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El agro afronta varios desafíos

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El agro afronta varios desafíos

Marcelo Dettoni

La sustentabilidad del desarrollo involucra variables sociales, económicas y medioambientales. Hay distintos factores que impactan, como las políticas públicas, la micro y macroeconomía, el cambio climático y otros aspectos. Resulta evidente la necesidad de abordar globalmente el sistema cada vez más complejo constituido por las sociedades humanas y los sistemas naturales con los que interaccionan.

Siempre es necesario conocer la realidad de los cultivos, caminar los lotes, aprender más sobre sanidad animal y vegetal, subirse a una cosechadora de última generación o ver cómo hay que trabajar con el agua disponible para no sufrir carencias en los momentos clave de una campaña. Eso forma parte del día a día, de lo tangible, es información que los productores tienen, adquieren o comparten para mejorar sus índices finales.

Pero cada tanto también es interesante sumergirse de cabeza en el futuro, en lo que viene, en lo que ya se está ensayando en otras partes del mundo, donde están más avanzados en cuanto a tecnología. Para eso son indispensables las charlas como la que dio Alfredo Collado en la Universidad Católica de Cuyo, denominada "Prospectiva y Desafíos Agroambientales para el Desarrollo (visión multidimensional)".

Fue en el edificio San José, que pertenece al Centro de Estudios para la Investigación y el Desarrollo (Cepid) de la sede San Luis de la alta casa de estudios. El auditorio, variado en edad a pesar de que uno hubiera imaginado que prevalecerían los jóvenes, estuvo compuesto por ingenieros agrónomos en su mayoría, aunque también por varios productores preocupados por estar actualizados y no perder el tren de la modernidad, lo cual es un buen indicador para el campo puntano, ya que habla de un interés por mejorar día a día, característica intrínseca de quienes se dedican tanto a la agricultura como a la ganadería del siglo XXI.

“Vamos a hablar de una prospectiva, lo que indica una visión de futuro”, se presentó el especialista del INTA San Luis, quien venía de dar la misma disertación en La Pampa. Aclaró que esa visión no está puesta en el corto plazo, sino en el año 2050, lo que parece mucho, pero no lo es tanto cuando se habla de temas tecnológicos relacionados con el campo, un sector siempre innovador y de punta en materia de adelantos. “Iremos de lo local a lo global, a partir de un nuevo término que se llama ‘gradiente’, y es el que concilia lo uno con lo otro. Esta charla debe ser un disparador para ver hacia dónde va el mundo, después cada uno decidirá qué toma y qué no, pero yo creo que es muy interesante”, aseguró este ingeniero agrónomo de larga trayectoria, que ha viajado por el mundo en busca de actualizaciones para aplicar en San Luis.

 

 

“La sustentabilidad del desarrollo involucra variables sociales, económicas y medioambientales: hay distintos factores que impactan en el desarrollo como las políticas públicas, la micro y macroeconomía, el cambio climático y otros aspectos. Resulta evidente, la necesidad de abordar globalmente el sistema cada vez más complejo constituido por las sociedades humanas y los sistemas naturales con los que interaccionan. No aportan las actividades o trabajos segmentados, aislados, que registran datos no homologables por carecer de una visión y comunicación transversal e integradora”, expresó. 

Cuando decíamos líneas arriba que la proyección era hacia el 2050 y que aún así parecía apenas un mediano plazo, enseguida lo pudimos comprobar con un dato científico: en cuanto a cambio climático y su efecto más visible para el campo, que es la desertificación, Collado dijo que “la NASA ya proyecta sus estudios al año 2100, porque más acá estamos jugados, lo que vaya a pasar es muy difícil de corregir”.

“En los últimos años me dediqué a estudiar tres desafíos agroambientales que tocan de cerca a San Luis, dos de manera directa y otro porque se trata de provincias vecinas. Son los excesos hídricos y la aparición en la superficie de ríos que eran subterráneos en la Cuenca del Morro, el caso de Batavia y el diferendo entre La Pampa y Mendoza por las aguas del río Atuel”, arrancó ya de lleno, junto con la proyección de unos cuadros sinópticos.

