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La noticia desvirtuada

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La noticia desvirtuada

Los medios de comunicación bordean la irracionalidad. No interesa demasiado si al actual escenario se llegó por la “inercia” de la evolución en la producción y el consumo de datos, o es algo “minuciosamente” planificado. Sucede probablemente por una mezcla rara de ambas causas, pero ocurre sin dudas.

Desde cualquier rincón del planeta, algo o alguien “es noticia” por una u otra acción, que, en promedio, “interesa” durante cinco o diez segundos. Suficientes para expresar asombro, indignación o gestos de suficiencia, en quienes están habituados con el universo incesante de datos “recibidos”.

La amplitud de la “información relevante” puede extenderse desde los exabruptos del presidente de la nación más poderosa del mundo, la vida privada de un “youtuber”, o las “hazañas” de un perro salchicha. Todo tiene el mismo peso de la inmediatez, y en la inmediatez.

Desde hace años resulta muy difícil procesar el volumen de información recibida. Sobre todo porque la existencia del ser humano común (aunque de manera más acelerada) continúa por la senda de la vida, en pos de cumplir objetivos, grandes o pequeños, pero objetivos al fin.

En la escala de prioridades de todo adulto, el “bombardeo de datos”, muchas veces irrelevante; “convive”, bien o mal, con el deseo de mejorar en el plano profesional, la conclusión de una carrera universitaria, la formación de una familia, un viaje postergado, la adopción de una mascota, la lectura de un autor determinado o llegar a fin de mes sin que las deudas agobien.

Nunca antes en la historia de la civilización fue tan difícil la concentración, la síntesis de un concepto, el triunfo de una idea o el trazo de una meta. Nunca antes, los datos invadieron de manera tan drástica cada instante en la vida de las personas. Todo diálogo comienza con un dato cuya precisión poco importa: alguien expresa una “información” que leyó o escuchó en algún lado, un oyente ocasional o elegido (un destinatario) recibe ese dato; reacciona, “corrige” y agrega nuevos datos a la “información” suministrada.

Las fuentes han perdido el valor trascendental de antaño. Al menos, a muy pocos le preocupan objetivamente el origen, la veracidad, la precisión o la profundidad de lo informado. Lo único válido es “hablar”, “opinar” sobre el tema en cuestión. 

Decenas de miles de personas, en cualquier geografía conectada con el resto del mundo, e incluso desde muy temprana edad, se consideran habilitadas para establecer el canon exacto, la regla, la ley o el argumento puntual, de lo que se habla e informa.

Hasta hace un par de décadas, el “informante” que opinaba “de todo” y “ante todos”, era observado con desconfianza, y muchas veces era tomado “a la ligera”, y sometido al escarnio de sus compañeros de diálogo, por “poco serio”, por “charlatán”, por “opinólogo”. Un especialista en nada y en todo, que ayudaba a “pasar el rato” en un bar, o a divertir con ocurrencias ingeniosas.

Con la información al acceso de “todos”, “todo el tiempo”, la civilización arribó al imperio de la categorización absoluta; la charla de café se trasladó a lugares “cultos” y cada discusión es capaz de profanar disciplinas muy específicas con un simple epígrafe, una cita escuchada “al voleo”, o con 140 caracteres de “profunda sabiduría”. 

Resulta difícil, asimismo, separar lo real de lo ficticio, la mentira de la verdad, lo evidente de lo supuesto. Incluso cuando la imagen suplanta a la palabra, es casi una utopía; porque el deseo de ser percibido logra demoler con enorme eficacia, cualquier discurso o pensamiento profundo. Casi nadie en la actualidad pronuncia palabras para la historia, el lenguaje se agota en la inmediatez del instante.

La humanidad, intoxicada por las noticias está expuesta a la manipulación. Un proceso del que aún se desconocen los límites. 

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La noticia desvirtuada

Los medios de comunicación bordean la irracionalidad. No interesa demasiado si al actual escenario se llegó por la “inercia” de la evolución en la producción y el consumo de datos, o es algo “minuciosamente” planificado. Sucede probablemente por una mezcla rara de ambas causas, pero ocurre sin dudas.

Desde cualquier rincón del planeta, algo o alguien “es noticia” por una u otra acción, que, en promedio, “interesa” durante cinco o diez segundos. Suficientes para expresar asombro, indignación o gestos de suficiencia, en quienes están habituados con el universo incesante de datos “recibidos”.

La amplitud de la “información relevante” puede extenderse desde los exabruptos del presidente de la nación más poderosa del mundo, la vida privada de un “youtuber”, o las “hazañas” de un perro salchicha. Todo tiene el mismo peso de la inmediatez, y en la inmediatez.

Desde hace años resulta muy difícil procesar el volumen de información recibida. Sobre todo porque la existencia del ser humano común (aunque de manera más acelerada) continúa por la senda de la vida, en pos de cumplir objetivos, grandes o pequeños, pero objetivos al fin.

En la escala de prioridades de todo adulto, el “bombardeo de datos”, muchas veces irrelevante; “convive”, bien o mal, con el deseo de mejorar en el plano profesional, la conclusión de una carrera universitaria, la formación de una familia, un viaje postergado, la adopción de una mascota, la lectura de un autor determinado o llegar a fin de mes sin que las deudas agobien.

Nunca antes en la historia de la civilización fue tan difícil la concentración, la síntesis de un concepto, el triunfo de una idea o el trazo de una meta. Nunca antes, los datos invadieron de manera tan drástica cada instante en la vida de las personas. Todo diálogo comienza con un dato cuya precisión poco importa: alguien expresa una “información” que leyó o escuchó en algún lado, un oyente ocasional o elegido (un destinatario) recibe ese dato; reacciona, “corrige” y agrega nuevos datos a la “información” suministrada.

Las fuentes han perdido el valor trascendental de antaño. Al menos, a muy pocos le preocupan objetivamente el origen, la veracidad, la precisión o la profundidad de lo informado. Lo único válido es “hablar”, “opinar” sobre el tema en cuestión. 

Decenas de miles de personas, en cualquier geografía conectada con el resto del mundo, e incluso desde muy temprana edad, se consideran habilitadas para establecer el canon exacto, la regla, la ley o el argumento puntual, de lo que se habla e informa.

Hasta hace un par de décadas, el “informante” que opinaba “de todo” y “ante todos”, era observado con desconfianza, y muchas veces era tomado “a la ligera”, y sometido al escarnio de sus compañeros de diálogo, por “poco serio”, por “charlatán”, por “opinólogo”. Un especialista en nada y en todo, que ayudaba a “pasar el rato” en un bar, o a divertir con ocurrencias ingeniosas.

Con la información al acceso de “todos”, “todo el tiempo”, la civilización arribó al imperio de la categorización absoluta; la charla de café se trasladó a lugares “cultos” y cada discusión es capaz de profanar disciplinas muy específicas con un simple epígrafe, una cita escuchada “al voleo”, o con 140 caracteres de “profunda sabiduría”. 

Resulta difícil, asimismo, separar lo real de lo ficticio, la mentira de la verdad, lo evidente de lo supuesto. Incluso cuando la imagen suplanta a la palabra, es casi una utopía; porque el deseo de ser percibido logra demoler con enorme eficacia, cualquier discurso o pensamiento profundo. Casi nadie en la actualidad pronuncia palabras para la historia, el lenguaje se agota en la inmediatez del instante.

La humanidad, intoxicada por las noticias está expuesta a la manipulación. Un proceso del que aún se desconocen los límites. 

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