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El tapabocas, ese símbolo nipón

No concebimos salir a la calle sin llevarlo puesto: el tapabocas se transformó en un elemento imprescindible para luchar contra el coronavirus. Occidente recién se está acostumbrando a esta protección, pero en varios países de Oriente el hábito estaba mucho más extendido, incluso antes de la pandemia. Y los japoneses han sido los precursores. Para ellos este simple pedazo de tela que oculta la boca y la nariz sintetiza previsión, apego por la higiene y, no por último menos importante, una fuerte confianza en la ciencia.

 

La costumbre de usar mascarillas en Japón tiene raíces profundas. Las crónicas del siglo XVII refieren que en ese país ya se empleaban protectores faciales con la idea que estos constituían una barrera para el mal aliento. Su adopción también era favorecida por concepciones más generales: desde siempre la medicina tradicional asiática asocia una buena respiración con la salud y el bienestar. Utilizar barbijos aunaba cortesía con salubridad.

 

El hábito luego encontró respaldo en la ciencia. La modernización japonesa, un proceso iniciado durante el periodo Meiji en el siglo XIX, convirtió a la isla en una potencia de primer orden, en pie de igualdad con las europeas. Uno de los pilares de este cambio fue la implementación de la tecnología occidental en la economía y el sector militar. Fue una transformación radical dirigida desde "arriba", por decisión del emperador y la nobleza, pero aceptada por los de “abajo”. El enorme salto logrado no dejaba dudas entre la población sobre la validez del método científico. La medicina, con sus cuidados profilácticos ante los gérmenes, no era la excepción.

 

El barbijo social tuvo su primera prueba, o la primera confirmación de su utilidad, durante la gripe española que azotó al planeta entre 1918 y 1920. Si bien la enfermedad en el archipiélago causó casi 400 mil muertos, una política sanitaria consistente permitió que su incidencia no fuera mayor. El estado aplicó una estrategia parecida a la de otras naciones, que recurrió a la vacunación, el aislamiento y el empleo masivo del tapabocas. Pero los nipones, al contrario de lo que ocurrió en el resto del mundo, nunca perdieron esta última costumbre.

 

Otro hecho que confirmó la eficacia de las mascarillas como una barrera contra los microorganismos fue el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS por sus siglas en inglés), un brote registrado entre el 2002 y el 2003 y que fue una tormenta premonitoria del coronavirus. En Japón solo se detectaron dos contagios por esta dolencia, y no falleció ninguna persona. En el resto de la región la enfermedad tuvo una prevalencia más amplia: solo en China se registraron más de 5 mil infectados y casi 350 muertes.

 

Los especialistas coinciden que el uso tan naturalizado del tapabocas es uno de los factores que explican por qué el país del sol naciente es la potencia industrial que mejor ha logrado contener la expansión de COVID-19. Sus tasas de contagio y letalidad son sensiblemente menores a la de las otras naciones del G7, es decir las mayores economías del planeta.

 

El tapabocas, ese símbolo japonés que el mundo parece haber adoptado para siempre.

 

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