 

Prospectiva, demanda y desarrollo

Habló de tres cuestiones básicas como la prospectiva, la demanda y el desarrollo y circunscribió los desafíos a dos áreas, la ambiental y la productiva, en los que incluyó para la búsqueda de soluciones a los estados (nacionales, provinciales, municipales), las organizaciones no gubernamentales (ONG’s), la actividad privada en general y las startups, a las que definió como “organizaciones innovadoras”.

“Para lograr un desarrollo sostenible es necesario que la sociedad, la economía y el medio ambiente actúen en armonía”, enumeró Collado, haciendo referencia aún sin nombrarlo al famoso Tratado de Paz entre Progreso y Medio Ambiente que tanto promocionó el gobierno puntano con Alberto Rodríguez Saá a la cabeza, que siempre buscó sustentabilidad para el crecimiento.

Justamente la sustentabilidad, que emparentó con la sostenibilidad, fue uno de los ejes: “Es el mayor desafío para la ciencia del siglo XXI, es necesario abordar globalmente un sistema cada vez más complejo”. Los objetivos de ese desarrollo sostenible (ODS), según lo establecido por la comunidad internacional en la Cumbre Mundial de Desarrollo Sostenible de Nueva York de 2015, son 17, y contienen 169 metas. “La Argentina trabaja en 15 de esos objetivos y sobre todo en la meta 3, la que se dedica a combatir la desertificación, un fenómeno muy avanzado en nuestro territorio”, según Collado.

 

 

Hay un marco normativo que se dedica de lleno a estos temas. En el ámbito nacional, a través de la Ley de Presupuestos Mínimos Ambientales, sancionada en 2002; y en San Luis, una provincia pionera en cuestiones que tienen que ver con la ecología en relación al desarrollo, con las leyes que asegura el derecho al progreso y al medio ambiente, condensadas en el Tratado de Paz que tantas distinciones internacionales consiguió desde su promulgación.

 

Más gente, ¿peores condiciones?

Según la FAO, la organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura, hacia 2050 el crecimiento poblacional del planeta será muy fuerte: habrá unas 3 mil millones de personas más que en el año 2000. Un total de 9.100 millones de bocas para alimentar y para quienes garantizar un medio ambiente al menos "vivible". De vuelta a los desafíos, Collado enumeró como insoslayables los ambientales, los productivos y los sociales. “Hay un triángulo cuyos vértices son la biodiversidad, la desertificación y el cambio climático como explicación de uno y otro”.

Él cree que se puede medir la sustentabilidad, pero hacen falta observatorios territoriales, que hoy no existen. “Hay que revertir tendencias sumamente negativas, como la desertificación y la erosión de suelos, a través del establecimiento de indicadores que pueden ser positivos, negativos o estacionarios. Pero atención, que pueden convivir entre ellos, un ejemplo podría ser la tala en el Amazonas, que tiene un componente positivo (desarrollo económico a través de la explotación de la madera), uno negativo (el daño ambiental en la selva) y uno estacionario (no juega un partido decisivo en lo social)”.

Hay un modelo de relación entre los indicadores que se conoce como PER, debido a lo que representa cada letra: Presión, Estado y Respuesta. “La presión es la que ejerce el hombre sobre el ambiente, por ejemplo en la Cuenca del Morro con el monocultivo y la deforestación del monte natural; el Estado es el que tiene que desarrollar políticas públicas para prevenir o actuar sobre el daño, lo hace con planes como la siembra de alfalfa, obligando a los productores a presentar proyectos de manejo sustentable; y finalmente está la respuesta para revertir la situación, que podría ser bajar el déficit hídrico con forestación”, enumeró el técnico del INTA San Luis, quien está convencido que las consecuencias del desastre ambiental hay que rastrearlas en la variabilidad climática y la inadecuada gestión ambiental.

