SAN LUIS - Domingo 19 de Mayo de 2024

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Desaparecidos y secretos familiares

Desde mi mirada como consteladora familiar, y siguiendo el gran trabajo del maestro y creador, Bert Hellinger, todos los secretos familiares dan como resultado la aparición de patologías mentales severas, y lo mismo aplica en el sentido colectivo, social.

 

Los traumas colectivos son espejos sistémicos de lo micro, o sea, de lo familiar, de aquello que es íntimo, pero cuando sale a la luz a través de un suceso colectivo, pasa a ser “de todos”. Lo familiar deja su huella en lo social y viceversa.

 

Aún nos cuesta hablar de los desaparecidos y de la última dictadura militar; incluso algunos sectores lo ponen en duda. Siempre habrá, en un sistema grande, quienes necesiten guardar y sostener los secretos. Lo mismo ocurre en las familias. Se dividen los lugares entre quienes necesitan sacar a la luz para sanar y los otros que deciden guardar los secretos debajo de la alfombra con la esperanza de sostener lugares de poder. A esta dinámica la llamamos “víctimas y perpetradores”.

 

Los excluidos en una familia pueden estar muertos, vivir en un país lejano o estar dentro de la misma casa. El entretejido familiar es tan complejo que podría dar muchos ejemplos, todos diferentes. Un familiar con psicosis es un excluido, aunque viva en la casa con su familia. Ha quedado excluido de la salud mental, del acceso al padre y al mundo, de una vida llena de riesgos y experiencias. Este padecimiento guarda el gran secreto familiar, que lleva un asesinato oculto, una víctima y un perpetrador que no ha asumido su crimen. La persona enferma carga con el dolor de la víctima y la energía asesina del perpetrador, por eso se “vuelve loco”, se escinde, se vuelve a sí mismo, no puede contar su secreto. En general, las mujeres, principalmente las madres, se hacen cargo de que este secreto no salga a la luz, perpetuando la enfermedad mental en la familia.

 

En nuestra sociedad, los excluidos siguen siendo aquellos desaparecidos que no se nombran, no se cuentan, no se extrañan, no tienen lugar. Los hijos e hijas de estos desaparecidos que viven sin conocer su secreto y el asesinato de sus padres biológicos. Quienes quedaron mudos ante el dolor y la muerte. Una parte de la sociedad prefiere negar esta realidad porque asumirla implica, en lo íntimo, asumir los personajes familiares que espejan a estos perpetradores. Todo aquel que niega esta realidad tiene en su sistema familiar la carga de un asesinato. Luego, quienes miran para otro lado, porque el dolor les exigiría una denuncia. En los sistemas familiares también observamos quienes miran, pero no ven, porque el temor a desarmar un sistema de pertenencia los aterroriza. Y, por último, las víctimas, y aquellos que se identifican y son leales al dolor, y vuelven a ofrecerse como sacrificio ante los escenarios actuales; femicidios, violaciones, adicciones o simplemente quedar fuera del sistema.

 

La cuestión social es la cuestión familiar. ¿Qué lugar ocupa cada uno de nosotros frente a esta realidad? ¿Nos posicionamos ciegamente con algunos de los actores de esta escena dolorosa o podemos observar activamente la comunidad generando nuevas formas de pensar, de vivir, de ser en el mundo? En dónde somos aún perpetradores, en qué lugar nos excluimos hasta desaparecer y nuestros hijos e hijas ¿qué recrean?

 

El amor y su expresión es la opción para fundir las dos vertientes, las víctimas, los asesinos, los hechos.

 

Por la memoria de los 30 mil desaparecidos y sus hijos e hijas. Por la memoria del genocidio en la Argentina y todos sus participantes.

 

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