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Pan y trabajo: barreras psicológicas y elecciones

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Pan y trabajo: barreras psicológicas y elecciones

 

Hay un nivel de ligereza y de estupidez que hiere, que provoca y que resulta tan irritante como insoportable. Perjudica mucho, sobre todo cuando es emitido a través de los cada vez más masivos medios de comunicación. Este fenómeno se verifica, entre otros tantos espacios, en el periodismo deportivo. Sucede que en ese rubro el efecto es más pasajero y superficial. Decir que la Selección de fútbol es genial y es de las mejores del mundo, y verificar instantáneamente derrota tras derrota, genera cierta bronca que en la mayoría de la audiencia se supera en horas. Ahora, ver ciertos análisis sobre el desempleo y el precio del pan ya adquiere otra relevancia y otra seriedad. Uno de los principales diarios del país se permite titular: “El kilo de pan rompió la 'barrera psicológica' de los 100 pesos en la Ciudad”.  Por supuesto, un coro de repetidores se adhirió fervorosamente al desgraciado recurso periodístico. En una sociedad regada de pobreza, indigencia y hambre, ¿cuál es la barrera psicológica? Resulta muy poco serio. Se está hablando de un alimento básico, de una necesidad elemental insatisfecha. El pan, para los creyentes, es incluso bíblico. No se puede admitir su carencia en ninguna mesa. Causa o debería causar pavura concebirlo. La misma nota en su contenido describe la gravedad de la situación: “Por su parte, Mario Véliz, ex vicepresidente de la Federación Argentina de la Industria del Pan y Afines (FAIPA), explicó que la harina aumentó un 100% este año y que las panaderías subieron el pan entre un 15% y 17%. El empresario aseguró que este incremento se debe a la presión tributaria, que "está matando a las industrias", y al aumento de los servicios”.  ¿Entonces? ¿Cuál es la parte que corresponde a la psicología? Más bien se parece al hambre. 

En los últimos doce meses, la tasa de desocupación subió del 9,1 al 10,1% según los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos del primer trimestre de este año. Esto significa que entre la población urbana hay 1.920.000 desocupados. Si se incluye la población rural, el desempleo golpea a más de 2 millones de personas. La subocupación pasó del 9,8 al 11,8%.  Suman así 2.250.000 personas que trabajan menos de 35 horas semanales, aunque están dispuestas a trabajar más. O sea, 4. 200.000 personas tienen problemas de empleo porque no encuentran trabajo o realizan trabajos de pocas horas. Desde 2006 no se registra una tasa de desempleo de dos dígitos. Entre los jóvenes, la tasa de desocupación aumentó del 20,9 al  23,1% entre mujeres, y subió del 15,3 al 18,5% entre varones en el primer trimestre de 2019. Ahora, más de la mitad de los desocupados (52,7%) son menores de 29 años.  Ningún pronóstico augura mejorías en el presente año. Esta información es concluyente y refleja un panorama laboral desolador, habla de un tejido social seriamente dañado y de muy escasas posibilidades de progreso. La mayoría de los análisis en los medios de comunicación pusieron todo el énfasis en destacar cuánto perjudicaban estos números la chance de reelección del actual Presidente de la República. Como si esto fuera lo importante, lo trascendente, lo que merece la más alta consideración. 

Entre las barreras psicológicas y la alquimia electoral, van los análisis del desempleo y la pobreza. Sería deseable otra seriedad y otra profundidad a la hora de evaluar un panorama tan duro y que castiga con tanta dureza a los más humildes. Que no todo sea imagen, sensación, o conveniencia. Lo cierto es que habrá que buscar con mucha responsabilidad herramientas adecuadas que resuelvan inflación, pobreza, endeudamiento, falta de inversión, exclusión, carencias sociales y tantos otros problemas que los cultores del actual fracaso económico no supieron resolver. No todo puede ser observado desde la conveniencia electoral, no todo puede otorgar rédito en votos.  No se puede hacer o decir cualquier cosa para ganar una elección porque, además, es de los mejores atajos para llegar a la derrota. 

