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¿Argentina va a perder una nueva oportunidad?

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¿Argentina va a perder una nueva oportunidad?

Carlos Etchepare

El año que se fue sirvió para que de una vez por todas se entiendan algunas cosas que en reiteradas oportunidades hemos tratado en esta columna. El mundo del libre comercio no existe. ¿En que quedó el prometido acuerdo, que por momentos se anunciaba como inminente entre el Mercosur y la Unión Europea? Por estos días, la UE se ve convulsionada por el Brexit y la compleja realidad política y económica de muchos de los países que la integran, mientras que el Mercosur está esperando las “sorpresas” de Jair Bolsonaro, el nuevo presidente de Brasil.
La libertad de mercado está repleta de normas que la regulan, aún en los países más liberales. Y en particular en nuestro sector. Hasta el propio presidente Mauricio Macri lo reconoció cuando tuvo que reimplantar los derechos de exportación. Como siempre lo recordamos, la Ley Agrícola de los Estados Unidos, vigente desde 1933, es la prueba más elocuente de lo señalado. Hace poco se acaba de aprobar la nueva Farm Bill para los productores de Estados Unidos. Simplemente y como referencia, en próximas notas ampliaremos con detalles, la nueva Ley Agrícola de la principal economía capitalista del mundo destina 400.000 millones de dólares en los próximos cinco años para proteger a la agricultura y la alimentación. En ese presupuesto se incluye, además de lo que recibirá mediante diferentes planes la agroindustria, lo que se otorga en carácter de bonos alimenticios para la población más necesitada, unos 50 millones de habitantes. 
Entre otras cosas, reautoriza y proporciona fondos para varias iniciativas de bioenergía, incluido el programa de asistencia de biorrefinería, el de bioenergía para biocombustibles avanzados, el de biodiésel, el programa de mercados de base biológica, el referido a la energía rural para América, el de asistencia de cultivos de biomasa y el programa de flexibilidad de materias primas.
Además de establecer el grupo de trabajo sobre oportunidades de biogás, la legislación también crea un nuevo programa de utilización de carbono y educación sobre biogás, que proporciona subvenciones para educar a los agricultores y al público en general sobre los beneficios y oportunidades que ofrece esta forma de energía limpia a las comunidades y empresas rurales. Y como es habitual, la nueva legislación reautoriza los programas de seguro y conservación de cultivos, proporciona asistencia comercial a entidades agrícolas y financia investigaciones agrícolas orgánicas.
El presidente de la Comisión de Agricultura del Senado estadounidense resumió la nueva ley con la siguiente frase: "Como se prometió, este proyecto de ley agrícola proporciona una certeza y una previsibilidad muy necesarias para todos los productores, de todos los cultivos, en todas las regiones del país".

