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El futuro complejo del Paraná

Por redacción
| 22 de julio de 2021

Lo que parecía una bajante más del gran río del litoral argentino se convirtió en algo histórico: el Paraná alcanzó en 2021 sus más bajos niveles de agua del último medio siglo y el futuro es incierto.

 

Para algunos científicos, esta puede ser la “nueva normalidad” del Paraná, cuyos períodos de caudales mínimos pueden ser cada vez más extremos como consecuencia de la crisis climática y los profundos cambios en el uso del suelo en la zona alta y media de su cuenca, lo que ayuda a acentuar la variabilidad de los patrones de lluvias y temperaturas en toda la región.

 

El río Paraná, nacido en Brasil y criado en tierras paraguayas y argentinas, recorre casi 5.000 kilómetros hasta su desembocadura en el Río de la Plata, con un caudal promedio histórico de unos 16.000 metros cúbicos por segundo.

 

Un gigante fluvial noqueado desde hace dos años por una bajante extrema pocas veces vista (tanto por lo prolongada como por lo pronunciada), que secó lagunas y riachos y dejó al descubierto buena parte de su valle y planicie de inundación. "Bajante" es como se denomina en Argentina y otros países al descenso del nivel de las aguas.

 

Según un informe reciente de la Universidad Nacional de Rosario, el delta medio del río tenía a mediados de 2021 una cobertura de agua de apenas 6%, contra 40% en tiempos “normales”.

 

Tan marcada es la bajante que, en mayo de 2021, el gigante marrón solo transportaba unos 7.000 metros cúbicos de agua por segundo, el caudal medio mensual de menor afluencia de los últimos 50 años y apenas 51% de su promedio histórico para ese mes.

 

Según el reporte hidrológico de junio de la represa Yacyretá, resultó ser el segundo valor de caudal medio mensual más bajo de los últimos 120 años, luego del registrado en mayo de 1914.

 

Como trasfondo, aparece el cambio del uso del suelo como explicación principal para entender al menos en parte las razones por las que el río muestra un comportamiento pocas veces visto o registrado.

 

Lo que antes era selva, monte, pantano o pastizal fue reconvertido en las dos últimas décadas en tierras aptas para el desarrollo agropecuario, de la mano de un proceso de deforestación intensificado que cambió, tal vez para siempre, la morfología del territorio.

 

Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, Brasil ha perdido hasta 8% (30 millones de hectáreas) de sus bosques y selvas de la Amazonia y del Pantanal en el primer tramo del siglo XXI.

 

Paraguay muestra cifras drásticas: según el Global Forest Watch, perdió seis millones de hectáreas en los últimos 20 años.

 

En un lapso similar, Argentina perdió el doble: unos 14 millones de hectáreas con epicentro en cuatro provincias (Salta, Formosa, Santiago del Estero y Chaco). El territorio primigenio del Paraná ya no es, ni será, lo que era, un escenario que abre interrogantes sobre la capacidad de recuperación y resiliencia del gran río.

 

“Lo que vemos con estas proyecciones es que la cuenca va hacia un clima más cálido, vemos que se incrementará la temperatura a medida que el siglo avance y que también habrá modificaciones en las precipitaciones”, señalan los científicos.

 

Esta proyección cambia cuando lo que se evalúa no es el caudal medio, sino los mínimos y los máximos. Algo clave a la hora de hablar del Paraná, un largo camino fluvial de aguas marrones cuyo ADN está marcado por los pulsos de crecientes y bajantes.

 

Es en ese margen de movimiento de las aguas que los efectos del cambio climático se sentirán, haciendo del Paraná un río de extremos.

 

El futuro del Paraná será complejo. La ciencia lo advierte.

 

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