 

De la cuenca hasta el Atuel

Luego se metió de lleno en los casos que había enumerado previamente: la Cuenca del Morro, el mal manejo de los campos en Batavia y el diferendo por el río Atuel. “En la Cuenca del Morro están analizadas las lluvias en un período extenso, que va de 1903 a 2018, y el resultado es una tendencia creciente. No es mala en sí misma, al contrario, la precipitación siempre es bienvenida, el problema es que el humano presiona sobre el ambiente para producir cada vez más y no respeta los tiempos y el desarrollo de la naturaleza, que no hace nada porque sí”, describió Collado.

El perfil del suelo también jugó su partido: “Pasa la maquinaria agrícola y compacta, lo que inicia un proceso de degradación”, aseguró, para luego continuar con la erosión hídrica que se ve hoy en día. “Produjo cárcavas, un colapso de los túneles y el flujo de lodos para concluir en un desastre ecológico sin precedentes”.

En Batavia el problema es otro. “Hay históricamente una variabilidad en el régimen de lluvias que es común a todo el sur de San Luis. Se puede pasar de años llovedores como el 2014, que promedió 1.200 milímetros; a otros como el siguiente, con 250 milímetros. Esto, asociado al régimen de tenencia de tierras, es una receta para el fracaso ambiental. Los campos se alquilan a quienes solo quieren un rédito económico, los dueños se despreocupan y no piensan en el futuro, cuando vuelvan a hacerse cargo de la tierra tras la concesión y entonces la capacidad de uso es cada vez menor.

En años de buenas precipitaciones puede llegar a ser buena, pero en los años secos los suelos marginales terminan ingresando en un proceso de desertificación que termina en un complejo de dunas como las que se ven hoy en día por todo el Departamento Dupuy. Son claramente de origen antrópico, o sea por culpa exclusiva del hombre”.

Sobre el conflicto entre Mendoza y La Pampa por el río Atuel, que tiene 790 kilómetros de extensión, comenzó desde los orígenes del río. “Nació por una ablación de glaciares, el principal fue el glaciar Humo. Esa masa de hielo fue retrocediendo debido a los incendios, que son un factor muy importante que no siempre se tiene en cuenta pero que derrite los glaciares. Basta para muestra lo que sucedió con el embalse El Nihuil, que claramente desde 1984 hasta 2019 fue perdiendo agua”, reveló.

“Se derrite el hielo, disminuye la reflexión de la luz de la Tierra y eso provoca más calentamiento global”, explicó el técnico sobre este fenómeno nocivo que afronta la zona, y enseguida aprovechó para dejar algunas cifras que asustan: “De acuerdo a una proyección de la NASA al año 2100, el África oriental tendrá un ciento por ciento más de lluvias para entonces, mientras que la costa del Mediterráneo recibirá un 40% menos”.

 

 

Volviendo al caso del Atuel, Collado no es adepto a los fallos de escritorio, como el que publicó la Corte Suprema intentando superar el diferendo. Cree más en la investigación y los trabajos de campo. “La hizo fácil, determinó que Mendoza libere cinco metros cúbicos de agua por segundo hacia La Pampa, pero resulta que no los tiene, es un fallo inaplicable, que no atiende cuestiones ambientales o directamente desconoce la realidad”.

 

Una cuestión de sintonía

En la continuidad de la charla, se metió de lleno en las cuestiones tecnológicas, diferenciando lo que es una sintonía fina (por ejemplo un greenseeker, que es un sensor de cultivos de mano que sirve para medir niveles de nitrógeno u otros minerales del suelo); de una gruesa, compuesta por los sensores remotos o satélites. “La primera mide lo mismo que la segunda, pero a 50 centímetros del suelo”, aseveró, para pedir que siempre es mejor “actuar localmente, pero pensando globalmente, que es lo mismo que darle valor global a nuestro dato local, para enriquecernos todos”.

