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La honestidad de la alegría

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La honestidad de la alegría

Los carnavales son una antigua, popular, y arraigada tradición en Brasil, en Uruguay; en Venecia, Italia. Una celebración nacida en el seno del cristianismo, en el que la alegría, el bullicio, y los disfraces, sirven para mostrar las pasiones, las emociones y las razones que atraviesan los pueblos.

En algunas ciudades de Brasil, las fiestas de carnaval suelen prolongarse por dos semanas y este año han realzado la contradicción de una población que se desnuda en una exaltación de alegría pero que eligió un gobierno moralista y regresivo.

Dos meses de iniciativas enfrentadas y frecuentes bufonadas hicieron del presidente Jair Bolsonaro, de extrema derecha; un manantial de sátiras políticas que animaron los “bloques”, las multitudes carnavalescas que cantan y bailan en las grandes ciudades brasileñas.

En el poder desde el 1º de enero, a las burlas a Bolsonaro, se sumaron las críticas severas a sus hijos y ministros. En el medio de la parranda, aparecieron biberones en forma de pene. Una crítica a la falsa acusación bolsonarista de que el izquierdista Partido de los Trabajadores (PT), cuando estaba en el poder (2003-2016), distribuía en las escuelas un “kit gay”, con el biberón fálico, para estimular el homosexualismo.

Surgieron muchas “marchinhas”, cantigas sencillas de carnaval, tratando la extrema derecha en el poder con sarcasmo. Ironizaron desde el saludo militar usual del presidente, un ex capitán del Ejército, a la obsesión anticomunista, la moral religiosa y los indicios de corrupción en la familia Bolsonaro.

Personas vestidas de color naranja o incluso enmascaradas como la fruta cítrica aparecieron en algunos “bloques”, en São Paulo o en ciudades de la región del nordeste, la única región brasileña donde el PT mantuvo la mayoría en las últimas elecciones, en octubre.

“Naranja” es como se conoce en Brasil a algunos testaferros. En este caso era una referencia a mujeres que el gobernante Partido Social Liberal (PSL) lanzó como falsas candidatas para beneficiarse de fondos electorales públicos.

La legislación electoral brasileña determina que cada partido tenga un mínimo de 30 por ciento de candidaturas femeninas a los parlamentos y que los recursos para las campañas electorales se distribuían en la misma proporción.

La norma se eludió recurriendo a las “naranjas”, según varias denuncias y evidencias. Candidatas de escasa votación recibieron abultadas sumas, por ejemplo, o se reconocieron como simples intermediarias financieras.

En las elecciones de 2018 el dinero público ganó importancia, porque el Supremo Tribunal Federal prohibió la financiación empresarial. Para sustituirla los parlamentarios aprobaron un fondo de 1.716 millones de reales (460 millones de dólares), sacado del tesoro y manejado por los jefes partidarios.

Casi todos los partidos al parecer usaron ese artificio ilegal, pero el PSL se hizo blanco de las primeras investigaciones judiciales y su mayor repercusión por arribar al poder con un discurso anticorrupción. Naranja pasó a ser su símbolo entre opositores.

Algo parecido sucedió con el primogénito del presidente, Flavio Bolsonaro. Por lo menos siete de sus asesores cuando era diputado del estado de Río de Janeiro (2003-2018), traspasaban la mayor parte de sus sueldos a un jefe del equipo, Fabricio Queiroz.

Este confesó a la justicia que usaba el dinero para contratar informalmente a otros auxiliares y así ampliar la “base electoral” del diputado. Un delito que puede llevarlo a la cárcel y contaminar el presidente y sus tres hijos dedicados a la política.

“El espíritu del carnaval es la antítesis de este gobierno”, resumió una socióloga.La libertad y los grupos oprimidos de la población de este país de 209 millones de habitantes, como los negros, los indígenas y los pobres son los temas y protagonistas de la fiesta de este primer carnaval con Bolsonaro y la extrema derecha en el gobierno del país.

Una celebración del pueblo. Que expresa lo que siente, con la honestidad de la alegría.