¿Desengaño, desilusión, otra mentira?
Pero volvamos a nuestro balance. Claramente el resultado de 2018 es desfavorable, pero hay que insistir en que más allá de la cuestión económica, que podrá “doler” más o menos según de qué lado hayamos estado frente al clima y a los errores de las políticas oficiales, lo que más afectó al sector fue la confirmación de que se desvanecieron las esperanzas sobre las posibilidades de cambios positivos, que permanecían en las expectativas de la gran mayoría de los actores sectoriales.
Y no solo se terminó el ciclo sin que los cambios llegaran, sino que por el contrario se retrocedió y mucho sobre el camino que se había avanzado y que en su momento permitió sostener el crédito durante los tres primeros años del actual gobierno.
Una reciente encuesta realizada entre miembros del movimiento CREA muestra que esta situación no es patrimonio de los pequeños productores únicamente. El Índice de Confianza del Empresario Agropecuario (ICEA) es calculado por la Unidad de Investigación y Desarrollo de CREA desde noviembre de 2012, con una periodicidad cuatrimestral (marzo, julio y noviembre). Para eso se realizan seis preguntas sobre percepción y expectativas, que son relevadas mediante el Sistema de Encuestas Agropecuarias (SEA-CREA).
La evolución histórica del ICEA muestra cuatro etapas. La primera de ellas, de noviembre de 2012 a noviembre de 2014, en la que el índice fluctuaba relativamente estable entre un máximo de 38,9 (marzo de 2014) y un nivel mínimo de 26,7 (julio de 2013). Entre noviembre de 2014 y noviembre de 2015 no existió un patrón definido, sino que evidenció oscilaciones derivadas de la incertidumbre política y económica generada por las elecciones presidenciales llevadas a cabo en octubre de ese año y el balotaje de noviembre que consagró a Macri. La tercera etapa se inició en noviembre de 2015, cuando el indicador comenzó a crecer hasta alcanzar valores superiores a 70 en la mayor parte de 2016 y 2017 (con un máximo de 75 en noviembre de 2016). Por último, la cuarta etapa se manifiesta a partir del noviembre 2017: el indicador inició un paulatino y sostenido descenso hasta alcanzar un nivel de 43,4 en noviembre pasado, una reducción de 5,9 respecto a la medición de julio de 2018 y una caída de 27,8 puntos en relación a noviembre de 2017.
Por su parte, el subíndice "situación económica del país" midió 40,8; el de "situación del sector agropecuario" alcanzó los 39,6 y "situación de la empresa" un 49,8. Es importante mencionar que en todos los casos los valores cayeron tanto cuatrimestral como interanualmente.
Cabe destacar que los índices anteriores pueden ser calculados para una actividad específica. En este sentido, el que considera solo empresas que desarrollan la actividad agrícola fue 42,7. Este valor se encuentra 7,2 puntos por debajo de julio 2018 y 25,8 por debajo de noviembre de 2017. El índice que considera solo empresas que desarrollan la actividad de ganadería bovina fue 43,6. Este valor está 5,3 puntos por debajo de julio 2018 y 18,4 por debajo de noviembre de 2017.
La caída en la medición interanual se justifica por los desempeños individuales de los subíndices "situación económica y financiera de la empresa" (-25,0%) y "situación económica del país" (-48,7%), mientras que el índice de "situación del sector agropecuario" registró una caída de 37,7% respecto al mismo valor de noviembre de 2017. También al desagregar el índice según las condiciones actuales y expectativas, se observa un marcado deterioro interanual respecto a la evaluación del presente (-65,4%) mientras que la baja de las expectativas a futuro (-12,1. %), es más moderada en comparación con las condiciones actuales.
Los resultados antes desarrollados muestran un deterioro tanto en la percepción (situación actual vs. un año atrás) como en las expectativas (situación actual vs. noviembre 2019) de los empresarios agropecuarios. Dicho deterioro se expresa, en mayor medida, en la situación económica del país y del sector.

¿Existe la esperanza en 2019?
¿Queda crédito para el cuarto año? El que puede quedar es aquel que surge como consecuencia del temor al regreso a los años del kirchnerismo, único argumento que guarda el Gobierno para sostenerse con “viento a favor” en una parte cada vez más concentrada del “campo”.
La oportunidad para que aparezca una alternativa superadora está abierta. El desafío que tiene la oposición no es menor. El Ejecutivo sabe que todavía tiene ese pequeño margen con el sector, y que por otra parte a la oposición no es precisamente el campo al grupo de votantes que más le apetece conquistar. En síntesis, por un lado o por el otro, el “campo” no tendrá medidas tomadas por el Gobierno que cubran sus expectativas, y difícilmente reciba promesas demasiado atractivas de las alternativas de cambio en el rumbo político.
Para tomar una buena decisión a la hora de depositar su voto, el “campo” deberá analizar mucho más que la política sectorial que se le aplicó y priorizar el país que desea que sea esta Argentina tan problemática.
Pero el camino todavía es largo. En 2019 probablemente se confirmen dos cosas que si se toman como verdadero aprendizaje para el futuro inmediato, tal vez permitan corregir y no repetir errores recurrentes de los últimos 60 años por economistas y políticos que poco conocen de la “calle argentina”.
En 2019 se confirmará que una gran cosecha (todavía por verse) no salva al país (como tampoco el fracaso de la cosecha fue la razón de la debacle económica de 2018); y que para que el país comience un proceso de desarrollo y crecimiento serio hace falta mucho más que el campo. Y lo segundo que también quedará demostrado es que poner todo el empeño en desarrollar la actividad exportadora sin atender adecuadamente el crecimiento del consumo interno tampoco es la política a aplicar. El país es mucho más que soja. 
Ojalá se entienda. Claro que a lo mejor todo esto es demasiado pretensioso. No es mucho lo que se puede esperar de un gobierno que declara, sin ponerse colorado, que 2019 es el año de la exportación y ha reimplantado impuestos a todo tipo de exportaciones, incluidos ¡los servicios! Y su argumento es que “ahora todos pagan”. Son jóvenes, o nunca escucharon aquello que “mal de muchos, consuelo de tontos”. ¿Pensarán realmente eso de nosotros?
 

