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El bienestar equino como estilo de vida

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El bienestar equino como estilo de vida

Juan Luna

Pablo Romero y Ana Kobrak escribieron su historia alrededor de los caballos y ahora crearon un espacio para fomentar el trato responsable.

Hay muy pocos recuerdos en la vida de Pablo Romero y Ana Kobrak en los que no haya caballos como protagonistas. Los equinos ocuparon un rol fundamental en la biografía que cada uno escribió por separado, y fueron los grandes responsables del inicio del romance que entablaron hace dieciséis años. Tal vez sea por eso que el matrimonio entre un uruguayo y una bonaerense hizo del buen trato animal un estandarte que levantaron durante toda una carrera y que ahora los llevó a crear un centro ecuestre en su campo de Villa Mercedes.

Ya se cumplieron seis años desde que la pareja decidió desacelerar ese ritmo que los hizo recorrer toda Europa con el cuidado y la doma de ejemplares para polo. Fue en 2013 el punto de inflexión, cuando armaron las valijas y dejaron España en busca de una estabilidad para sus dos hijos, que en ese momento todavía eran pequeños, y empezaron su propio emprendimiento a unos seis kilómetros de la zona más urbana de la localidad sanluiseña.

Desde entonces llevan adelante una pequeña empresa que ofrece el servicio de amansar yeguarizos para diferentes fines y usos, desde aquellos que se montan para hacer cabalgatas, hasta los que se llevan a trabajar en estancias o los que se convierten en deportistas en distintas disciplinas hípicas.

En busca de ampliar sus horizontes y de desparramar en la región los conocimientos que han absorbido en diferentes haras y caballerizas del mundo, acaban de darle vida a su nuevo proyecto. Con el nombre de “San Nicolás”, dictarán talleres sobre cuidados básicos y buen manejo de los caballos, convocarán a clínicas sobre temas específicos con especialistas de diferentes partes del país, organizarán paseos y cabalgatas a campo traviesa y ofrecerán entrenamientos de liderazgo y otras cualidades para empresas o personas particulares.

Pablo, una vida al galope

“Todo lo que he hecho en mi vida fue gracias al caballo, desde que tengo uso de razón”, dice sin vacilar Romero, con una voz grave que todavía tiene en la tonada rastros inconfundibles de su origen. El hombre de 42 años nació en Montevideo, pero se crió en el departamento de Lavalleja, al sur del país que está del otro lado Río de la Plata.

Con una familia de tradición rural, de chico entabló con los caballos una afinidad o simbiosis especial, incluso cuando sus padres no se dedicaban tanto a ellos. Cuando todavía no había cumplido la mayoría de edad, Pablo cruzó a la orilla Argentina con esas ansias juveniles de viajar y conocer el mundo que había más allá de la frontera. Inició así un derrotero que arrancó en el hipódromo de Palermo, en Buenos Aires, después lo llevó a un haras en Olavarría, luego a un centro de transferencia embrionaria en Trenque Lauquen y, poco tiempo después, a cuidar equinos de polo en el renombrado y prestigioso club “La Ellerstina”, de la familia Pieres.

Fue sobre todo en esa institución en donde aprendió las mejores técnicas y vio las más avanzadas tecnologías aplicadas para el bienestar de los animales, bajo el mando del jugador y empresario Gonzalo Pieres. “Si hay alguien que la tiene clara con los caballos, son los polistas de alto handicap. Como gozan de un buen poder adquisitivo y siempre están buscando el mejor rendimiento, no tienen problemas en invertir en médicos veterinarios de diferentes especialidades. Al club iba a hacer endoscopías y ecografías un hombre especializado en ballenas, por ejemplo”, contó.

Tan bien están protegidos y preservados en ese lugar, que hasta las caballerizas tienen aspersores que cada cincuenta segundos arrojan un insecticida para ahuyentar las moscas  y dejar que los equinos descansen tranquilos. Y hasta supieron hacerles nebulizaciones para mejorarles la respiración antes de jugar un partido.

