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La pobreza tiene género

Florencia Espinosa

Los últimos números que dio a conocer el INDEC a través de la Encuesta Permanente de Hogares refleja una realidad que ya conocíamos: entre los desocupados, las más afectadas son las mujeres jóvenes. En las edades comprendidas entre 14 y 29 años, el organismo público de estadística detectó una tasa de desocupación de 23,4% para ellas en el segundo trimestre de 2019; muy por encima del número que afecta a los varones en esa misma franja etaria, que es del 18,6%.

Las dificultades para acceder al campo laboral son un obstáculo con el que se encuentran miles de mujeres argentinas; si a eso le sumamos que quienes pueden conseguir un empleo formal se topan con una brecha salarial promedio del 27%, y que las jornadas terminan siendo doble o triples debido a las tareas no remuneradas que las mujeres ejercen dentro del hogar, el combo es explosivo.

El círculo es infinito y pareciera no tener salida. A una mujer que quiere ingresar al campo laboral, pero no puede por toda la serie de cuidados que la maternidad conlleva y que recaen solo sobre ella, sin políticas públicas y empresariales que le faciliten el acceso al campo productivo, se le hace imposible continuar. A su vez, en un contexto de precarización laboral y crisis, los hijos generan más gastos en el grupo familiar, un gran número llevados adelante por mujeres solas. El empobrecimiento femenino es casi un final anunciado. Muchas de ellas terminan, incluso, dependiendo económicamente de su pareja, algo que se convierte en un agravante a la hora de terminar con vínculos tóxicos donde prima la violencia de género.

El interior del hogar y el trabajo reproductivo, sin reconocimiento ni remuneración, pareciera ser un único destino. No es casualidad que la edad más afectada sea en la que generalmente la mujer tiene hijos. En edades más avanzadas, ya llegando a los 40 años, la tasa de actividad de la mujer repunta. Ya con hijos grandes y sin tantas tareas de cuidados, ellas pueden volver al campo laboral.

Los estereotipos, la división sexual del trabajo, la discriminación y la falta de políticas con perspectiva de género ayudan al panorama que plantean estos números. ¿Qué se necesita para revertirlo? En primer lugar reconocer una situación muy desalentadora para las mujeres y un compromiso político de cambiarlo: licencias compartidas de maternidad y paternidad, cuidados distribuidos, jardines maternales a los que tengan acceso todas las mujeres e iguales oportunidades de trabajo.

 

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La pobreza tiene género

Los últimos números que dio a conocer el INDEC a través de la Encuesta Permanente de Hogares refleja una realidad que ya conocíamos: entre los desocupados, las más afectadas son las mujeres jóvenes. En las edades comprendidas entre 14 y 29 años, el organismo público de estadística detectó una tasa de desocupación de 23,4% para ellas en el segundo trimestre de 2019; muy por encima del número que afecta a los varones en esa misma franja etaria, que es del 18,6%.

Las dificultades para acceder al campo laboral son un obstáculo con el que se encuentran miles de mujeres argentinas; si a eso le sumamos que quienes pueden conseguir un empleo formal se topan con una brecha salarial promedio del 27%, y que las jornadas terminan siendo doble o triples debido a las tareas no remuneradas que las mujeres ejercen dentro del hogar, el combo es explosivo.

El círculo es infinito y pareciera no tener salida. A una mujer que quiere ingresar al campo laboral, pero no puede por toda la serie de cuidados que la maternidad conlleva y que recaen solo sobre ella, sin políticas públicas y empresariales que le faciliten el acceso al campo productivo, se le hace imposible continuar. A su vez, en un contexto de precarización laboral y crisis, los hijos generan más gastos en el grupo familiar, un gran número llevados adelante por mujeres solas. El empobrecimiento femenino es casi un final anunciado. Muchas de ellas terminan, incluso, dependiendo económicamente de su pareja, algo que se convierte en un agravante a la hora de terminar con vínculos tóxicos donde prima la violencia de género.

El interior del hogar y el trabajo reproductivo, sin reconocimiento ni remuneración, pareciera ser un único destino. No es casualidad que la edad más afectada sea en la que generalmente la mujer tiene hijos. En edades más avanzadas, ya llegando a los 40 años, la tasa de actividad de la mujer repunta. Ya con hijos grandes y sin tantas tareas de cuidados, ellas pueden volver al campo laboral.

Los estereotipos, la división sexual del trabajo, la discriminación y la falta de políticas con perspectiva de género ayudan al panorama que plantean estos números. ¿Qué se necesita para revertirlo? En primer lugar reconocer una situación muy desalentadora para las mujeres y un compromiso político de cambiarlo: licencias compartidas de maternidad y paternidad, cuidados distribuidos, jardines maternales a los que tengan acceso todas las mujeres e iguales oportunidades de trabajo.

 

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