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¿Argentina va a perder una nueva oportunidad?

El año que se fue sirvió para que de una vez por todas se entiendan algunas cosas que en reiteradas oportunidades hemos tratado en esta columna. El mundo del libre comercio no existe. ¿En que quedó el prometido acuerdo, que por momentos se anunciaba como inminente entre el Mercosur y la Unión Europea? Por estos días, la UE se ve convulsionada por el Brexit y la compleja realidad política y económica de muchos de los países que la integran, mientras que el Mercosur está esperando las “sorpresas” de Jair Bolsonaro, el nuevo presidente de Brasil.
La libertad de mercado está repleta de normas que la regulan, aún en los países más liberales. Y en particular en nuestro sector. Hasta el propio presidente Mauricio Macri lo reconoció cuando tuvo que reimplantar los derechos de exportación. Como siempre lo recordamos, la Ley Agrícola de los Estados Unidos, vigente desde 1933, es la prueba más elocuente de lo señalado. Hace poco se acaba de aprobar la nueva Farm Bill para los productores de Estados Unidos. Simplemente y como referencia, en próximas notas ampliaremos con detalles, la nueva Ley Agrícola de la principal economía capitalista del mundo destina 400.000 millones de dólares en los próximos cinco años para proteger a la agricultura y la alimentación. En ese presupuesto se incluye, además de lo que recibirá mediante diferentes planes la agroindustria, lo que se otorga en carácter de bonos alimenticios para la población más necesitada, unos 50 millones de habitantes. 
Entre otras cosas, reautoriza y proporciona fondos para varias iniciativas de bioenergía, incluido el programa de asistencia de biorrefinería, el de bioenergía para biocombustibles avanzados, el de biodiésel, el programa de mercados de base biológica, el referido a la energía rural para América, el de asistencia de cultivos de biomasa y el programa de flexibilidad de materias primas.
Además de establecer el grupo de trabajo sobre oportunidades de biogás, la legislación también crea un nuevo programa de utilización de carbono y educación sobre biogás, que proporciona subvenciones para educar a los agricultores y al público en general sobre los beneficios y oportunidades que ofrece esta forma de energía limpia a las comunidades y empresas rurales. Y como es habitual, la nueva legislación reautoriza los programas de seguro y conservación de cultivos, proporciona asistencia comercial a entidades agrícolas y financia investigaciones agrícolas orgánicas.
El presidente de la Comisión de Agricultura del Senado estadounidense resumió la nueva ley con la siguiente frase: "Como se prometió, este proyecto de ley agrícola proporciona una certeza y una previsibilidad muy necesarias para todos los productores, de todos los cultivos, en todas las regiones del país".

