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Miguel Ángel Sosa, "El Ardilla Voladora"

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Miguel Ángel Sosa, "El Ardilla Voladora"

Johnny Díaz

Fue uno de los mejores atletas de San Luis. Su especialidad fueron las pruebas de 10 mil metros. En 1972 corrió la San Silvestre, en Brasil, semi descalzo. Fue el mejor argentino. Hoy, a los 70 años, vive con su esposa en San Francisco. Le encanta la vida de campo, donde pasa buena parte de sus días.

Fue uno de los mejores atleta de tierras sanluiseñas. Se encumbró en su terruño natal y se consolidó en Cuyo corriendo grandes premios de 10 mil metros que le permitieron sumar logros frente a Mario Cutropia y Osvaldo Suárez, dos íconos del atletismo internacional.

La historia dice que Miguel Ángel Sosa, “El Ardilla”, como se lo conoce, nació en los alrededores de San Francisco del Monte de Oro, en río Juan Gómez, un lugar espectacular, donde le cielo parece reposar sobre las montañas.

Allí donde el canto de los pájaros se hace incontrolable y el silencio es amo y señor. Entre hermosas quebradas, la mansedumbre del río y la faena del gaucho puntano se crió “El Ardilla” o “El Lecherito” como también lo llaman en su pueblo natal.

Hijo de “Michina” Cuello y de Antonio Sosa vivió bajo el amparo de la Virgen de La Librada, en su paraje natal, donde dio rienda suelta a sus ganas de correr casi instintivamente y a pedido de sus amigos que veían en él cualidades atléticas, pese a que nunca en su vida había corrido una carrera. Salvo cuando en medio de sus tareas rurales salía a correr a los animales para ingresarlos al corral o pialaba un orejano.

El trinar de los pájaros inunda el hogar de los Sosa donde reposan cuadros, trofeos y fotos familiares. Ese canto se mezclan con el griterío de sus nietos y las charlas de sus hijos y nueras, sonidos que llenan sus tardes sanfrancisqueñas.

“Tendría unos 16 o 17 años cuando un club de San Francisco organizó un maratón y mis amigos quisieron que corriera. Tenía ganas, pero había que pagar la inscripción. No estaba bien preparado pero corrí los cinco kilómetros a ‘cara de perro’ y gané. Fue debut y triunfo”, dice humildemente Miguel Ángel.

“Ese triunfo me sirvió para que don Toribio Mendoza se fijara en mí, al tiempo vino a hablar con mis padres para que me radicara en San Luis. Y así fue. Estuve varios años bajo su tutela. Corrí grandes carreras, me formó como atleta y me llevó a varios cuyanos con mucha suerte. Al año, me mandó a La Plata donde vivía uno de sus hijos para que me entrenara y me aclimatara. Se venía el campeonato Argentino en River Plate y él quería que yo fuera de la partida", relata "El Ardilla".

Sosa recuerda que San Luis estaba representado por dos selecciones: la de la capital y la de Villa Mercedes, donde estaba Silvestre Milone entre los más destacados.  Él los esperaba en Buenos Aires.

"Corrí el Argentino en 10 mil metros. Era la primera vez que corría ahí, estaba con los mejores de la época. Suárez y Cutropia, recuerdo que fue muy buena carrera, yo corría de zapatillas comunes y ellos con zapatillas especiales, de las que tienen clavos, eso era una ventaja enorme. Pero yo me la jugué y largamos 12 atletas. Salí segundo detrás de Osvaldo Suárez y adelante de Mario Cutropia, al resto le sacamos dos vueltas, entre ellos Domingo Lamaison, otro excelente corredor que conoció más de 25 países desparramando talento”, recuerda Sosa.

Dice que Toribio Mendoza -de quien tiene un gran recuerdo- le manejaba sus participaciones. Para "El Ardilla" el atletismo era lo más importante, sólo entrenaba y estaba a la espera de que le marcaran una fecha para correr. Pero necesitaba estabilizarse y mejorar su calidad de vida. “Finalmente  el intendente de mi pueblo, Orlando Lucero, me hizo ingresar a la Policía de la provincia y Adolfo Rodríguez Saa, me dio un permiso especial para que fuera a correr donde tuviera una carrera. Eso me dio una tranquilidad enorme. Fue un gran apoyo”, cuenta orgulloso.

Sus éxitos ganaron espacios en su vitrina y su nombre comenzó a ser más respetado que nunca.

