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El fútbol es un cachito más pobre

"Murió" tituló el diario Crónica el 2 de julio de 1974 sobre el acontecimiento fatídico que había ocurrido el día anterior. No hacía falta agregar más: quien había pasado a mejor vida, ya desgastado y enfermo, era el general Juan Domingo Perón, mientras transitaba de manera traumática su tercera Presidencia. En la misma línea, el diario Noticias puso simplemente "Dolor".

 

Ese nivel de conocimiento tienen la Argentina y el mundo sobre Diego Armando Maradona. "Murió Maradona", titulaban los portales el miércoles, mientras pasaban goles con la camiseta de Boca (los del 81, los de la segunda etapa, la del mechón rubio y los besos con el Cani mejor no recordarla), haciendo jueguito con la del Barcelona o clavando un tiro libre desde un ángulo imposible en Nápoles, donde será siempre un semidiós. Podrían haber puesto simplemente "Murió" y todos sabrían de quién se trataba, como con Perón.

 

Para los que pasamos los 50 años y somos futboleros, Maradona es un ícono difícil de superar. "No me conmueve", me dijo mi hijo mayor apenas conoció la noticia. Es lógico, con 28 años ni siquiera había nacido en 1986, cuando Diego llevó a la cúspide a la Selección argentina en el Mundial de México, arrastrando ingleses para llevarnos a semifinales, metiéndoles dos goles a los belgas y poniendo el magistral pase que terminó con el sufrimiento que habían ocasionado los alemanes el día de la consagración, cuando remontaron un 0-2.

 

Maradona siempre fue un combo para tomar o dejar. A cada pisada de su zurda única le podía seguir un exabrupto o una opinión destemplada. En los últimos años, su defensa cerrada del régimen venezolano le hizo perder seguidores, pero los futboleros de ley elegimos ignorar esas cosas de la política. Nosotros elegimos quedarnos con "El Diez", quien nos hacía levantar a las 4 para verlo brillar en el Mundial Juvenil de Japón de 1979, cuando armó una sociedad con Ramón Díaz que luego no se cristalizó en la Mayor debido a un claro choque de egos.

 

O quien desafió el poder absoluto de la FIFA el día que intentó crear un sindicato que defendiera los derechos de los jugadores de fútbol. Un acto quijotesco, digno de su personalidad rebelde, destinado al fracaso en un universo acomodaticio, repleto de millonarios a quienes solo les importa facturar sus derechos de imagen. Solo lo siguieron algunos locos como Éric Cantona, y más acá en el tiempo podría haber sido Zlatan Ibrahimovic. Pocos más.

 

Soy de la generación que tiene la fórmula para hacer sufrir a los más jóvenes. Basta una sola frase: "Yo vi a la Argentina salir campeona del mundo". Listo, se acabó cualquier discusión. Y si puedo hacer eso es gracias a Maradona, quien casi me duplica la felicidad en Italia 90, si no se hubieran opuesto los poderes de turno, indignados de que ese villero de Fiorito, aun con los tobillos hinchados como dos pelotas de tenis, pudiera repetir la hazaña del Azteca en Italia, en pleno centro del poder. Donde le "daban de comer", según los doloridos periodistas que habían imaginado una Azzurra campeona en casa. Pobres de ellos, era el Diego quien los alimentaba: de fútbol y de odio de clase. Fue él quien puso al sur pobre por encima del norte rico e industrial, llevando al Nápoli a escenarios impensados en la Europa señorial.

 

Murió Maradona, se fue el Diego. No se lo llevó una enfermera rubia de la mano rumbo a una trampa mortal, al corte de piernas más dudoso de la historia de los mundiales. Se fue por derecho propio, como hizo todo en la vida. Acertado o equivocado, siempre apuntó y le dio para adelante. Poniendo el pecho como cuando insultaban nuestro himno en Italia, arriesgando el físico, arrastrando marcas dentro y fuera de la cancha, luchando contra las adicciones.

 

Murió Maradona, viejo. El fútbol es un cachito más pobre. La pelota hoy está manchada, arrumbada en un rincón, sin ganas de salir a rodar. Y yo me voy a quedar a llorar con ella.

 

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