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La construcción de la paz es un proceso lento

 

Cuando un pueblo ha atravesado años de guerras, de violencia interna y de violaciones de los derechos humanos, la reconstrucción del tejido social, y en definitiva, la construcción del camino que conduce a la paz, es un proceso lento, doloroso, y muchas veces acechado por la misma tentación que sumió a ese pueblo en la tragedia. 

Este escenario lo conocen en Colombia, en el proceso de paz que lleva adelante el Gobierno con las ex Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), y también lo conocen (y lo sufren), en un lugar remoto para Sudamérica, como Afganistán; pero también sumido en el mismo problema.

Una ola de sangrientos ataques talibanes destinados a hacer fracasar las elecciones del 28 de septiembre en Afganistán mató e hirió a cientos de personas, incluidos niños, dijo la misión especial de las Naciones Unidas en el país. Durante la campaña electoral, entre el 8 de junio y el 30 de septiembre, la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Afganistán (Unama, en inglés), documentó unos 100 ataques, que se saldaron con 85 civiles muertos y 373 heridos.

Tan solo en el día de votación en la nación del sur de Asia con casi 36 millones de habitantes, fueron asesinados 28 civiles y resultaron heridos unos 249.

Dramáticamente, un tercio de las víctimas, fueron niños y niñas.

El derramamiento de sangre subraya el frágil estado de la democracia afgana y la fuerza relativa del grupo Talibán unos 18 años después que Estados Unidos encabezó una alianza que invadió el país, con el manifestado propósito de combatir el terrorismo del fundamentalismo islamista que entonces gobernaba el país.

La Unama y los enviados de la Organización de las Naciones Unidas en Afganistán, elogiaron a los afganos que valientemente “desafiaron las amenazas” y “emitieron sus votos” a pesar de los temores de tiroteos y atentados explosivos por la coerción de los talibanes.

“Estos ataques, junto con declaraciones públicas hechas por los talibanes, revelaron una campaña deliberada destinada a socavar el proceso electoral y privar a los ciudadanos afganos de su derecho a participar en este importante proceso político, libremente y sin temor”, dijo la ONU.

Alrededor de 95 por ciento de los ataques fueron obra del grupo talibán, que se mantiene en insurgencia desde que fue derrocado del poder en diciembre de 2001 por la coalición liderada por Estados Unidos, creada tras los ataques del grupo Al Qaeda contra las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de ese año.

La mayoría de los ataques talibanes se perpetraron con granadas, cohetes y morteros, pero también se colocaron algunas bombas caseras cerca de los colegios electorales, incluidos recintos escolares,dijeron los investigadores en el informe.

La ONU responsabilizó de “la mayor parte de la violencia” a la “campaña deliberada de los talibanes para interrumpir las elecciones presidenciales de Afganistán”.

El informe no solo documenta el daño a los civiles causado por la ofensiva violenta de los talibanes para interrumpir las elecciones, sino que también destaca “un patrón de secuestros, amenazas, intimidación y hostigamiento llevado a cabo por los talibanes contra los civiles”.

Solo alrededor de una cuarta parte de la población con derecho al voto concurrió a las urnas, una muy baja participación de aproximadamente 2,6 millones de electores, que se atribuyó a las amenazas de los talibanes y a la falta de credibilidad sobre la imparcialidad electoral, en un país con una plaga de corrupción.

Las votaciones, de todas maneras, se produjeron con más seguridad que las legislativas de 2018, pese a la incertidumbre política y de resultados que acompaña a los procesos comiciales en Afganistán.

Los principales candidatos, el presidente Ashraf Ghani y su mayor rival, el jefe del Ejecutivo (primer ministro) Abdullah Abdullah, se adjudicaron la victoria la misma jornada electoral, a pesar de que los resultados preliminares no se darán a conocer hasta al menos este fin de semana.

Si ninguno de los aspirantes obtiene más de 50 por ciento de los votos, habrá una segunda vuelta.

Desde su derrocamiento, los combatientes talibanes mantienen una confrontación radical con el gobierno, las fuerzas estadounidenses y de sus aliados. Como resultado, controlan más territorio de Afganistán que en cualquier otro momento desde que su régimen fue derrocado, mientras las fuerzas militares gubernamentales luchan por contenerlos.

Varias rondas de negociación entre Washington y los talibanes, celebradas en Qatar, buscan en tanto alcanzar un acuerdo que suponga la pacificación del país. Un proceso lento y lleno de acechanzas.

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