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París bien vale otro milagro

¡Qué lindo volver a vivir esta locura! ¡Ese idilio de los argentinos con el Abierto francés! Tantos años pasaron... es que hubo una época muy dulce para el tenis argentino. Fue a principios de la década del 2000, cuando una legión irrepetible paseaba su magia y su garra para meter a alguno en semifinales en casi todos los torneos, y apuntarse varios de los títulos más valiosos para el país en este deporte. Hoy la raqueta "albiceleste" y todos sus seguidores vibran (vibramos) al compás de dos enanos dueños de un talento no exento de trabajo. A Nadia Podoroska y Diego Schwartzman los apodan "Peque". La altura física no les sobra y la tenística, hoy, parece no tener techo.
Enrique Morea fue el pionero en las semis francesas en 1953. Raquel Giscafré llegaría en 1974 y 1977. El enorme Guillermo Vilas se llevaría su título en Francia en el '77, su gran año, ese que plantó los cimientos del tenis por estas tierras. José Luis "Batata" Clerc jugaría semis en 1981 y 1982, sin poder dar el último salto. Gabriela Sabatini llegó a la misma línea cinco veces: 1985, 1987, 1988, 1991 y 1992. Franco Squillari en el 2000. Clarisa Fernández en 2002.
Dieciséis años han pasado desde aquel Roland Garros 2004, lleno de magia argenta, de festejos multiplicados. En ese torneo, cuatro compatriotas llegaron a semifinales: Paola Suárez entre las mujeres, Guillermo Coria, Gastón Gaudio y David Nalbandian (repetiría en 2006) entre los varones. El "Mago" y el "Gato", rivales dentro y fuera de la cancha, jugarían la final que se llevaría el bonaerense. Un cuarto tenista estuvo a un paso de la semi ese año, pero el inglés Tim Henman se coló para romper el poker argentino. ¿Su víctima? Juan Ignacio Chela, hoy entrenador de Schwartzman.

 

 

El individualismo argentino, ese que sufrimos como sociedad, volvió a pagar bien en el deporte para esta nueva hazaña en el Abierto francés.

 


Un año después, otro argentino, Mariano Puerta, perdería la final en el polvo de ladrillo de Roland Garros. Fue ante un pibe español que, a punto de cumplir 19 años, se llevaba su primer Abierto en París. Ganaría algunos más. Se llama Rafael Nadal.
En 2009 y 2018, Juan Martín Del Potro también quedaría a un paso de la final.
Esta actualidad, llena de festejos y alegría, tiene una gran similitud con aquella del 2004: sus protagonistas llegaron al primer plano a base de esfuerzo individual, el propio y el de sus familias, lejos de un plan integral de desarrollo que en la Argentina, necesario en el tenis y en otros aspectos más básicos y urgentes, nunca existió. Con la excepción de Coria y Nalbandian, que tuvieron algún apoyo extra y la chance de viajar desde pequeños, el resto triunfó a pulmón.
Dueños de ese individualismo argentino que tanto nos condena y nos perjudica como sociedad, estos deportistas se hicieron fuertes en sus adversidades y obstáculos, y hoy disfrutan de logros bien ganados. Frente a los mejores del mundo, mejor preparados, más apoyados, con todo "el mundo" cerca.
Hoy Diego y Nadia nos regalaron dos victorias fantásticas, que seguramente despertarán el interés por el tenis en muchas chicas y muchos chicos que también soñarán con ser "Peques" y estar en las tapas y las pantallas de los medios, los deportivos y los que nunca hablan de games y sets. Porque estos logros no tienen fronteras, y los argentinos bien sabemos festejar los triunfos de los nuestros y las nuestras.
Nadia y Diego, los enormes "Peques", regaron de sangre, sudor y lágrimas la tarde parisina y nos hicieron temblar este martes de septiembre de un año único y extraño por la pandemia. Volverán a hacerlo, cuando busquen otra hazaña: llegar a la final. No será fácil, tampoco lo fue ayer. Vendrán rivales durísimos este jueves para la "Peque" y el viernes para el "Peque". ¿Será mucho pedir otro milagro? París bien lo vale.
 

 

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