Este concepto lo definió en un concepto que puede parecer un juego de palabras, pero va mucho más allá: “No hay globalidad que valga si no hay localidad que sirva, que no es una frase mía sino del escritor mexicano Carlos Fuentes. Debemos ir de la sintonía fina a la gruesa. Así se llega al desarrollo, valga como ejemplo el caso de los nano satélites. Hay 160 que están actualmente orbitando la Tierra. Pasa que hace 10 años pesaban una tonelada cada uno y ahora hay algunos de 100 gramos, que se conocen como femto satélites”.

El ingeniero agrónomo aseguró que el mundo va hacia una agricultura climática inteligente promovida por la propia FAO. “Las bases son aumentar la productividad y los ingresos, crear resiliencia y reducir la emisión de gases de efecto invernadero”, especificó. “La sintonía fina en este caso está en una agricultura de conservación, ecológica, con una gestión sustentable que nos deposite en una economía ecológica con agricultura incorporada, para finalmente llegar al término inicial, la agricultura climática inteligente, que es la sintonía gruesa”.

En cuanto al término resiliencia, lo diferenció de la resistencia. Puso el caso de la araña: “La resistencia es cómo aguanta la telaraña a las inclemencias. En cambio la resiliencia va más allá, es la capacidad que tiene la araña para tejer una nueva telaraña”.

Al igual que escuchamos en las charlas técnicas sobre ganadería sustentable que ofreció el IPCVA en Luján, también Collado habló de land sharing y land sparing en la producción agrícola. “El sharing incluye la biodiversidad, es integrador, el sparing promueve el ahorro de tierras, como pasa en Mendoza, donde producen en los oasis y recuperan las tierras dañadas”, explicó.

 

Producción y conservación

Yendo al fondo de la cuestión y apelando a definiciones más teóricas, land sparing se refiere a la idea de que la intensificación de la agricultura para incrementar la productividad por área, resulta en la liberación de tierras para la conservación de la biodiversidad a nivel del paisaje, de ahí la idea de "separación" entre producción y conservación. En tanto que land sharing se refiere a la idea de que la agricultura alternativa, diversa y agroecológica puede mantener la biodiversidad a nivel del paisaje, por eso es conocida como de "integración" entre producción y conservación.

Sobre la agricultura del futuro, se preguntó cómo se habrá de alimentar a una población creciente como la que se espera para el 2050. Y la respuesta es, “con cosechas abonadas con inteligencia artificial y tecnologías disruptivas que rompan con el orden anterior y redefinan el funcionamiento”. Esas tecnologías disruptivas incluyen la agricultura de precisión (también la vertical, molecular y celular), la detección de malezas por georreferenciación, el internet de las cosas, la robótica, el Big data, los vehículos no tripulados (drones), avances que permitan un geoseguimiento de los rodeos y la fotosíntesis artificial.

Collado puso como ejemplo el enorme trabajo que lleva adelante el Embrapa brasileño, que ya identificó 4.000 enfermedades en los cultivos a nivel planetario y no se quedó allí: “Dan la fórmula para curarlas a través de un código QR, que está abierto a todo el mundo”.

Otros adelantos que ya circulan y no están tan lejos del alcance de los productores son la ganadería de precisión, con sus cercos virtuales y la contabilización de cabezas por geoseguimiento con drones; y el bombardeo de semillas con cápsulas biodegradables para utilizar en el África subsahariana.

“Se puede actuar en un radio de 7.600 kilómetros, por 20 de ancho, desde Senegal a Djibouti, a través de 11 países”, reveló el científico del INTA, un apasionado de las nuevas tecnologías cuya lucha es por el bienestar en el futuro cercano, cuando el crecimiento poblacional plantee nuevos desafíos y no todos estén en condiciones de afrontarlos.
 

