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El combo en el que todo lo malo vende

Parece inagotable el arsenal al que recurre la televisión para generar emociones impactantes, sin que medie otra “explicación” que el recurso todopoderoso de “la noticia”. La imagen televisiva habitual condensa los escándalos políticos, las tragedias propias o globales, las miserias de la economía, las bajezas de la farándula o el deporte y, piadosamente, alguna “nota de color” para arrancarle al espectador una sonrisa cómplice.
Esa desmesura de “todo lo malo” es ofrecida por intermediarios “expertos en todo”, pero cuyo nivel de mediación no se despega de la mediocridad. Entonces, estallan debates inútiles, gritos, insultos, prepotencia y un calamitoso hábito para extraer conclusiones apresuradas, con pocos argumentos sólidos y sin delicadeza alguna.
Al público se le ofrece una mixtura de robos, asesinatos, delitos varios, violencia y muertes “en vivo y en directo”. Toda la vileza de la que es capaz la especie humana se presenta, sonrisa mediante, a través de “estrellas” que toman el horario central para vomitar todo lo execrable de una sociedad, con la misma mueca que se anuncia un cambio de temperatura o la llegada de una tormenta.
No hay razones que escapen al latiguillo repetido de “es lo que el público demanda”; pero tampoco son visibles los esfuerzos por modificar un poco el menú de lo ofrecido. Ese argumento endeble es apuntalado con otra “máxima” del medio: la televisión es negocio. Esa simpleza lo justifica todo.
La televisión no nació como una herramienta educativa, sino como un medio de comunicación matizado con entretenimiento. ¿En qué momento se convirtió en un miembro más de los millones de hogares? Cuando millones de personas la adoptaron como una ventana hacia una realidad que estaba tan cercana como podía estar.
Sin embargo, el hecho de no haber surgido como herramienta educativa no privó a la televisión, a lo largo de sus casi cien años de historia, de ofrecer notables ejemplos de divulgación científica, memorables entrevistas, programas culturales y de culto, o grandes conductores y periodistas que hicieron posible una mirada más humana y menos “espectacular”.
Hoy, la televisión se nutre de otro fenómeno (internet) que amenazó con destruirla, pero que por ahora solo ha ampliado la diversidad de formatos y va camino a construir una grilla acorde a la demanda de cada usuario. No es posible afirmar quién se beneficia en mayor medida en esa sociedad, recientemente nacida, entre la TV e internet. Lo que está claro es que la televisión mostró una ductilidad que le permitió sobrevivir e, incluso, crecer en un escenario que, a priori, parecía demasiado hostil.
La televisión se adaptó a los nuevos tiempos recurriendo al consabido recurso de la desmesura de todo lo malo. Las noticias escabrosas, los videos escandalosos y la muerte “en vivo y en directo” siguen ocupando un enorme porcentaje de tiempo en pantalla. Ahora, los recursos tecnológicos permiten una mayor nitidez y una percepción de la realidad, extremadamente “realista”.
No se puede negar la irrupción de las plataformas de contenidos con su carga de series para todos los gustos. Pero la popularización de esta oferta siempre tendrá el gusto de lo “enlatado”, en tanto, la crudeza de las imágenes y situaciones límites “en vivo” seguirán captando la mayor atención de los televidentes. Allí radica la principal razón de por qué la televisión se nutre de la desmesura de “lo malo” para perpetuarse en un ambiente que parece hostil pero que, sin embargo, es la esencia de su ser.
 

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El combo en el que todo lo malo vende

Parece inagotable el arsenal al que recurre la televisión para generar emociones impactantes, sin que medie otra “explicación” que el recurso todopoderoso de “la noticia”. La imagen televisiva habitual condensa los escándalos políticos, las tragedias propias o globales, las miserias de la economía, las bajezas de la farándula o el deporte y, piadosamente, alguna “nota de color” para arrancarle al espectador una sonrisa cómplice.
Esa desmesura de “todo lo malo” es ofrecida por intermediarios “expertos en todo”, pero cuyo nivel de mediación no se despega de la mediocridad. Entonces, estallan debates inútiles, gritos, insultos, prepotencia y un calamitoso hábito para extraer conclusiones apresuradas, con pocos argumentos sólidos y sin delicadeza alguna.
Al público se le ofrece una mixtura de robos, asesinatos, delitos varios, violencia y muertes “en vivo y en directo”. Toda la vileza de la que es capaz la especie humana se presenta, sonrisa mediante, a través de “estrellas” que toman el horario central para vomitar todo lo execrable de una sociedad, con la misma mueca que se anuncia un cambio de temperatura o la llegada de una tormenta.
No hay razones que escapen al latiguillo repetido de “es lo que el público demanda”; pero tampoco son visibles los esfuerzos por modificar un poco el menú de lo ofrecido. Ese argumento endeble es apuntalado con otra “máxima” del medio: la televisión es negocio. Esa simpleza lo justifica todo.
La televisión no nació como una herramienta educativa, sino como un medio de comunicación matizado con entretenimiento. ¿En qué momento se convirtió en un miembro más de los millones de hogares? Cuando millones de personas la adoptaron como una ventana hacia una realidad que estaba tan cercana como podía estar.
Sin embargo, el hecho de no haber surgido como herramienta educativa no privó a la televisión, a lo largo de sus casi cien años de historia, de ofrecer notables ejemplos de divulgación científica, memorables entrevistas, programas culturales y de culto, o grandes conductores y periodistas que hicieron posible una mirada más humana y menos “espectacular”.
Hoy, la televisión se nutre de otro fenómeno (internet) que amenazó con destruirla, pero que por ahora solo ha ampliado la diversidad de formatos y va camino a construir una grilla acorde a la demanda de cada usuario. No es posible afirmar quién se beneficia en mayor medida en esa sociedad, recientemente nacida, entre la TV e internet. Lo que está claro es que la televisión mostró una ductilidad que le permitió sobrevivir e, incluso, crecer en un escenario que, a priori, parecía demasiado hostil.
La televisión se adaptó a los nuevos tiempos recurriendo al consabido recurso de la desmesura de todo lo malo. Las noticias escabrosas, los videos escandalosos y la muerte “en vivo y en directo” siguen ocupando un enorme porcentaje de tiempo en pantalla. Ahora, los recursos tecnológicos permiten una mayor nitidez y una percepción de la realidad, extremadamente “realista”.
No se puede negar la irrupción de las plataformas de contenidos con su carga de series para todos los gustos. Pero la popularización de esta oferta siempre tendrá el gusto de lo “enlatado”, en tanto, la crudeza de las imágenes y situaciones límites “en vivo” seguirán captando la mayor atención de los televidentes. Allí radica la principal razón de por qué la televisión se nutre de la desmesura de “lo malo” para perpetuarse en un ambiente que parece hostil pero que, sin embargo, es la esencia de su ser.
 

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