De manera que la fuerza bruta, los gritos o los golpes son acciones prohibidas en los corrales y establos. Por el contrario, las caricias y el diálogo son recursos importantísimos para sacar el mejor rendimiento de cada ejemplar. Para Romero, hay tres razones fundamentales por las que hay que desterrar la violencia en el entrenamiento animal: “Primero, el caballo es tu medio de vida. Segundo, vale muchísima plata porque hoy no es sólo una herramienta de trabajo, sino un deportista en sí mismo. No podés estropear un caballo por bruto, incluso en las instalaciones se trata de minimizar el riesgo de que se vaya a lastimar. Y tercero, porque tampoco es tan fácil encontrar buenos ejemplares, porque cada vez los usan menos en los campos”, argumentó convencido.

Las variadas tareas que desempeñó en el mundillo del polo, al domador uruguayo también le posibilitaron recorrer y residir en diferentes ciudades europeas de países como España, Francia, Inglaterra, Italia o Suiza, siguiendo a sus diferentes patrones en diversas aventuras deportivas para jugar en la arena o en la nieve, por ejemplo.

En el año 2002, en uno de esos tantos viajes, cuando fueron a disputar un torneo en el municipio español de Sotogrande, conoció a una muchacha rubia que lo deslumbró, la otra protagonista de esta historia llena de galopes.

Ana, de la ciencia al establo

El apellido la delata. Kobrak es hija de un alemán. Pero su origen y su destino son en realidad mucho más mestizos. "Mi papá vino escapando de la guerra, porque su propio padre era judío y su mamá una aristócrata, una combinación muy extraña", cuenta entre risas.

Como buen teutón, el hombre era exigente y estricto. Pero encontró en Castelar, provincia de Buenos Aires, un club de cabalgata que fue un oasis donde relajarse y soltar la rigidez laboral con la que cargaba. Su familia lo siguió, con una Ana de apenas tres años, que desde ya a esa edad generó su propio vínculo con estos animales. "Ahí empezó un poco la historia, porque era un club donde no ibas solo a subirte al caballo. Tenías que cuidarlo, ensillarlo, hacías de todo", recordó.

Sin embargo, con el tiempo su elección profesional cambió totalmente de vereda. Estudió biología molecular en la universidad y se recibió.

Formó parte durante siete años del INTA en el área de biología molecular, y completó todas las etapas posibles de becas de investigación que ofrece el Conicet. Claro, sin abandonar nunca su pasión por las montas. Pero cuando ya estaba en plena escritura de su tesis doctoral, la mujer bajó los brazos ante la burocracia que supone abrirse un camino en la ciencia.

Casi por azar, una veterinaria amiga la invitó a reemplazarla durante dos meses como instructora de equitación en Barcelona. Ana emprendió la aventura sin saber que cambiaría completamente su futuro. Cumplió su suplencia y se quedó en España unos meses más para probar suerte con el cuidado de caballos en un torneo de polo en Sotogrande, donde se cruzó con un uruguayo del que ya no se separaría.

"No fue amor a primera vista. Al contrario, lo primero que hicimos fue pelear", reveló ella, muy divertida con el recuerdo. Pero lo cierto es que el sentimiento nació y después de algunas idas y vueltas, arrancaron un camino juntos en Europa, siempre de la mano del bienestar equino.

Anidar en San Luis

Después de casi una década como trotamundos, Pablo y Ana llegaron a San Luis en 2011, convocados para dar una mano en la organización del Mundial de Polo de bajo handicap que se llevó a cabo en Estancia Grande. Ese regreso a la Argentina coincidió con el deseo de la pareja de anidar en un solo lugar y darles un hogar permanente a sus hijos. Por eso, tras el paso del campeonato buscaron un campo para poder empezar su propio centro de doma y herraje. Y llegaron a Villa Mercedes, "un lugar que está mejor ubicado estratégicamente para la actividad y que tiene un suelo más apto para los equinos", definió la mujer.

