motivo, lo caracteriza.

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