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Dejaron disponible a un policía acusado de maltratar a su ex

Por redacción
| 15 de junio de 2014
Punto final. Stela tomó coraje cuando su hijo cumplió 18 años.

Lo eligió, en su momento, como su compañero de vida porque lo vio buena persona. Durante el primer año de noviazgo Miguel Vallejos pudo mantener esa imagen ante Stela, ese perfil que tan a tono iba con su uniforme de policía. Pero, para la mujer no hay dudas de que los 18 años que devinieron, bajo el mismo techo, terminaron de desnudar la verdadera personalidad de su pareja: la de un hombre que se alteraba de la nada, que le marcó el cuerpo a fuerza de trompadas y hasta se animó a blandirle un revólver a la madre de sus cinco hijos, bajo la amenaza de callarla para siempre. Por todo eso, el jefe de la Unidad Regional II, Sergio Bertoli, ordenó que el suboficial sea apartado de la fuerza de seguridad hasta que su situación legal se defina.

 

El jefe de la Unidad Regional II, Sergio Bertoli, ordenó que el suboficial sea apartado de la fuerza de seguridad hasta que su situación legal se defina.


El subjefe de la Unidad Regional II, comisario mayor Gustavo Ortiz, le confirmó a El Diario que Bertoli adoptó esa disposición.

 


El subjefe de la regional dijo que la decisión fue tomada tras la repercusión que tuvo la denuncia que la ex del hombre de 43 años había asentado en el Juzgado de Familia y Menores Nº 2 de Villa Mercedes.

 


Vallejos trabajaba en la Seccional 9ª, vigilaba el policlínico “Juan Domingo Perón” y hacía adicionales en una estación de servicio.

 


Stela Ávila dice que después de todos esos oscuros años de insultos y golpes, su casa del barrio Libertad mutó, es otra, porque hay paz. Eso se nota en su despreocupado tono de hablar. “Ahora mis hijos y yo estamos tranquilos, sobre todo ellos. Podemos sentarnos a la mesa y comer sin pasar mala sangre con peleas”, rescata.

 


La mujer lo conoció a sus 21 años, en medio de un trámite. En esa época, Miguel era un agente de la fuerza que vivía solo en su casi flamante domicilio del barrio Libertad. Ella, en cambio, residía junto a su madre, en el San José. “Nos pusimos de novios ahí nomás y al poquito tiempo empezamos a convivir”, relata.

 


El uniformado comenzó a demostrar que su paciencia hila finito en el momento que su señora más lo necesitaba: cuando esperaba su primer hijo. “Durante mi embarazo nos peleamos. Fui y volví de la casa muchas veces. Tenía que hacerlo, porque no tenía dónde ir”, reconoce con pena.

 


Dice que, al principio, no le dio mucha importancia al maltrato. Pero con el tiempo las espontáneas peleas se convirtieron en violencia sin sentido. “Empezó con agresión verbal. Después vinieron las cachetadas, las escupidas en la cara, las piñas en la espalda, en el pecho, en los brazos”, detalla. “No sé por qué lo hacía, de la nada se sacaba, cualquier cosa le molestaba y comenzaba a discutir”, agrega.

 


“Yo no quería denunciarlo. No quería perjudicarlo en su trabajo, por eso me callé todo ese tiempo”, devela. Pero una vez tuvo que dar su brazo a torcer. “Fue hace casi diez años. Lo denuncié porque me pegó en la cabeza y me dijo que me iba a matar”, cuenta. La declaración quedó asentada en la Seccional 10ª.

 


La mujer dice que bajo ese clima de tensión y miedo permanente dio a luz a sus otros cuatro hijos. Los chicos ahora tienen 18, 15, 11, 8 y 3 años. “Una vez dos de ellos, el más grande y otro del medio, porque los otros dormían, vieron cuando su papá me agarró a trompadas en la cama”, recuerda. Sucedió hace cuatro años, en Juan Jorba, en los ocho meses que Vallejos cumplió servicio en esa localidad.

 


“Una vez, cuando volvimos de Jorba, me fui de la casa y él me acusó en la Policía de que yo le había robado la ropa y el arma reglamentaria. Me buscaron y me encontraron en un negocio. Cinco efectivos se bajaron de la patrulla, entre ellos estaba mi ex, y me llevaron a la comisaría. Después de tres o cuatro horas, en las que me trataron mal delante de mis chicos y se dieron cuenta que yo no tenía nada que ver con lo que decía el otro, me dejaron ir”, narra.

 


Pero el suboficial no hacía diferencia. El mismo desprecio que le inspiraba su señora parecía nacerle por sus nenes. Stela se toma casi un minuto, busca que su entereza no deje escapar esas inaplazables lágrimas, para responder a la pregunta: “¿Cómo era Vallejos con sus hijos?”. “Siempre fue un padre redescariñado, reausente. Ellos no saben lo que es un beso, un ‘te quiero’ del papá. Jamás los aconsejó. Una vuelta amenazó con echar a la calle a uno si no mejoraba en la escuela. Me he sentido sola criándolos”, cuenta como puede.

 


Fue ese gesto con su hijo mayor y con ella misma el que impulsó a la madre a ponerle, de una vez por todas, un punto final a la relación. “Fue cuando cumplió los dieciocho. Nos habíamos juntado acá (su domicilio) a festejárselo con sus amigos. Cuando vio que sacaron su auto de la cochera, porque querían usar el garaje para bailar un rato, Miguel se sacó. Comenzó a gritarme que me iba a pegar. Los chicos que estaban todavía en el comedor salieron corriendo para otro lado”, relata. “Ahí dije: no vuelvo más acá”, recapitula.

 


Al poco tiempo de denunciarlo en tribunales, la madre logró que el juez la restituyera a su hogar y ordenara que su ex se mantuviera a no menos de 200 metros de ella.

 


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