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La infame historia de cuando las botas patearon a los votos

Por redacción
| 24 de marzo de 2016
Pasado que duele. Durante siete años la argentina vivió una época de plomo, sangre y salvajismo. | NA

La excusa fue reordenar. El resultado; la muerte. Hace 40 años, un 24 de marzo de 1976, Argentina se sumía en su última pesadilla de sangre y muerte, un golpe de Estado encabezado por las fuerzas militares que cortaron una sucesión de gobiernos democráticos. Lo llamaron Proceso de Reorganización Nacional. El Proceso.
Desde que los militares intervinieron en la vida política de la Argentina del siglo XX, en 1930 cuando derrocaron a Hipólito Yrigoyen, cada vez esperaron menos para accionar contra la democracia.  
Desde el '30  pasaron trece años para el segundo alzamiento en 1943, que trajo la caída de Ramón Castillo; el tercero en 1955 (luego de doce años) fue cuando la Revolución Libertadora derrocó a Juan Domingo Perón.
El cuarto, en 1962,  tardó  siete años y Arturo Frondizi  fue derrocado por Raúl Alejandro Poggi; el quinto golpe sólo esperó cuatro años, ya que el militar Juan Carlos Onganía reemplazó al presidente Arturo Illia.
Finalmente el sexto y último gobierno de facto llegó en 1976. Pasaron diez años de lo que parecía una costumbre argentina: que las botas patearan los votos.
El Proceso depuso a la presidenta de la Nación Argentina, María Estela Martínez de Perón, el 24 de marzo. A la una de la madrugada, el general José Rogelio Villarreal le dijo: "Señora, las Fuerzas Armadas han decidido tomar el control político del país, y usted queda arrestada".
Comenzó a gobernar un tridente oscuro que pasaría a la historia por un salvajismo inusitado: el teniente general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo Massera y el brigadier Orlando Ramón Agosti.
El golpe armó un póquer de atrocidades: inició un tremendo terrorismo de Estado, perpetró una constante violación de los derechos humanos, gestó y sistematizó la desaparición y muerte de 30 mil de personas y allanó la apropiación de recién nacidos.  Crímenes de lesa humanidad que duelen con solo mencionarlos.
Hasta marzo de 1976, la Argentina era el único país de Sudamérica  que mantenía un régimen democrático. En el resto de los países los presidentes no tenían banda, tenían gorra: Hugo Banzer en Bolivia, Ernesto Geisel en Brasil, Augusto Pinochet en Chile, Alfredo Stroessner en Paraguay, y Juan María Bordaberry en Uruguay.
Estados Unidos era el titiritero detrás de la idea de que el Cono Sur era permeable a la intromisión del comunismo, y por ello había que "favorecer" gobiernos más "afines". Y pensó en los militares, en muchos de ellos.
Desde los '70, el país era un hervidero de peleas internas, tamizadas de sangre. La Triple A, Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) peleaban y desangraban a cientos de familias.
La situación de inestabilidad hizo que muchos civiles salieran a pedirles a los militares seguridad, y también un poco de revancha.
Golpearon los cuarteles para pedir cambios, pero el cambio fue el terror.
Las disputas internas hacia el interior del Ejército fueron continuas. Desde 1976 a 1983 hubo cuatro Juntas Militares que designaron cuatro presidentes.
El primero de facto fue Videla; le siguieron Roberto Eduardo Viola, Leopoldo Fortunato Galtieri y Reynaldo Benito Bignone, todos ellos pertenecientes al Ejército.  
Durante sus gobiernos, miles de personas fueron detenidas, torturadas, asesinadas y desaparecidas o forzadas al exilio.
El número de desaparecidos estimado por los organismos de derechos humanos  es de 30 mil.
Los militares mataron a personas, pero también a las instituciones, ya que disolvieron el Congreso Nacional, derrocaron a las autoridades provinciales (gobernadores y legislaturas) y destituyeron a los miembros de la Corte Suprema de Justicia.
A la economía la hirieron de muerte. La deuda externa, que fue producto, incluso, de la estatización de deuda externa privada, se elevó de 7.875 millones de dólares al terminar 1975, a 45.087 millones de dólares al finalizar 1983.
El 2 de abril de 1982, Galtieri ocupó las Islas Malvinas y desató una guerra que trajo más muerte.
Bignone, el último presidente de facto, se vio obligado a llamar a elecciones en 1983 tras las protestas sociales, la presión internacional por las violaciones a los derechos humanos, y la derrota en la Guerra de las Malvinas.
Luego de siete años, los votos corrieron a las botas. La razón fue reordenar, y el resultado, el retorno de la democracia.

 

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