Lograron establecerse recién en 2013 en sus nuevas tierras y empezaron a recibir caballos de entre dos y cuatro años para domarlos. "Vos me traés uno sin tocar, y yo en el plazo de ocho meses a un año te lo entrego listo para andar", aseguró. Actualmente tiene unos dieciséis en pleno proceso, una cantidad con la que se puede manejar bien, sin inconvenientes. Algunos son peruanos de paso, otros criollos para trabajo, otros puros de carrera, algunos de salto, y por supuesto de polo. "Si le entra el bozal, yo lo domo", dijo confiado.

En su campo, Romero aplica las técnicas y aprendizajes que recogió durante más de dos décadas. Por eso, tiene corrales preparados con alambre recubierto con caucho para reducir al mínimo las posibilidades de que los caballos puedan lastimarse. También se encarga de curarlos, de mantenerlos, de hacerles el herraje y el desvasado.

La doma es una tarea que requiere paciencia y estar emocionalmente muy estable. Es un trabajo diario, en el que hay dedicarle tiempo a cada caballo por separado, acercarse de a poco, lograr ganarse su confianza y darles caricias y felicitaciones cada vez que logra alguna nueva habilidad. "Es una cuestión de mucha constancia. El caballo no es malo porque sí, es malo porque se está defendiendo. Vos le tenés que transmitir que no tiene nada de qué defenderse", explicó.

Por eso no usa fusta ni se vale de golpes para hacerse entender. "Tampoco hay que dejarlo que haga lo que quiera, porque él va probando hasta donde puede llegar, busca el límite", aclaró.

Sus clientes están repartidos por Villa Mercedes, San Luis, Mendoza, Mar del Plata y Río Cuarto, y es una referencia a la hora de hacer un herraje a un equino.

Van por más

"Pablo viene de una generación que ya no existe más, es como el eslabón perdido entre lo viejo y lo nuevo. Tiene las dos cosas, lo de antes y lo de ahora, y con una formación que ya no se ve en ningún campo, que es estar todo el tiempo con el caballo.  Hay un montón de cosas que él sabe y que mucha gente no y no tiene de dónde aprender", cuenta Ana, con indisimulable orgullo.

Son los conocimientos de su marido y los propios los que quiere aprovechar para crear un espacio de formación. "Hoy hay mucho acceso a la información, pero hay cuidados básicos que la gente no conoce", justificó.

El sábado próximo dictarán el primer taller teórico práctico, que titularon "Descubriendo el mundo del caballo", que contará también con la exposición del veterinario Javier Bossa, en el que hablarán sobre sanidad, vacunas, parásitos, contacto con el animal, forma de montarlos y más. Estará orientado a personas que ya cuentan con equinos y para aquellos que tienen deseos de adquirirlos. "Queremos mostrarles que tener uno no es carísimo ni nada de otro mundo, requiere de ciertos conocimientos mínimos, nada más", explica Romero con simpleza.

La intención de la familia es continuar con otros cursos y clínicas con diferentes temáticas que surjan del interés de los alumnos, e incluso poder convocar a especialistas de otros lugares del mundo a través de las amistades que han cosechado en su carrera.

Pero pretenden que sea mucho más que un espacio de capacitaciones, quieren hacer de su campo un centro ecuestre integral, donde las personas o turistas puedan alquilar o llevar un caballo para hacer paseos, saltos, circuitos, o entrenar. Y no descartan en el futuro, alojar las mascotas de personas que no tienen lugar suficiente para hacerlo en sus hogares.

Las ideas son muchas y ya empiezan a ponerlas en marcha para darle vida a otro emprendimiento más ligado a las cabalgatas, los galopes y los relinchos, al igual que lo han hecho durante toda su vida.