En una oportunidad viajó a correr a General Pico, La Pampa, hasta donde llegaron más de 500 atletas de todo el país. “A mí me llevaron al mejor hotel y me dieron la mejor comida. Era una prueba similar a las de campo traviesa. La gané muy bien y la gente de sal Dos Anclas de La Pampa y Casa Ñaro, de Mendoza, me querían contratar pero yo ya había ingresado a la Policía y me pareció que si me iba, hubiese quedado muy mal. Tenía 20 años”, recuerda.

A los 21 años, Miguel Ángel se casó con Lucía Leyes y viajó a correr para el club Resistencia y Velocidad, de Buenos Aires, donde estuvo dos años. Cuando ganó la Maratón de Avellaneda, Osvaldo Suárez, que había salido segundo, le ofreció correr para otra institución, pero "El Ardilla" no aceptó. En esa prueba compitió, entre otros, Domingo Lamaison.

Un párrafo imperdible en la charla fue la anécdota de una de las pruebas atléticas más prestigiosas del mundo. El sanfrancisqueño Sosa estuvo allí, en Brasil, para competir en la tradicional San Silvestre en 1972. Pero la corrió de una manera poco ortodoxa. Unos cuentan que la hizo descalzo y otros que equivocó el camino. Miguel Ángel cuenta la verdad de aquella performance: “Había llegado a la Federación de San Luis una invitación para correr en Santiago del Estero una competencia organizada por la Federación Atlética de Buenos Aires. Era una ‘parada’ difícil pero el ganador obtenía el derecho de correr la mejor prueba atlética de Sudamérica, la San Silvestre. Era  con todos los gastos pagos durante 15 días, además de los premios.

“En San Francisco contaba con el apoyo del jefe de Policía, Juan Yololaberry, y del intendente Ricardo Martín”, evoca. "El Ardilla" se preparó con todo. Nunca había tenido semejante oportunidad y era un buen momento para terminar de consolidarse como atleta nacional y estar entre los mejores del país al lado de Carrizo, Lamaison, Suárez o Cutropia. “Fue una prueba difícil, complicada. Era de 10 mil metros y medio y la gané con un tiempo de 30 minutos 30 segundos. Y si usted saca cuentas hice un promedio de 29 segundos por cada un kilometro. Estaba muy bien entrenado y podía viajar a Brasil con tranquilidad. Así comenzó la historia”, rememora.

“Viajé con Domingo Lamaison, que era el favorito de la Argentina, y teníamos un plan de carrera hecho por la federación. En Brasil entrenamos varios días previo a la competencia. Después de los preparativos se largó la carrera. Había más de 3 mil atletas de todo el mundo y tuve la suerte de estar entre los 24 mejores. Fui el mejor argentino clasificado, Lamaison entró en el puesto 270", recuerda.

"La anécdota es que a poco de largar, se me rompió una zapatilla. Me las habían regalado. Y tenía dos caminos. Abandonaba o corría descalzo. ¿Usted qué piensa que hice?", pregunta.

“Si no hubiera sido por ese percance, seguro clasificaba mejor. Pero son cosas que pasan y no hay vuelta atrás”, señala con un gesto de resignación y orgulloso de lo conseguido.

Miguel Ángel Sosa, “El Ardilla” o “El Lecherito” hoy vive con su esposa en una casa llena de felicidad, amor, recuerdos y anécdotas. No quiere dejar pasar por alto dos carreras que marcaron claramente hasta donde llega su pasión por el atletismo. Una vez tenía que correr en San Juan una prueba de 12 mil metros (su especialidad), pero no le entregaban los pasajes y la fecha se acercaba inexorable. Pero Sosa no se la perdió y viajó parado. De a ratos se sentaba en el piso, al llegar a San Juan no tuvo tiempo ni de elongar. De todos modos corrió y ganó en medio de 150 atletas, nadie lo podía creer.

En otra oportunidad fue hasta Córdoba y llegó con el tiempo muy justo. Largó sin camiseta (era una carrera que organizó Canal 12 de Córdoba) y que también la ganó pero fue descalificado porque no tenía puesta la casaca y el número identificatorio. Una vez más había llegado tarde por culpa de los pasajes y de la desorganización.

Recuerdos de un ex atleta que fue un torbellino en las pruebas de los 10 mil metros. Campeón cuyano en 5 y 10 mil metros en varias oportunidades y que fiel a su modo de vida, volvió a su querido San Francisco, su pueblo del que nunca se había terminado de ir.