 

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El agro afronta varios desafíos

La sustentabilidad del desarrollo involucra variables sociales, económicas y medioambientales. Hay distintos factores que impactan, como las políticas públicas, la micro y macroeconomía, el cambio climático y otros aspectos. Resulta evidente la necesidad de abordar globalmente el sistema cada vez más complejo constituido por las sociedades humanas y los sistemas naturales con los que interaccionan.

Collado, Lucero y La Malfa durante la charla desarrollada en la UC Cuyo.

Siempre es necesario conocer la realidad de los cultivos, caminar los lotes, aprender más sobre sanidad animal y vegetal, subirse a una cosechadora de última generación o ver cómo hay que trabajar con el agua disponible para no sufrir carencias en los momentos clave de una campaña. Eso forma parte del día a día, de lo tangible, es información que los productores tienen, adquieren o comparten para mejorar sus índices finales.

Pero cada tanto también es interesante sumergirse de cabeza en el futuro, en lo que viene, en lo que ya se está ensayando en otras partes del mundo, donde están más avanzados en cuanto a tecnología. Para eso son indispensables las charlas como la que dio Alfredo Collado en la Universidad Católica de Cuyo, denominada "Prospectiva y Desafíos Agroambientales para el Desarrollo (visión multidimensional)".

Fue en el edificio San José, que pertenece al Centro de Estudios para la Investigación y el Desarrollo (Cepid) de la sede San Luis de la alta casa de estudios. El auditorio, variado en edad a pesar de que uno hubiera imaginado que prevalecerían los jóvenes, estuvo compuesto por ingenieros agrónomos en su mayoría, aunque también por varios productores preocupados por estar actualizados y no perder el tren de la modernidad, lo cual es un buen indicador para el campo puntano, ya que habla de un interés por mejorar día a día, característica intrínseca de quienes se dedican tanto a la agricultura como a la ganadería del siglo XXI.

“Vamos a hablar de una prospectiva, lo que indica una visión de futuro”, se presentó el especialista del INTA San Luis, quien venía de dar la misma disertación en La Pampa. Aclaró que esa visión no está puesta en el corto plazo, sino en el año 2050, lo que parece mucho, pero no lo es tanto cuando se habla de temas tecnológicos relacionados con el campo, un sector siempre innovador y de punta en materia de adelantos. “Iremos de lo local a lo global, a partir de un nuevo término que se llama ‘gradiente’, y es el que concilia lo uno con lo otro. Esta charla debe ser un disparador para ver hacia dónde va el mundo, después cada uno decidirá qué toma y qué no, pero yo creo que es muy interesante”, aseguró este ingeniero agrónomo de larga trayectoria, que ha viajado por el mundo en busca de actualizaciones para aplicar en San Luis.

 

 

“La sustentabilidad del desarrollo involucra variables sociales, económicas y medioambientales: hay distintos factores que impactan en el desarrollo como las políticas públicas, la micro y macroeconomía, el cambio climático y otros aspectos. Resulta evidente, la necesidad de abordar globalmente el sistema cada vez más complejo constituido por las sociedades humanas y los sistemas naturales con los que interaccionan. No aportan las actividades o trabajos segmentados, aislados, que registran datos no homologables por carecer de una visión y comunicación transversal e integradora”, expresó. 

Cuando decíamos líneas arriba que la proyección era hacia el 2050 y que aún así parecía apenas un mediano plazo, enseguida lo pudimos comprobar con un dato científico: en cuanto a cambio climático y su efecto más visible para el campo, que es la desertificación, Collado dijo que “la NASA ya proyecta sus estudios al año 2100, porque más acá estamos jugados, lo que vaya a pasar es muy difícil de corregir”.