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El bienestar equino como estilo de vida

Pablo Romero y Ana Kobrak escribieron su historia alrededor de los caballos y ahora crearon un espacio para fomentar el trato responsable.

Encantador de equinos. Romero en plena doma en un corral. Le enseña al caballo a galopar en círculos y a girar para ambos lados.

Hay muy pocos recuerdos en la vida de Pablo Romero y Ana Kobrak en los que no haya caballos como protagonistas. Los equinos ocuparon un rol fundamental en la biografía que cada uno escribió por separado, y fueron los grandes responsables del inicio del romance que entablaron hace dieciséis años. Tal vez sea por eso que el matrimonio entre un uruguayo y una bonaerense hizo del buen trato animal un estandarte que levantaron durante toda una carrera y que ahora los llevó a crear un centro ecuestre en su campo de Villa Mercedes.

Ya se cumplieron seis años desde que la pareja decidió desacelerar ese ritmo que los hizo recorrer toda Europa con el cuidado y la doma de ejemplares para polo. Fue en 2013 el punto de inflexión, cuando armaron las valijas y dejaron España en busca de una estabilidad para sus dos hijos, que en ese momento todavía eran pequeños, y empezaron su propio emprendimiento a unos seis kilómetros de la zona más urbana de la localidad sanluiseña.

Desde entonces llevan adelante una pequeña empresa que ofrece el servicio de amansar yeguarizos para diferentes fines y usos, desde aquellos que se montan para hacer cabalgatas, hasta los que se llevan a trabajar en estancias o los que se convierten en deportistas en distintas disciplinas hípicas.

En busca de ampliar sus horizontes y de desparramar en la región los conocimientos que han absorbido en diferentes haras y caballerizas del mundo, acaban de darle vida a su nuevo proyecto. Con el nombre de “San Nicolás”, dictarán talleres sobre cuidados básicos y buen manejo de los caballos, convocarán a clínicas sobre temas específicos con especialistas de diferentes partes del país, organizarán paseos y cabalgatas a campo traviesa y ofrecerán entrenamientos de liderazgo y otras cualidades para empresas o personas particulares.

Pablo, una vida al galope

“Todo lo que he hecho en mi vida fue gracias al caballo, desde que tengo uso de razón”, dice sin vacilar Romero, con una voz grave que todavía tiene en la tonada rastros inconfundibles de su origen. El hombre de 42 años nació en Montevideo, pero se crió en el departamento de Lavalleja, al sur del país que está del otro lado Río de la Plata.

Con una familia de tradición rural, de chico entabló con los caballos una afinidad o simbiosis especial, incluso cuando sus padres no se dedicaban tanto a ellos. Cuando todavía no había cumplido la mayoría de edad, Pablo cruzó a la orilla Argentina con esas ansias juveniles de viajar y conocer el mundo que había más allá de la frontera. Inició así un derrotero que arrancó en el hipódromo de Palermo, en Buenos Aires, después lo llevó a un haras en Olavarría, luego a un centro de transferencia embrionaria en Trenque Lauquen y, poco tiempo después, a cuidar equinos de polo en el renombrado y prestigioso club “La Ellerstina”, de la familia Pieres.

Fue sobre todo en esa institución en donde aprendió las mejores técnicas y vio las más avanzadas tecnologías aplicadas para el bienestar de los animales, bajo el mando del jugador y empresario Gonzalo Pieres. “Si hay alguien que la tiene clara con los caballos, son los polistas de alto handicap. Como gozan de un buen poder adquisitivo y siempre están buscando el mejor rendimiento, no tienen problemas en invertir en médicos veterinarios de diferentes especialidades. Al club iba a hacer endoscopías y ecografías un hombre especializado en ballenas, por ejemplo”, contó.

Tan bien están protegidos y preservados en ese lugar, que hasta las caballerizas tienen aspersores que cada cincuenta segundos arrojan un insecticida para ahuyentar las moscas  y dejar que los equinos descansen tranquilos. Y hasta supieron hacerles nebulizaciones para mejorarles la respiración antes de jugar un partido.