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Miguel Ángel Sosa, "El Ardilla Voladora"

Fue uno de los mejores atletas de San Luis. Su especialidad fueron las pruebas de 10 mil metros. En 1972 corrió la San Silvestre, en Brasil, semi descalzo. Fue el mejor argentino. Hoy, a los 70 años, vive con su esposa en San Francisco. Le encanta la vida de campo, donde pasa buena parte de sus días.

MIguel Ángel Sosa. " Siempre me dijeron 'Ardilla' o 'Lecherito'. Yo hacía de todo, hasta vendía leña en carro y no me arrepiento de nada.  Mi vida fue muy dura".

Fue uno de los mejores atleta de tierras sanluiseñas. Se encumbró en su terruño natal y se consolidó en Cuyo corriendo grandes premios de 10 mil metros que le permitieron sumar logros frente a Mario Cutropia y Osvaldo Suárez, dos íconos del atletismo internacional.

La historia dice que Miguel Ángel Sosa, “El Ardilla”, como se lo conoce, nació en los alrededores de San Francisco del Monte de Oro, en río Juan Gómez, un lugar espectacular, donde le cielo parece reposar sobre las montañas.

Allí donde el canto de los pájaros se hace incontrolable y el silencio es amo y señor. Entre hermosas quebradas, la mansedumbre del río y la faena del gaucho puntano se crió “El Ardilla” o “El Lecherito” como también lo llaman en su pueblo natal.

Hijo de “Michina” Cuello y de Antonio Sosa vivió bajo el amparo de la Virgen de La Librada, en su paraje natal, donde dio rienda suelta a sus ganas de correr casi instintivamente y a pedido de sus amigos que veían en él cualidades atléticas, pese a que nunca en su vida había corrido una carrera. Salvo cuando en medio de sus tareas rurales salía a correr a los animales para ingresarlos al corral o pialaba un orejano.

El trinar de los pájaros inunda el hogar de los Sosa donde reposan cuadros, trofeos y fotos familiares. Ese canto se mezclan con el griterío de sus nietos y las charlas de sus hijos y nueras, sonidos que llenan sus tardes sanfrancisqueñas.

“Tendría unos 16 o 17 años cuando un club de San Francisco organizó un maratón y mis amigos quisieron que corriera. Tenía ganas, pero había que pagar la inscripción. No estaba bien preparado pero corrí los cinco kilómetros a ‘cara de perro’ y gané. Fue debut y triunfo”, dice humildemente Miguel Ángel.

“Ese triunfo me sirvió para que don Toribio Mendoza se fijara en mí, al tiempo vino a hablar con mis padres para que me radicara en San Luis. Y así fue. Estuve varios años bajo su tutela. Corrí grandes carreras, me formó como atleta y me llevó a varios cuyanos con mucha suerte. Al año, me mandó a La Plata donde vivía uno de sus hijos para que me entrenara y me aclimatara. Se venía el campeonato Argentino en River Plate y él quería que yo fuera de la partida", relata "El Ardilla".

Sosa recuerda que San Luis estaba representado por dos selecciones: la de la capital y la de Villa Mercedes, donde estaba Silvestre Milone entre los más destacados.  Él los esperaba en Buenos Aires.

"Corrí el Argentino en 10 mil metros. Era la primera vez que corría ahí, estaba con los mejores de la época. Suárez y Cutropia, recuerdo que fue muy buena carrera, yo corría de zapatillas comunes y ellos con zapatillas especiales, de las que tienen clavos, eso era una ventaja enorme. Pero yo me la jugué y largamos 12 atletas. Salí segundo detrás de Osvaldo Suárez y adelante de Mario Cutropia, al resto le sacamos dos vueltas, entre ellos Domingo Lamaison, otro excelente corredor que conoció más de 25 países desparramando talento”, recuerda Sosa.

Dice que Toribio Mendoza -de quien tiene un gran recuerdo- le manejaba sus participaciones. Para "El Ardilla" el atletismo era lo más importante, sólo entrenaba y estaba a la espera de que le marcaran una fecha para correr. Pero necesitaba estabilizarse y mejorar su calidad de vida. “Finalmente  el intendente de mi pueblo, Orlando Lucero, me hizo ingresar a la Policía de la provincia y Adolfo Rodríguez Saa, me dio un permiso especial para que fuera a correr donde tuviera una carrera. Eso me dio una tranquilidad enorme. Fue un gran apoyo”, cuenta orgulloso.

Sus éxitos ganaron espacios en su vitrina y su nombre comenzó a ser más respetado que nunca.