“En los últimos años me dediqué a estudiar tres desafíos agroambientales que tocan de cerca a San Luis, dos de manera directa y otro porque se trata de provincias vecinas. Son los excesos hídricos y la aparición en la superficie de ríos que eran subterráneos en la Cuenca del Morro, el caso de Batavia y el diferendo entre La Pampa y Mendoza por las aguas del río Atuel”, arrancó ya de lleno, junto con la proyección de unos cuadros sinópticos.

 

Prospectiva, demanda y desarrollo

Habló de tres cuestiones básicas como la prospectiva, la demanda y el desarrollo y circunscribió los desafíos a dos áreas, la ambiental y la productiva, en los que incluyó para la búsqueda de soluciones a los estados (nacionales, provinciales, municipales), las organizaciones no gubernamentales (ONG’s), la actividad privada en general y las startups, a las que definió como “organizaciones innovadoras”.

“Para lograr un desarrollo sostenible es necesario que la sociedad, la economía y el medio ambiente actúen en armonía”, enumeró Collado, haciendo referencia aún sin nombrarlo al famoso Tratado de Paz entre Progreso y Medio Ambiente que tanto promocionó el gobierno puntano con Alberto Rodríguez Saá a la cabeza, que siempre buscó sustentabilidad para el crecimiento.

Justamente la sustentabilidad, que emparentó con la sostenibilidad, fue uno de los ejes: “Es el mayor desafío para la ciencia del siglo XXI, es necesario abordar globalmente un sistema cada vez más complejo”. Los objetivos de ese desarrollo sostenible (ODS), según lo establecido por la comunidad internacional en la Cumbre Mundial de Desarrollo Sostenible de Nueva York de 2015, son 17, y contienen 169 metas. “La Argentina trabaja en 15 de esos objetivos y sobre todo en la meta 3, la que se dedica a combatir la desertificación, un fenómeno muy avanzado en nuestro territorio”, según Collado.

 

 

Hay un marco normativo que se dedica de lleno a estos temas. En el ámbito nacional, a través de la Ley de Presupuestos Mínimos Ambientales, sancionada en 2002; y en San Luis, una provincia pionera en cuestiones que tienen que ver con la ecología en relación al desarrollo, con las leyes que asegura el derecho al progreso y al medio ambiente, condensadas en el Tratado de Paz que tantas distinciones internacionales consiguió desde su promulgación.

 

Más gente, ¿peores condiciones?

Según la FAO, la organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura, hacia 2050 el crecimiento poblacional del planeta será muy fuerte: habrá unas 3 mil millones de personas más que en el año 2000. Un total de 9.100 millones de bocas para alimentar y para quienes garantizar un medio ambiente al menos "vivible". De vuelta a los desafíos, Collado enumeró como insoslayables los ambientales, los productivos y los sociales. “Hay un triángulo cuyos vértices son la biodiversidad, la desertificación y el cambio climático como explicación de uno y otro”.

Él cree que se puede medir la sustentabilidad, pero hacen falta observatorios territoriales, que hoy no existen. “Hay que revertir tendencias sumamente negativas, como la desertificación y la erosión de suelos, a través del establecimiento de indicadores que pueden ser positivos, negativos o estacionarios. Pero atención, que pueden convivir entre ellos, un ejemplo podría ser la tala en el Amazonas, que tiene un componente positivo (desarrollo económico a través de la explotación de la madera), uno negativo (el daño ambiental en la selva) y uno estacionario (no juega un partido decisivo en lo social)”.

Hay un modelo de relación entre los indicadores que se conoce como PER, debido a lo que representa cada letra: Presión, Estado y Respuesta. “La presión es la que ejerce el hombre sobre el ambiente, por ejemplo en la Cuenca del Morro con el monocultivo y la deforestación del monte natural; el Estado es el que tiene que desarrollar políticas públicas para prevenir o actuar sobre el daño, lo hace con planes como la siembra de alfalfa, obligando a los productores a presentar proyectos de manejo sustentable; y finalmente está la respuesta para revertir la situación, que podría ser bajar el déficit hídrico con forestación”, enumeró el técnico del INTA San Luis, quien está convencido que las consecuencias del desastre ambiental hay que rastrearlas en la variabilidad climática y la inadecuada gestión ambiental.