De manera que la fuerza bruta, los gritos o los golpes son acciones prohibidas en los corrales y establos. Por el contrario, las caricias y el diálogo son recursos importantísimos para sacar el mejor rendimiento de cada ejemplar. Para Romero, hay tres razones fundamentales por las que hay que desterrar la violencia en el entrenamiento animal: “Primero, el caballo es tu medio de vida. Segundo, vale muchísima plata porque hoy no es sólo una herramienta de trabajo, sino un deportista en sí mismo. No podés estropear un caballo por bruto, incluso en las instalaciones se trata de minimizar el riesgo de que se vaya a lastimar. Y tercero, porque tampoco es tan fácil encontrar buenos ejemplares, porque cada vez los usan menos en los campos”, argumentó convencido.

Las variadas tareas que desempeñó en el mundillo del polo, al domador uruguayo también le posibilitaron recorrer y residir en diferentes ciudades europeas de países como España, Francia, Inglaterra, Italia o Suiza, siguiendo a sus diferentes patrones en diversas aventuras deportivas para jugar en la arena o en la nieve, por ejemplo.

En el año 2002, en uno de esos tantos viajes, cuando fueron a disputar un torneo en el municipio español de Sotogrande, conoció a una muchacha rubia que lo deslumbró, la otra protagonista de esta historia llena de galopes.

Ana, de la ciencia al establo

El apellido la delata. Kobrak es hija de un alemán. Pero su origen y su destino son en realidad mucho más mestizos. "Mi papá vino escapando de la guerra, porque su propio padre era judío y su mamá una aristócrata, una combinación muy extraña", cuenta entre risas.

Como buen teutón, el hombre era exigente y estricto. Pero encontró en Castelar, provincia de Buenos Aires, un club de cabalgata que fue un oasis donde relajarse y soltar la rigidez laboral con la que cargaba. Su familia lo siguió, con una Ana de apenas tres años, que desde ya a esa edad generó su propio vínculo con estos animales. "Ahí empezó un poco la historia, porque era un club donde no ibas solo a subirte al caballo. Tenías que cuidarlo, ensillarlo, hacías de todo", recordó.

Sin embargo, con el tiempo su elección profesional cambió totalmente de vereda. Estudió biología molecular en la universidad y se recibió.

Formó parte durante siete años del INTA en el área de biología molecular, y completó todas las etapas posibles de becas de investigación que ofrece el Conicet. Claro, sin abandonar nunca su pasión por las montas. Pero cuando ya estaba en plena escritura de su tesis doctoral, la mujer bajó los brazos ante la burocracia que supone abrirse un camino en la ciencia.

Casi por azar, una veterinaria amiga la invitó a reemplazarla durante dos meses como instructora de equitación en Barcelona. Ana emprendió la aventura sin saber que cambiaría completamente su futuro. Cumplió su suplencia y se quedó en España unos meses más para probar suerte con el cuidado de caballos en un torneo de polo en Sotogrande, donde se cruzó con un uruguayo del que ya no se separaría.

"No fue amor a primera vista. Al contrario, lo primero que hicimos fue pelear", reveló ella, muy divertida con el recuerdo. Pero lo cierto es que el sentimiento nació y después de algunas idas y vueltas, arrancaron un camino juntos en Europa, siempre de la mano del bienestar equino.

Anidar en San Luis

Después de casi una década como trotamundos, Pablo y Ana llegaron a San Luis en 2011, convocados para dar una mano en la organización del Mundial de Polo de bajo handicap que se llevó a cabo en Estancia Grande. Ese regreso a la Argentina coincidió con el deseo de la pareja de anidar en un solo lugar y darles un hogar permanente a sus hijos. Por eso, tras el paso del campeonato buscaron un campo para poder empezar su propio centro de doma y herraje. Y llegaron a Villa Mercedes, "un lugar que está mejor ubicado estratégicamente para la actividad y que tiene un suelo más apto para los equinos", definió la mujer.

