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Los que permiten narrar la historia

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Los que permiten narrar la historia

Un acontecimiento histórico es aquello que por su trascendencia, merece ser nombrado por la historia. En tal sentido, es un hecho cuyos efectos modifican el sentido de lo social, lo político, lo cultural y lógicamente: lo histórico.

Es un quiebre, un límite que divide el antes y el después. La magnitud del acontecimiento histórico puede evaluarse a partir de la persistencia en la memoria de las sociedades. Diecisiete años puede ser mucho tiempo; o apenas el inicio de la historia. Diecisiete años después de los atentados que derribaron las Torres Gemelas de Nueva York, los restos humanos de más de 1.100 víctimas aún aguardan identificación.

Pero en un laboratorio de Manhattan, un equipo prosigue incansablemente la tarea, con la ayuda de los últimos avances tecnológicos. El protocolo se repite decenas de veces: un fragmento de hueso hallado en el lugar de los ataques del 11 de setiembre de 2001 es cortado, reducido a polvo y luego mezclado con dos productos químicos que permiten exponer el ADN y luego extraerlo.

O al menos esta es la teoría, pero en la práctica el éxito no está garantizado. El hueso es el elemento biológico más difícil de trabajar para recuperar el ADN.

A esta complejidad natural se agregan las condiciones a las cuales fue expuesto el fragmento el 11 de setiembre de 2001 y los días siguientes. El fuego, la humedad, las bacterias, la luz del sol, el combustible de los aviones que se estrellaron contra las torres del World Trade Center, todo eso destruye el ADN.

Los cerca de 22.000 fragmentos humanos hallados en el sitio desde los atentados fueron analizados, algunos de ellos entre 10 y 15 veces. Pero unos mil resisten aún la identificación. Hasta ahora, 1.642 de las 2.753 personas muertas en los ataques de Nueva York fueron formalmente identificadas, y 1.111 permanecen desaparecidas.

A veces el laboratorio pasa años sin lograr identificar un fragmento. Pero los investigadores forenses no se rinden. “Nuestro compromiso es el mismo hoy que en 2001”, aseguran. No quieren hablar de la inversión que requiere el programa, pero es el laboratorio con los mejores recursos y presupuesto de Estados Unidos.

En julio pasado, cerca de un año después de la última identificación, el laboratorio logró agregar un nombre a la lista: Scott Michael Johnson, un analista financiero de 26 años que trabajaba en el piso 89 de la torre sur.

El laboratorio solo consagra una parte de su tiempo a la identificación de restos humanos del 11/9 y estudia otros casos de desapariciones, pero el tema ocupa un lugar muy importante. Las familias de los desaparecidos los visitan cada tanto. Emocionados y agradecidos.

El rol de los familiares es esencial en el plano técnico, porque la identificación solo es posible a través de la comparación con una muestra de ADN suministrada por las familias.

El Instituto Forense posee unas 17.000 muestras, pero ninguna para 100 víctimas que posiblemente nunca podrán ser identificadas.

Un procedimiento muy preciso fue ideado para permitir a los familiares decidir si serán informados de la identificación de su ser querido desaparecido, y de qué manera.

En 2001, el jefe del Instituto Forense, Charles Hirsch, comprendió que el tiempo sería un aliado de la identificación, y ordenó la conservación de todos los despojos humanos. Equipos del mundo entero, de Argentina a Sudáfrica, llegan hoy a Nueva York para aprender del equipo, que comparte su conocimiento sin reservas.

Hirsch quizás no quede en la memoria de muchas personas. Pero diecisiete años atrás identificó de inmediato, que estaba ante un hecho sobresaliente, ante un acontecimiento histórico, e hizo lo correcto para que esa historia pudiera ser narrada de la mejor manera posible.

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Los que permiten narrar la historia

Un acontecimiento histórico es aquello que por su trascendencia, merece ser nombrado por la historia. En tal sentido, es un hecho cuyos efectos modifican el sentido de lo social, lo político, lo cultural y lógicamente: lo histórico.

Es un quiebre, un límite que divide el antes y el después. La magnitud del acontecimiento histórico puede evaluarse a partir de la persistencia en la memoria de las sociedades. Diecisiete años puede ser mucho tiempo; o apenas el inicio de la historia. Diecisiete años después de los atentados que derribaron las Torres Gemelas de Nueva York, los restos humanos de más de 1.100 víctimas aún aguardan identificación.

Pero en un laboratorio de Manhattan, un equipo prosigue incansablemente la tarea, con la ayuda de los últimos avances tecnológicos. El protocolo se repite decenas de veces: un fragmento de hueso hallado en el lugar de los ataques del 11 de setiembre de 2001 es cortado, reducido a polvo y luego mezclado con dos productos químicos que permiten exponer el ADN y luego extraerlo.

O al menos esta es la teoría, pero en la práctica el éxito no está garantizado. El hueso es el elemento biológico más difícil de trabajar para recuperar el ADN.

A esta complejidad natural se agregan las condiciones a las cuales fue expuesto el fragmento el 11 de setiembre de 2001 y los días siguientes. El fuego, la humedad, las bacterias, la luz del sol, el combustible de los aviones que se estrellaron contra las torres del World Trade Center, todo eso destruye el ADN.

Los cerca de 22.000 fragmentos humanos hallados en el sitio desde los atentados fueron analizados, algunos de ellos entre 10 y 15 veces. Pero unos mil resisten aún la identificación. Hasta ahora, 1.642 de las 2.753 personas muertas en los ataques de Nueva York fueron formalmente identificadas, y 1.111 permanecen desaparecidas.

A veces el laboratorio pasa años sin lograr identificar un fragmento. Pero los investigadores forenses no se rinden. “Nuestro compromiso es el mismo hoy que en 2001”, aseguran. No quieren hablar de la inversión que requiere el programa, pero es el laboratorio con los mejores recursos y presupuesto de Estados Unidos.

En julio pasado, cerca de un año después de la última identificación, el laboratorio logró agregar un nombre a la lista: Scott Michael Johnson, un analista financiero de 26 años que trabajaba en el piso 89 de la torre sur.

El laboratorio solo consagra una parte de su tiempo a la identificación de restos humanos del 11/9 y estudia otros casos de desapariciones, pero el tema ocupa un lugar muy importante. Las familias de los desaparecidos los visitan cada tanto. Emocionados y agradecidos.

El rol de los familiares es esencial en el plano técnico, porque la identificación solo es posible a través de la comparación con una muestra de ADN suministrada por las familias.

El Instituto Forense posee unas 17.000 muestras, pero ninguna para 100 víctimas que posiblemente nunca podrán ser identificadas.

Un procedimiento muy preciso fue ideado para permitir a los familiares decidir si serán informados de la identificación de su ser querido desaparecido, y de qué manera.

En 2001, el jefe del Instituto Forense, Charles Hirsch, comprendió que el tiempo sería un aliado de la identificación, y ordenó la conservación de todos los despojos humanos. Equipos del mundo entero, de Argentina a Sudáfrica, llegan hoy a Nueva York para aprender del equipo, que comparte su conocimiento sin reservas.

Hirsch quizás no quede en la memoria de muchas personas. Pero diecisiete años atrás identificó de inmediato, que estaba ante un hecho sobresaliente, ante un acontecimiento histórico, e hizo lo correcto para que esa historia pudiera ser narrada de la mejor manera posible.

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