 

De la cuenca hasta el Atuel

Luego se metió de lleno en los casos que había enumerado previamente: la Cuenca del Morro, el mal manejo de los campos en Batavia y el diferendo por el río Atuel. “En la Cuenca del Morro están analizadas las lluvias en un período extenso, que va de 1903 a 2018, y el resultado es una tendencia creciente. No es mala en sí misma, al contrario, la precipitación siempre es bienvenida, el problema es que el humano presiona sobre el ambiente para producir cada vez más y no respeta los tiempos y el desarrollo de la naturaleza, que no hace nada porque sí”, describió Collado.

El perfil del suelo también jugó su partido: “Pasa la maquinaria agrícola y compacta, lo que inicia un proceso de degradación”, aseguró, para luego continuar con la erosión hídrica que se ve hoy en día. “Produjo cárcavas, un colapso de los túneles y el flujo de lodos para concluir en un desastre ecológico sin precedentes”.

En Batavia el problema es otro. “Hay históricamente una variabilidad en el régimen de lluvias que es común a todo el sur de San Luis. Se puede pasar de años llovedores como el 2014, que promedió 1.200 milímetros; a otros como el siguiente, con 250 milímetros. Esto, asociado al régimen de tenencia de tierras, es una receta para el fracaso ambiental. Los campos se alquilan a quienes solo quieren un rédito económico, los dueños se despreocupan y no piensan en el futuro, cuando vuelvan a hacerse cargo de la tierra tras la concesión y entonces la capacidad de uso es cada vez menor.

En años de buenas precipitaciones puede llegar a ser buena, pero en los años secos los suelos marginales terminan ingresando en un proceso de desertificación que termina en un complejo de dunas como las que se ven hoy en día por todo el Departamento Dupuy. Son claramente de origen antrópico, o sea por culpa exclusiva del hombre”.

Sobre el conflicto entre Mendoza y La Pampa por el río Atuel, que tiene 790 kilómetros de extensión, comenzó desde los orígenes del río. “Nació por una ablación de glaciares, el principal fue el glaciar Humo. Esa masa de hielo fue retrocediendo debido a los incendios, que son un factor muy importante que no siempre se tiene en cuenta pero que derrite los glaciares. Basta para muestra lo que sucedió con el embalse El Nihuil, que claramente desde 1984 hasta 2019 fue perdiendo agua”, reveló.

“Se derrite el hielo, disminuye la reflexión de la luz de la Tierra y eso provoca más calentamiento global”, explicó el técnico sobre este fenómeno nocivo que afronta la zona, y enseguida aprovechó para dejar algunas cifras que asustan: “De acuerdo a una proyección de la NASA al año 2100, el África oriental tendrá un ciento por ciento más de lluvias para entonces, mientras que la costa del Mediterráneo recibirá un 40% menos”.

 

 

Volviendo al caso del Atuel, Collado no es adepto a los fallos de escritorio, como el que publicó la Corte Suprema intentando superar el diferendo. Cree más en la investigación y los trabajos de campo. “La hizo fácil, determinó que Mendoza libere cinco metros cúbicos de agua por segundo hacia La Pampa, pero resulta que no los tiene, es un fallo inaplicable, que no atiende cuestiones ambientales o directamente desconoce la realidad”.

 

Una cuestión de sintonía

En la continuidad de la charla, se metió de lleno en las cuestiones tecnológicas, diferenciando lo que es una sintonía fina (por ejemplo un greenseeker, que es un sensor de cultivos de mano que sirve para medir niveles de nitrógeno u otros minerales del suelo); de una gruesa, compuesta por los sensores remotos o satélites. “La primera mide lo mismo que la segunda, pero a 50 centímetros del suelo”, aseveró, para pedir que siempre es mejor “actuar localmente, pero pensando globalmente, que es lo mismo que darle valor global a nuestro dato local, para enriquecernos todos”.

