Escuchá acá la 90.9
X

Evidencias de la fragilidad

Las evidencias de la fragilidad humana ante el cambio climático continúan acumulándose, pero al menos hay reacciones puntuales, como los 2.650 millones de dólares comprometidos por Canadá para ayudar a los países en desarrollo en sus esfuerzos de mitigación y adaptación de las poblaciones más vulnerables a esa evidencia.

Hay consenso respecto a que el impacto del cambio climático va más allá del ambiente. Tiene un efecto significativo en las economías, el desarrollo social, la paz y la seguridad, y en particular en contextos frágiles, donde multiplica las amenazas a las dificultades de gobierno.

La mayor frecuencia, severidad y magnitud de los eventos climáticos extremos en todo el mundo, uno de los resultados inmediatos y visibles del cambio climático, continuará generando crisis humanitarias. Hasta el punto en que se ha convertido, ya, en objeto de análisis de las más importantes instituciones globales.

El Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) debatió sobre las nuevas amenazas a la paz y a la seguridad, derivadas de los destrozos causados por el cambio climático.

Canadá muestra una posición clara: “Independientemente de que el tema sea la desertificación en partes de África, las migraciones forzadas de comunidades vulnerables en América Central, los conflictos por la escasez de agua o el aumento del nivel del mar y las tormentas tropicales en los pequeños estados insulares, la dimensión de inseguridad instalada por el cambio climático es acuciante y multifacética”.

Los científicos también reconocen que mujeres y niñas sufren de forma desproporcionada los efectos adversos de la variabilidad climática, y subrayan la importancia de intervenir de manera inmediata en esas necesidades, mientras los países se reconstruyen.

El cambio climático supone un serio desafío a la seguridad, que debe atenderse para sostener el desarrollo y los logros en materia de paz. Es necesario un enfoque integral para hacer frente al cambio climático. Es esencial para explicar las consecuencias sociales, económicas, políticas y de seguridad a escala global.

Pero un país por sí mismo solo puede marcar el camino; de allí en más, el consenso multilateral es clave para lograr el desarrollo sostenible, la paz y la seguridad.

En la COP21 (21ª Conferencia de la Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático) de París, la comunidad internacional se reunió para fortalecer la respuesta global al cambio climático, mejorando la capacidad de adaptación y reduciendo la vulnerabilidad a ese fenómeno, así como suministrando recursos económicos para apoyar a los países en desarrollo en su transición hacia un futuro con menos emisiones de carbono y manteniendo el aumento de la temperatura global por debajo de los dos grados centígrados, respecto de la era preindustrial.

Con la adopción del Acuerdo de París en 2018, los países —incluidas las economías fuertes— avanzan hacia esos compromisos. Pero quizás de manera más lenta de lo necesario.

Un tema central es el agua: la abundancia puede generar inundaciones, mientras que la escasez causa sequías que tienen significativas consecuencias políticas, sociales, ambientales y económicas.

Regiones que ya tienen problemas, como la pobreza, tensiones sociales, degradación ambiental y/o instituciones políticas frágiles, son particularmente vulnerables a esos efectos.

La escasez de agua, la mala calidad o las inundaciones pueden llegar a exacerbar cada vez más las tensiones sociales. Eso puede socavar el desarrollo económico en varios países y puede aumentar el riesgo de inestabilidad.

Pero, a pesar de la complejidad de los problemas, el agua también es un recurso para la colaboración. Si bien en los últimos 50 años hubo 40 casos de conflictos muy violentos, también hubo más de 150 tratados sobre agua en el mundo.

Evidencias de la fragilidad humana ante el cambio climático. Evidencias que necesitan respuestas inmediatas.

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
TAGS
COMENTARIOS

Evidencias de la fragilidad

Las evidencias de la fragilidad humana ante el cambio climático continúan acumulándose, pero al menos hay reacciones puntuales, como los 2.650 millones de dólares comprometidos por Canadá para ayudar a los países en desarrollo en sus esfuerzos de mitigación y adaptación de las poblaciones más vulnerables a esa evidencia.

Hay consenso respecto a que el impacto del cambio climático va más allá del ambiente. Tiene un efecto significativo en las economías, el desarrollo social, la paz y la seguridad, y en particular en contextos frágiles, donde multiplica las amenazas a las dificultades de gobierno.

La mayor frecuencia, severidad y magnitud de los eventos climáticos extremos en todo el mundo, uno de los resultados inmediatos y visibles del cambio climático, continuará generando crisis humanitarias. Hasta el punto en que se ha convertido, ya, en objeto de análisis de las más importantes instituciones globales.

El Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) debatió sobre las nuevas amenazas a la paz y a la seguridad, derivadas de los destrozos causados por el cambio climático.

Canadá muestra una posición clara: “Independientemente de que el tema sea la desertificación en partes de África, las migraciones forzadas de comunidades vulnerables en América Central, los conflictos por la escasez de agua o el aumento del nivel del mar y las tormentas tropicales en los pequeños estados insulares, la dimensión de inseguridad instalada por el cambio climático es acuciante y multifacética”.

Los científicos también reconocen que mujeres y niñas sufren de forma desproporcionada los efectos adversos de la variabilidad climática, y subrayan la importancia de intervenir de manera inmediata en esas necesidades, mientras los países se reconstruyen.

El cambio climático supone un serio desafío a la seguridad, que debe atenderse para sostener el desarrollo y los logros en materia de paz. Es necesario un enfoque integral para hacer frente al cambio climático. Es esencial para explicar las consecuencias sociales, económicas, políticas y de seguridad a escala global.

Pero un país por sí mismo solo puede marcar el camino; de allí en más, el consenso multilateral es clave para lograr el desarrollo sostenible, la paz y la seguridad.

En la COP21 (21ª Conferencia de la Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático) de París, la comunidad internacional se reunió para fortalecer la respuesta global al cambio climático, mejorando la capacidad de adaptación y reduciendo la vulnerabilidad a ese fenómeno, así como suministrando recursos económicos para apoyar a los países en desarrollo en su transición hacia un futuro con menos emisiones de carbono y manteniendo el aumento de la temperatura global por debajo de los dos grados centígrados, respecto de la era preindustrial.

Con la adopción del Acuerdo de París en 2018, los países —incluidas las economías fuertes— avanzan hacia esos compromisos. Pero quizás de manera más lenta de lo necesario.

Un tema central es el agua: la abundancia puede generar inundaciones, mientras que la escasez causa sequías que tienen significativas consecuencias políticas, sociales, ambientales y económicas.

Regiones que ya tienen problemas, como la pobreza, tensiones sociales, degradación ambiental y/o instituciones políticas frágiles, son particularmente vulnerables a esos efectos.

La escasez de agua, la mala calidad o las inundaciones pueden llegar a exacerbar cada vez más las tensiones sociales. Eso puede socavar el desarrollo económico en varios países y puede aumentar el riesgo de inestabilidad.

Pero, a pesar de la complejidad de los problemas, el agua también es un recurso para la colaboración. Si bien en los últimos 50 años hubo 40 casos de conflictos muy violentos, también hubo más de 150 tratados sobre agua en el mundo.

Evidencias de la fragilidad humana ante el cambio climático. Evidencias que necesitan respuestas inmediatas.

Logín