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Pan y trabajo: barreras psicológicas y elecciones

 

Hay un nivel de ligereza y de estupidez que hiere, que provoca y que resulta tan irritante como insoportable. Perjudica mucho, sobre todo cuando es emitido a través de los cada vez más masivos medios de comunicación. Este fenómeno se verifica, entre otros tantos espacios, en el periodismo deportivo. Sucede que en ese rubro el efecto es más pasajero y superficial. Decir que la Selección de fútbol es genial y es de las mejores del mundo, y verificar instantáneamente derrota tras derrota, genera cierta bronca que en la mayoría de la audiencia se supera en horas. Ahora, ver ciertos análisis sobre el desempleo y el precio del pan ya adquiere otra relevancia y otra seriedad. Uno de los principales diarios del país se permite titular: “El kilo de pan rompió la 'barrera psicológica' de los 100 pesos en la Ciudad”.  Por supuesto, un coro de repetidores se adhirió fervorosamente al desgraciado recurso periodístico. En una sociedad regada de pobreza, indigencia y hambre, ¿cuál es la barrera psicológica? Resulta muy poco serio. Se está hablando de un alimento básico, de una necesidad elemental insatisfecha. El pan, para los creyentes, es incluso bíblico. No se puede admitir su carencia en ninguna mesa. Causa o debería causar pavura concebirlo. La misma nota en su contenido describe la gravedad de la situación: “Por su parte, Mario Véliz, ex vicepresidente de la Federación Argentina de la Industria del Pan y Afines (FAIPA), explicó que la harina aumentó un 100% este año y que las panaderías subieron el pan entre un 15% y 17%. El empresario aseguró que este incremento se debe a la presión tributaria, que "está matando a las industrias", y al aumento de los servicios”.  ¿Entonces? ¿Cuál es la parte que corresponde a la psicología? Más bien se parece al hambre. 

En los últimos doce meses, la tasa de desocupación subió del 9,1 al 10,1% según los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos del primer trimestre de este año. Esto significa que entre la población urbana hay 1.920.000 desocupados. Si se incluye la población rural, el desempleo golpea a más de 2 millones de personas. La subocupación pasó del 9,8 al 11,8%.  Suman así 2.250.000 personas que trabajan menos de 35 horas semanales, aunque están dispuestas a trabajar más. O sea, 4. 200.000 personas tienen problemas de empleo porque no encuentran trabajo o realizan trabajos de pocas horas. Desde 2006 no se registra una tasa de desempleo de dos dígitos. Entre los jóvenes, la tasa de desocupación aumentó del 20,9 al  23,1% entre mujeres, y subió del 15,3 al 18,5% entre varones en el primer trimestre de 2019. Ahora, más de la mitad de los desocupados (52,7%) son menores de 29 años.  Ningún pronóstico augura mejorías en el presente año. Esta información es concluyente y refleja un panorama laboral desolador, habla de un tejido social seriamente dañado y de muy escasas posibilidades de progreso. La mayoría de los análisis en los medios de comunicación pusieron todo el énfasis en destacar cuánto perjudicaban estos números la chance de reelección del actual Presidente de la República. Como si esto fuera lo importante, lo trascendente, lo que merece la más alta consideración. 

Entre las barreras psicológicas y la alquimia electoral, van los análisis del desempleo y la pobreza. Sería deseable otra seriedad y otra profundidad a la hora de evaluar un panorama tan duro y que castiga con tanta dureza a los más humildes. Que no todo sea imagen, sensación, o conveniencia. Lo cierto es que habrá que buscar con mucha responsabilidad herramientas adecuadas que resuelvan inflación, pobreza, endeudamiento, falta de inversión, exclusión, carencias sociales y tantos otros problemas que los cultores del actual fracaso económico no supieron resolver. No todo puede ser observado desde la conveniencia electoral, no todo puede otorgar rédito en votos.  No se puede hacer o decir cualquier cosa para ganar una elección porque, además, es de los mejores atajos para llegar a la derrota. 

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