¿Desengaño, desilusión, otra mentira?
Pero volvamos a nuestro balance. Claramente el resultado de 2018 es desfavorable, pero hay que insistir en que más allá de la cuestión económica, que podrá “doler” más o menos según de qué lado hayamos estado frente al clima y a los errores de las políticas oficiales, lo que más afectó al sector fue la confirmación de que se desvanecieron las esperanzas sobre las posibilidades de cambios positivos, que permanecían en las expectativas de la gran mayoría de los actores sectoriales.
Y no solo se terminó el ciclo sin que los cambios llegaran, sino que por el contrario se retrocedió y mucho sobre el camino que se había avanzado y que en su momento permitió sostener el crédito durante los tres primeros años del actual gobierno.
Una reciente encuesta realizada entre miembros del movimiento CREA muestra que esta situación no es patrimonio de los pequeños productores únicamente. El Índice de Confianza del Empresario Agropecuario (ICEA) es calculado por la Unidad de Investigación y Desarrollo de CREA desde noviembre de 2012, con una periodicidad cuatrimestral (marzo, julio y noviembre). Para eso se realizan seis preguntas sobre percepción y expectativas, que son relevadas mediante el Sistema de Encuestas Agropecuarias (SEA-CREA).
La evolución histórica del ICEA muestra cuatro etapas. La primera de ellas, de noviembre de 2012 a noviembre de 2014, en la que el índice fluctuaba relativamente estable entre un máximo de 38,9 (marzo de 2014) y un nivel mínimo de 26,7 (julio de 2013). Entre noviembre de 2014 y noviembre de 2015 no existió un patrón definido, sino que evidenció oscilaciones derivadas de la incertidumbre política y económica generada por las elecciones presidenciales llevadas a cabo en octubre de ese año y el balotaje de noviembre que consagró a Macri. La tercera etapa se inició en noviembre de 2015, cuando el indicador comenzó a crecer hasta alcanzar valores superiores a 70 en la mayor parte de 2016 y 2017 (con un máximo de 75 en noviembre de 2016). Por último, la cuarta etapa se manifiesta a partir del noviembre 2017: el indicador inició un paulatino y sostenido descenso hasta alcanzar un nivel de 43,4 en noviembre pasado, una reducción de 5,9 respecto a la medición de julio de 2018 y una caída de 27,8 puntos en relación a noviembre de 2017.
Por su parte, el subíndice "situación económica del país" midió 40,8; el de "situación del sector agropecuario" alcanzó los 39,6 y "situación de la empresa" un 49,8. Es importante mencionar que en todos los casos los valores cayeron tanto cuatrimestral como interanualmente.
Cabe destacar que los índices anteriores pueden ser calculados para una actividad específica. En este sentido, el que considera solo empresas que desarrollan la actividad agrícola fue 42,7. Este valor se encuentra 7,2 puntos por debajo de julio 2018 y 25,8 por debajo de noviembre de 2017. El índice que considera solo empresas que desarrollan la actividad de ganadería bovina fue 43,6. Este valor está 5,3 puntos por debajo de julio 2018 y 18,4 por debajo de noviembre de 2017.
La caída en la medición interanual se justifica por los desempeños individuales de los subíndices "situación económica y financiera de la empresa" (-25,0%) y "situación económica del país" (-48,7%), mientras que el índice de "situación del sector agropecuario" registró una caída de 37,7% respecto al mismo valor de noviembre de 2017. También al desagregar el índice según las condiciones actuales y expectativas, se observa un marcado deterioro interanual respecto a la evaluación del presente (-65,4%) mientras que la baja de las expectativas a futuro (-12,1. %), es más moderada en comparación con las condiciones actuales.
Los resultados antes desarrollados muestran un deterioro tanto en la percepción (situación actual vs. un año atrás) como en las expectativas (situación actual vs. noviembre 2019) de los empresarios agropecuarios. Dicho deterioro se expresa, en mayor medida, en la situación económica del país y del sector.

¿Existe la esperanza en 2019?
¿Queda crédito para el cuarto año? El que puede quedar es aquel que surge como consecuencia del temor al regreso a los años del kirchnerismo, único argumento que guarda el Gobierno para sostenerse con “viento a favor” en una parte cada vez más concentrada del “campo”.
La oportunidad para que aparezca una alternativa superadora está abierta. El desafío que tiene la oposición no es menor. El Ejecutivo sabe que todavía tiene ese pequeño margen con el sector, y que por otra parte a la oposición no es precisamente el campo al grupo de votantes que más le apetece conquistar. En síntesis, por un lado o por el otro, el “campo” no tendrá medidas tomadas por el Gobierno que cubran sus expectativas, y difícilmente reciba promesas demasiado atractivas de las alternativas de cambio en el rumbo político.
Para tomar una buena decisión a la hora de depositar su voto, el “campo” deberá analizar mucho más que la política sectorial que se le aplicó y priorizar el país que desea que sea esta Argentina tan problemática.
Pero el camino todavía es largo. En 2019 probablemente se confirmen dos cosas que si se toman como verdadero aprendizaje para el futuro inmediato, tal vez permitan corregir y no repetir errores recurrentes de los últimos 60 años por economistas y políticos que poco conocen de la “calle argentina”.
En 2019 se confirmará que una gran cosecha (todavía por verse) no salva al país (como tampoco el fracaso de la cosecha fue la razón de la debacle económica de 2018); y que para que el país comience un proceso de desarrollo y crecimiento serio hace falta mucho más que el campo. Y lo segundo que también quedará demostrado es que poner todo el empeño en desarrollar la actividad exportadora sin atender adecuadamente el crecimiento del consumo interno tampoco es la política a aplicar. El país es mucho más que soja. 
Ojalá se entienda. Claro que a lo mejor todo esto es demasiado pretensioso. No es mucho lo que se puede esperar de un gobierno que declara, sin ponerse colorado, que 2019 es el año de la exportación y ha reimplantado impuestos a todo tipo de exportaciones, incluidos ¡los servicios! Y su argumento es que “ahora todos pagan”. Son jóvenes, o nunca escucharon aquello que “mal de muchos, consuelo de tontos”. ¿Pensarán realmente eso de nosotros?
 

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