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Las Meninas: el pintor que quería ser parte de la nobleza

Romina Mateos

Originalmente la obra se llamó “La familia de Felipe IV” aunque se la conoce con el nombre de “Las Meninas”, en portugués “niñas”, y hace referencia a las damas de honor de la corte que acompañaban a la infanta Margarita. En una escena poco convencional, Diego Velázquez realizó un retrato colectivo donde se encuentra la infanta y sus dos damas de compañía, María Agustina Sarmiento e Isabel de Velasco, ambas pertenecientes a la nobleza. A su derecha están María Bárbola y Nicolas Pertusato, bufones de la corte también de origen noble.

Detrás de ellos se pueden ver dos figuras más, Marcela de Ulloa, encargada de controlar a las meninas y un hombre que mira hacia el frente, posiblemente un guardadamas.

Por detrás y como punto de perspectiva aparece otro hombre, que no se sabe si entra o sale de la escena: es José Nieto Velázquez, aposentador. En la pared del fondo hay un espejo que refleja dos figuras borrosas, pero claramente identificadas
como los reyes. Quizás podrían estar al frente de toda esa escena o, en gesto surrealista del pintor, estar por detrás del espejo.

A la izquierda, observándonos, Velázquez se encuentra con la paleta en la mano en actitud de protagonista, si bien ha pintado a toda la corte, es quizás el personaje más destacado. El pintor lleva la cruz de Santiago, que fue agregada tres años después de terminar la pintura ¿Cómo llego a tener esa cruz, símbolo de nobleza, un pintor converso? 

En el año 1623 Felipe IV nombra a Velázquez, a sus 24 años, pintor de la corte. Luego se convirtió en funcionario real, entre sus roles estuvieron Ujier de Cámara (asistía la antecámara del rey), Alguacil de la Corte (cumplía labores policiales y judiciales), Ayudante de Guardarropa de su Majestad, Superintendente de obras y finalmente Aposentador Real, por lo que manejaba y conocía todos los movimientos del palacio.

Esos cargos absorbían tiempo a Velázquez para dedicarse por completo a la pintura, pero le confirieron un estatus social. El pintor no tenía limpieza de sangre y era converso, dos situaciones que dificultaban que accediera a ser nombrado caballero.
Luego de cuarenta años de servicio, Felipe IV ajustó las condiciones para que el anhelo de Velázquez se cumpliera, ya que para ser caballero debía reunir las siguientes exigencias: cristiandad, legitimidad y nobleza de sangre, así como no haber ejercido ningún oficio de los considerados viles, como el de pintor. Es por esto que necesitaron testigos que aseguraran que Velázquez nunca había pintado por dinero, sino para el gusto del rey, algo que no era así ya que había recibido pagas  mensuales por su labor de pintor de cámara.

En 1658 Felipe IV le pidió al Papa Alejandro VII que dispensara a Velázquez de su no probada nobleza para que fuera armado caballero de Santiago en el convento de Corpus Christi de Madrid. La obsesión del artista por tener el título de nobleza hace de “Las Meninas” un testimonio que habla de su posición en la corte y rechaza la idea de ser pintor de oficio y mostrar a un noble que pintaba por gusto. La obra se aventura a ir más allá de las convenciones estéticas del momento: hay un el lenguaje distinto en la pintura y la composición. Y utiliza recursos que ponen en evidencia una dimensión visual que está adelantándose a lo que va  a ser el impresionismo doscientos años después.

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Las Meninas: el pintor que quería ser parte de la nobleza

Originalmente la obra se llamó “La familia de Felipe IV” aunque se la conoce con el nombre de “Las Meninas”, en portugués “niñas”, y hace referencia a las damas de honor de la corte que acompañaban a la infanta Margarita. En una escena poco convencional, Diego Velázquez realizó un retrato colectivo donde se encuentra la infanta y sus dos damas de compañía, María Agustina Sarmiento e Isabel de Velasco, ambas pertenecientes a la nobleza. A su derecha están María Bárbola y Nicolas Pertusato, bufones de la corte también de origen noble.

Detrás de ellos se pueden ver dos figuras más, Marcela de Ulloa, encargada de controlar a las meninas y un hombre que mira hacia el frente, posiblemente un guardadamas.

Por detrás y como punto de perspectiva aparece otro hombre, que no se sabe si entra o sale de la escena: es José Nieto Velázquez, aposentador. En la pared del fondo hay un espejo que refleja dos figuras borrosas, pero claramente identificadas
como los reyes. Quizás podrían estar al frente de toda esa escena o, en gesto surrealista del pintor, estar por detrás del espejo.

A la izquierda, observándonos, Velázquez se encuentra con la paleta en la mano en actitud de protagonista, si bien ha pintado a toda la corte, es quizás el personaje más destacado. El pintor lleva la cruz de Santiago, que fue agregada tres años después de terminar la pintura ¿Cómo llego a tener esa cruz, símbolo de nobleza, un pintor converso? 

En el año 1623 Felipe IV nombra a Velázquez, a sus 24 años, pintor de la corte. Luego se convirtió en funcionario real, entre sus roles estuvieron Ujier de Cámara (asistía la antecámara del rey), Alguacil de la Corte (cumplía labores policiales y judiciales), Ayudante de Guardarropa de su Majestad, Superintendente de obras y finalmente Aposentador Real, por lo que manejaba y conocía todos los movimientos del palacio.

Esos cargos absorbían tiempo a Velázquez para dedicarse por completo a la pintura, pero le confirieron un estatus social. El pintor no tenía limpieza de sangre y era converso, dos situaciones que dificultaban que accediera a ser nombrado caballero.
Luego de cuarenta años de servicio, Felipe IV ajustó las condiciones para que el anhelo de Velázquez se cumpliera, ya que para ser caballero debía reunir las siguientes exigencias: cristiandad, legitimidad y nobleza de sangre, así como no haber ejercido ningún oficio de los considerados viles, como el de pintor. Es por esto que necesitaron testigos que aseguraran que Velázquez nunca había pintado por dinero, sino para el gusto del rey, algo que no era así ya que había recibido pagas  mensuales por su labor de pintor de cámara.

En 1658 Felipe IV le pidió al Papa Alejandro VII que dispensara a Velázquez de su no probada nobleza para que fuera armado caballero de Santiago en el convento de Corpus Christi de Madrid. La obsesión del artista por tener el título de nobleza hace de “Las Meninas” un testimonio que habla de su posición en la corte y rechaza la idea de ser pintor de oficio y mostrar a un noble que pintaba por gusto. La obra se aventura a ir más allá de las convenciones estéticas del momento: hay un el lenguaje distinto en la pintura y la composición. Y utiliza recursos que ponen en evidencia una dimensión visual que está adelantándose a lo que va  a ser el impresionismo doscientos años después.

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