Lograron establecerse recién en 2013 en sus nuevas tierras y empezaron a recibir caballos de entre dos y cuatro años para domarlos. "Vos me traés uno sin tocar, y yo en el plazo de ocho meses a un año te lo entrego listo para andar", aseguró. Actualmente tiene unos dieciséis en pleno proceso, una cantidad con la que se puede manejar bien, sin inconvenientes. Algunos son peruanos de paso, otros criollos para trabajo, otros puros de carrera, algunos de salto, y por supuesto de polo. "Si le entra el bozal, yo lo domo", dijo confiado.

En su campo, Romero aplica las técnicas y aprendizajes que recogió durante más de dos décadas. Por eso, tiene corrales preparados con alambre recubierto con caucho para reducir al mínimo las posibilidades de que los caballos puedan lastimarse. También se encarga de curarlos, de mantenerlos, de hacerles el herraje y el desvasado.

La doma es una tarea que requiere paciencia y estar emocionalmente muy estable. Es un trabajo diario, en el que hay dedicarle tiempo a cada caballo por separado, acercarse de a poco, lograr ganarse su confianza y darles caricias y felicitaciones cada vez que logra alguna nueva habilidad. "Es una cuestión de mucha constancia. El caballo no es malo porque sí, es malo porque se está defendiendo. Vos le tenés que transmitir que no tiene nada de qué defenderse", explicó.

Por eso no usa fusta ni se vale de golpes para hacerse entender. "Tampoco hay que dejarlo que haga lo que quiera, porque él va probando hasta donde puede llegar, busca el límite", aclaró.

Sus clientes están repartidos por Villa Mercedes, San Luis, Mendoza, Mar del Plata y Río Cuarto, y es una referencia a la hora de hacer un herraje a un equino.

Van por más

"Pablo viene de una generación que ya no existe más, es como el eslabón perdido entre lo viejo y lo nuevo. Tiene las dos cosas, lo de antes y lo de ahora, y con una formación que ya no se ve en ningún campo, que es estar todo el tiempo con el caballo.  Hay un montón de cosas que él sabe y que mucha gente no y no tiene de dónde aprender", cuenta Ana, con indisimulable orgullo.

Son los conocimientos de su marido y los propios los que quiere aprovechar para crear un espacio de formación. "Hoy hay mucho acceso a la información, pero hay cuidados básicos que la gente no conoce", justificó.

El sábado próximo dictarán el primer taller teórico práctico, que titularon "Descubriendo el mundo del caballo", que contará también con la exposición del veterinario Javier Bossa, en el que hablarán sobre sanidad, vacunas, parásitos, contacto con el animal, forma de montarlos y más. Estará orientado a personas que ya cuentan con equinos y para aquellos que tienen deseos de adquirirlos. "Queremos mostrarles que tener uno no es carísimo ni nada de otro mundo, requiere de ciertos conocimientos mínimos, nada más", explica Romero con simpleza.

La intención de la familia es continuar con otros cursos y clínicas con diferentes temáticas que surjan del interés de los alumnos, e incluso poder convocar a especialistas de otros lugares del mundo a través de las amistades que han cosechado en su carrera.

Pero pretenden que sea mucho más que un espacio de capacitaciones, quieren hacer de su campo un centro ecuestre integral, donde las personas o turistas puedan alquilar o llevar un caballo para hacer paseos, saltos, circuitos, o entrenar. Y no descartan en el futuro, alojar las mascotas de personas que no tienen lugar suficiente para hacerlo en sus hogares.

Las ideas son muchas y ya empiezan a ponerlas en marcha para darle vida a otro emprendimiento más ligado a las cabalgatas, los galopes y los relinchos, al igual que lo han hecho durante toda su vida.

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