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La honestidad de la alegría

Los carnavales son una antigua, popular, y arraigada tradición en Brasil, en Uruguay; en Venecia, Italia. Una celebración nacida en el seno del cristianismo, en el que la alegría, el bullicio, y los disfraces, sirven para mostrar las pasiones, las emociones y las razones que atraviesan los pueblos.

En algunas ciudades de Brasil, las fiestas de carnaval suelen prolongarse por dos semanas y este año han realzado la contradicción de una población que se desnuda en una exaltación de alegría pero que eligió un gobierno moralista y regresivo.

Dos meses de iniciativas enfrentadas y frecuentes bufonadas hicieron del presidente Jair Bolsonaro, de extrema derecha; un manantial de sátiras políticas que animaron los “bloques”, las multitudes carnavalescas que cantan y bailan en las grandes ciudades brasileñas.

En el poder desde el 1º de enero, a las burlas a Bolsonaro, se sumaron las críticas severas a sus hijos y ministros. En el medio de la parranda, aparecieron biberones en forma de pene. Una crítica a la falsa acusación bolsonarista de que el izquierdista Partido de los Trabajadores (PT), cuando estaba en el poder (2003-2016), distribuía en las escuelas un “kit gay”, con el biberón fálico, para estimular el homosexualismo.

Surgieron muchas “marchinhas”, cantigas sencillas de carnaval, tratando la extrema derecha en el poder con sarcasmo. Ironizaron desde el saludo militar usual del presidente, un ex capitán del Ejército, a la obsesión anticomunista, la moral religiosa y los indicios de corrupción en la familia Bolsonaro.

Personas vestidas de color naranja o incluso enmascaradas como la fruta cítrica aparecieron en algunos “bloques”, en São Paulo o en ciudades de la región del nordeste, la única región brasileña donde el PT mantuvo la mayoría en las últimas elecciones, en octubre.

“Naranja” es como se conoce en Brasil a algunos testaferros. En este caso era una referencia a mujeres que el gobernante Partido Social Liberal (PSL) lanzó como falsas candidatas para beneficiarse de fondos electorales públicos.

La legislación electoral brasileña determina que cada partido tenga un mínimo de 30 por ciento de candidaturas femeninas a los parlamentos y que los recursos para las campañas electorales se distribuían en la misma proporción.

La norma se eludió recurriendo a las “naranjas”, según varias denuncias y evidencias. Candidatas de escasa votación recibieron abultadas sumas, por ejemplo, o se reconocieron como simples intermediarias financieras.

En las elecciones de 2018 el dinero público ganó importancia, porque el Supremo Tribunal Federal prohibió la financiación empresarial. Para sustituirla los parlamentarios aprobaron un fondo de 1.716 millones de reales (460 millones de dólares), sacado del tesoro y manejado por los jefes partidarios.

Casi todos los partidos al parecer usaron ese artificio ilegal, pero el PSL se hizo blanco de las primeras investigaciones judiciales y su mayor repercusión por arribar al poder con un discurso anticorrupción. Naranja pasó a ser su símbolo entre opositores.

Algo parecido sucedió con el primogénito del presidente, Flavio Bolsonaro. Por lo menos siete de sus asesores cuando era diputado del estado de Río de Janeiro (2003-2018), traspasaban la mayor parte de sus sueldos a un jefe del equipo, Fabricio Queiroz.

Este confesó a la justicia que usaba el dinero para contratar informalmente a otros auxiliares y así ampliar la “base electoral” del diputado. Un delito que puede llevarlo a la cárcel y contaminar el presidente y sus tres hijos dedicados a la política.

“El espíritu del carnaval es la antítesis de este gobierno”, resumió una socióloga.La libertad y los grupos oprimidos de la población de este país de 209 millones de habitantes, como los negros, los indígenas y los pobres son los temas y protagonistas de la fiesta de este primer carnaval con Bolsonaro y la extrema derecha en el gobierno del país.

Una celebración del pueblo. Que expresa lo que siente, con la honestidad de la alegría.

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