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Una ratita de la ópera de París

La bailarina triunfó en escenarios de todo el mundo, pero no se olvida de sus raíces argentinas.

Por Astrid Moreno García
| 01 de marzo de 2021

Celia Millán pasó de bailar en el living de su casa con las zapatillas de punta aterciopeladas rojas que usaba su mamá a subirse al escenario como integrante del Ballet de Burdeos, en Francia, con los trajes que usan las “petit rat du jeu parisien” —en castellano, las “ratitas de la ópera de París”—.

 

La bailarina, quien dio sus primeros pasos en puntas de pie en los estudios de danza de La Plata, hoy vive en Alemania junto con su pareja y sus dos hijos. Para la argentina allí es donde se encuentra “la vanguardia de la danza” que intenta trasladar a sus alumnos de la academia Ballet LAB, que fundó en su ciudad natal.

 

Celia no solo es bailarina, sino que también es coreógrafa y estuvo a cargo de obras Magdeburgo, en Alemania. Mientras que en Argentina hizo coreografías para el Ballet Concierto, manejado por el bailarín Iñaki Urlezaga, y para el Ballet Nacional con la obra “Gette y paroissien”.

 

—¿Cuándo descubriste que querías ser bailarina?
—Creo que nací con eso porque no tengo recuerdo del momento preciso. Desde muy chiquita, a los 3 años, ya andaba con unas zapatillas de punta que encontré en la casa de mis abuelos que eran de mi madre. Son rojas de cuero y todavía las sigo teniendo. Mi madre no llegó a bailar clásico, ella es de Bolívar e iba a danza, pero solo había española, folclore y quizá un poquito de clásico. Pero eso me inspiró; yo quería hacer todo lo que ella hacía. Finalmente, a los cinco años empecé a tomar clases de ballet, pero ya sabía todo, desde chica en todas las fotos estiraba los pies y hacía poses de bailarina, creo que es algo que viene conmigo de otra vida quizá.

 

—¿Siempre quisiste hacer danza clásica o preferías otros géneros?
—Desde el principio estudié clásico, aunque también hacía danza española, porque era lo que hacía mi mamá. Pero siempre fui más inclinada por la clásica, nunca me interesaron otras danzas más que como complemento.

 

—¿Cómo surgió tu partida a Europa?
—Cuando tenía 19 años me anoté en un concurso en Argentina que organizó la embajada de Francia y la asociación “Estela Erman”. El premio era una beca en el Ballet de Burdeos de Francia para ser practicante en la compañía de teatro. Concursé y gané. Me vine a Europa que era algo que había soñado desde chica cuando estudiaba en la escuela de danzas de La Plata y después en el Teatro Colón, donde seguí mis estudios. Allá tratan como si fueses un “petit rat du jeu parisien”, es decir, “las ratitas de la ópera de París” que son las alumnas. Finalmente logré ser una de ellas.

 

—¿Qué siguió después de Francia?
—Me vine a Alemania porque si bien me encanta la danza clásica, me interesaba también conseguir un coreógrafo y hacer algo que sea neoclásico. Acá está la vanguardia de la danza. Después estuve en Praga, en Moscú y en Cuba, donde es la cuna de la danza, entre otros escenarios del mundo.

 

—¿En qué momento pusiste tu propia escuela?
—Volví a Argentina en el 2010, cuando nació mi primer hijo, y comencé a bailar en el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín. En ese momento empecé a pensar en el futuro y en cómo volcar lo que había hecho toda mi vida. En paralelo me pedían dar clases o estudiar conmigo, busqué opciones y me decidí a abrir una escuela ballet en La Plata que ahora se llama Ballet LAB.

 

—¿Cómo fue ser bailarina durante la pandemia?
—Creo que es difícil para todo el mundo, necesitamos un espacio y un entrenamiento diario que si no lo tenés, el cuerpo después te pasa factura, pero no es imposible. Pudimos seguir entrenando y progresando con optimismo, alegría y pasión. Esto es algo que sin pasión no se puede hacer, sea donde sea, con pandemia o sin ella. Entreno todos los días, cuando estábamos todavía en Argentina mis chicos no tenían colegio y yo igual me buscaba un momento del día para mí. Desde que estoy en Alemania mis niños van a la escuela porque acá la cuarentena es mucho menos estricta, entonces aprovecho para entrenar y después empiezo el día.

 

—¿Qué desafíos te planteó la virtualidad?
—Tuve que aprender cómo se hace un streaming y cómo se dan clases por Zoom. Fue cuestión de adaptarse para poder seguir enseñando. Es agotador emocionalmente tener que motivar al alumnado, pero a la vez seguir corrigiéndolos, buscar el punto medio es muy difícil y sé que a todos los maestros les pasa lo mismo. Yo lo sigo haciendo porque es la única manera de estar cerca y de ayudarlos. Además, veo resultados en los estudiantes que pudieron seguir conectándose con su cuerpo, llevaron mejor la pandemia y el encierro que aquellos que no se engancharon o no tuvieron la posibilidad. La psicología y la estabilidad emocional del bailarín dependen mucho de lo físico.

 

—¿Qué es Ballet sin fronteras?
—Nació hace tres años, lo hicimos a beneficio del Hospital de Niños de la ciudad de La Plata y además por la necesidad de generar espacios para bailarines y que el público tenga más opciones teatrales. Ahora con la cuarentena decidimos hacerlo igual de manera virtual por streaming y eso nos permitió convocar a bailarines de todo el mundo. Por ejemplo, pudimos tener a María Celeste Lozza desde Milán, quien bailó en vivo y había público de Argentina, Alemania, Estados Unidos y Brasil, entre otros países. Fue súper positivo y vino a cumplir una función motivadora.

 

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