Este concepto lo definió en un concepto que puede parecer un juego de palabras, pero va mucho más allá: “No hay globalidad que valga si no hay localidad que sirva, que no es una frase mía sino del escritor mexicano Carlos Fuentes. Debemos ir de la sintonía fina a la gruesa. Así se llega al desarrollo, valga como ejemplo el caso de los nano satélites. Hay 160 que están actualmente orbitando la Tierra. Pasa que hace 10 años pesaban una tonelada cada uno y ahora hay algunos de 100 gramos, que se conocen como femto satélites”.

El ingeniero agrónomo aseguró que el mundo va hacia una agricultura climática inteligente promovida por la propia FAO. “Las bases son aumentar la productividad y los ingresos, crear resiliencia y reducir la emisión de gases de efecto invernadero”, especificó. “La sintonía fina en este caso está en una agricultura de conservación, ecológica, con una gestión sustentable que nos deposite en una economía ecológica con agricultura incorporada, para finalmente llegar al término inicial, la agricultura climática inteligente, que es la sintonía gruesa”.

En cuanto al término resiliencia, lo diferenció de la resistencia. Puso el caso de la araña: “La resistencia es cómo aguanta la telaraña a las inclemencias. En cambio la resiliencia va más allá, es la capacidad que tiene la araña para tejer una nueva telaraña”.

Al igual que escuchamos en las charlas técnicas sobre ganadería sustentable que ofreció el IPCVA en Luján, también Collado habló de land sharing y land sparing en la producción agrícola. “El sharing incluye la biodiversidad, es integrador, el sparing promueve el ahorro de tierras, como pasa en Mendoza, donde producen en los oasis y recuperan las tierras dañadas”, explicó.

 

Producción y conservación

Yendo al fondo de la cuestión y apelando a definiciones más teóricas, land sparing se refiere a la idea de que la intensificación de la agricultura para incrementar la productividad por área, resulta en la liberación de tierras para la conservación de la biodiversidad a nivel del paisaje, de ahí la idea de "separación" entre producción y conservación. En tanto que land sharing se refiere a la idea de que la agricultura alternativa, diversa y agroecológica puede mantener la biodiversidad a nivel del paisaje, por eso es conocida como de "integración" entre producción y conservación.

Sobre la agricultura del futuro, se preguntó cómo se habrá de alimentar a una población creciente como la que se espera para el 2050. Y la respuesta es, “con cosechas abonadas con inteligencia artificial y tecnologías disruptivas que rompan con el orden anterior y redefinan el funcionamiento”. Esas tecnologías disruptivas incluyen la agricultura de precisión (también la vertical, molecular y celular), la detección de malezas por georreferenciación, el internet de las cosas, la robótica, el Big data, los vehículos no tripulados (drones), avances que permitan un geoseguimiento de los rodeos y la fotosíntesis artificial.

Collado puso como ejemplo el enorme trabajo que lleva adelante el Embrapa brasileño, que ya identificó 4.000 enfermedades en los cultivos a nivel planetario y no se quedó allí: “Dan la fórmula para curarlas a través de un código QR, que está abierto a todo el mundo”.

Otros adelantos que ya circulan y no están tan lejos del alcance de los productores son la ganadería de precisión, con sus cercos virtuales y la contabilización de cabezas por geoseguimiento con drones; y el bombardeo de semillas con cápsulas biodegradables para utilizar en el África subsahariana.

“Se puede actuar en un radio de 7.600 kilómetros, por 20 de ancho, desde Senegal a Djibouti, a través de 11 países”, reveló el científico del INTA, un apasionado de las nuevas tecnologías cuya lucha es por el bienestar en el futuro cercano, cuando el crecimiento poblacional plantee nuevos desafíos y no todos estén en condiciones de afrontarlos.
 

 

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