En una oportunidad viajó a correr a General Pico, La Pampa, hasta donde llegaron más de 500 atletas de todo el país. “A mí me llevaron al mejor hotel y me dieron la mejor comida. Era una prueba similar a las de campo traviesa. La gané muy bien y la gente de sal Dos Anclas de La Pampa y Casa Ñaro, de Mendoza, me querían contratar pero yo ya había ingresado a la Policía y me pareció que si me iba, hubiese quedado muy mal. Tenía 20 años”, recuerda.

A los 21 años, Miguel Ángel se casó con Lucía Leyes y viajó a correr para el club Resistencia y Velocidad, de Buenos Aires, donde estuvo dos años. Cuando ganó la Maratón de Avellaneda, Osvaldo Suárez, que había salido segundo, le ofreció correr para otra institución, pero "El Ardilla" no aceptó. En esa prueba compitió, entre otros, Domingo Lamaison.

Un párrafo imperdible en la charla fue la anécdota de una de las pruebas atléticas más prestigiosas del mundo. El sanfrancisqueño Sosa estuvo allí, en Brasil, para competir en la tradicional San Silvestre en 1972. Pero la corrió de una manera poco ortodoxa. Unos cuentan que la hizo descalzo y otros que equivocó el camino. Miguel Ángel cuenta la verdad de aquella performance: “Había llegado a la Federación de San Luis una invitación para correr en Santiago del Estero una competencia organizada por la Federación Atlética de Buenos Aires. Era una ‘parada’ difícil pero el ganador obtenía el derecho de correr la mejor prueba atlética de Sudamérica, la San Silvestre. Era  con todos los gastos pagos durante 15 días, además de los premios.

“En San Francisco contaba con el apoyo del jefe de Policía, Juan Yololaberry, y del intendente Ricardo Martín”, evoca. "El Ardilla" se preparó con todo. Nunca había tenido semejante oportunidad y era un buen momento para terminar de consolidarse como atleta nacional y estar entre los mejores del país al lado de Carrizo, Lamaison, Suárez o Cutropia. “Fue una prueba difícil, complicada. Era de 10 mil metros y medio y la gané con un tiempo de 30 minutos 30 segundos. Y si usted saca cuentas hice un promedio de 29 segundos por cada un kilometro. Estaba muy bien entrenado y podía viajar a Brasil con tranquilidad. Así comenzó la historia”, rememora.

“Viajé con Domingo Lamaison, que era el favorito de la Argentina, y teníamos un plan de carrera hecho por la federación. En Brasil entrenamos varios días previo a la competencia. Después de los preparativos se largó la carrera. Había más de 3 mil atletas de todo el mundo y tuve la suerte de estar entre los 24 mejores. Fui el mejor argentino clasificado, Lamaison entró en el puesto 270", recuerda.

"La anécdota es que a poco de largar, se me rompió una zapatilla. Me las habían regalado. Y tenía dos caminos. Abandonaba o corría descalzo. ¿Usted qué piensa que hice?", pregunta.

“Si no hubiera sido por ese percance, seguro clasificaba mejor. Pero son cosas que pasan y no hay vuelta atrás”, señala con un gesto de resignación y orgulloso de lo conseguido.

Miguel Ángel Sosa, “El Ardilla” o “El Lecherito” hoy vive con su esposa en una casa llena de felicidad, amor, recuerdos y anécdotas. No quiere dejar pasar por alto dos carreras que marcaron claramente hasta donde llega su pasión por el atletismo. Una vez tenía que correr en San Juan una prueba de 12 mil metros (su especialidad), pero no le entregaban los pasajes y la fecha se acercaba inexorable. Pero Sosa no se la perdió y viajó parado. De a ratos se sentaba en el piso, al llegar a San Juan no tuvo tiempo ni de elongar. De todos modos corrió y ganó en medio de 150 atletas, nadie lo podía creer.

En otra oportunidad fue hasta Córdoba y llegó con el tiempo muy justo. Largó sin camiseta (era una carrera que organizó Canal 12 de Córdoba) y que también la ganó pero fue descalificado porque no tenía puesta la casaca y el número identificatorio. Una vez más había llegado tarde por culpa de los pasajes y de la desorganización.

Recuerdos de un ex atleta que fue un torbellino en las pruebas de los 10 mil metros. Campeón cuyano en 5 y 10 mil metros en varias oportunidades y que fiel a su modo de vida, volvió a su querido San Francisco, su pueblo del que nunca se había terminado de ir.

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