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No se debe decir cualquier cosa

Por redacción
| 23 de febrero de 2020

Sería injusto centrar el sentido de este análisis en un nombre propio. No se trata de un hecho aislado que involucró a una sola persona. Es cierto que en estos últimos días ganó otra vez protagonismo por la popularidad de su autora y su reconocimiento dentro del rubro en el que trabaja. Pero el fenómeno es repetido y bastante uniforme. Alguien se expresa a través de un medio de comunicación, sus dichos ganan resonancia, repudio y descalificación, y luego sobrevienen disculpas y explicaciones. 

Para evitar la excusa de que se trata de alguien improvisado, inexperto o que carece de experiencia, digamos que son manifestaciones a través de un reconocido programa de radio, en un horario central y que su conductora ha ganado el Martín Fierro de radio en 2016, 2017 y 2019. Incluso en este último año el Martín Fierro de Oro de esa categoría. Mucha fama y mucha trascendencia. 

En realidad pareciera que lo más interesante de analizar son las explicaciones posteriores, más allá de la desgraciada expresión. Se intenta pedir disculpas y se manifiesta que, en rigor, no se piensa estrictamente lo que se dijo. Si bien se acepta la rutina y el vértigo de la comunicación, sería francamente revelador y complicado tener que admitir que lo que se dice no es lo que se piensa. Casi desquiciante. Por el contrario, al momento de los dichos se aseveró que “todos lo piensan, solo que yo me animo a decirlo”. Es muy común en los medios que los conductores afirmen conocer la mirada de “todos”. O sea, se cree que “Jujuy es Bolivia”, y no solo eso, sino que se cree que todos lo piensan. Y que “alguien lo tiene que decir”. Para no descontextualizar, y aceptando los reparos presentados, vale mencionar algunas de las argumentaciones de la criticada figura radial. Sin ser estrictamente textual, van esas respuestas: la palabra no es solo del que la dice, es también del que la escucha. Esto tendría que haber sido privado y fue público, porque nos decimos todo al aire. Fue una chicana entre el operador y nosotros. Fue, para mí, cofradía. De ahora en más se replanteará cómo hablar, qué decir y en qué circunstancias.      

No tendría sentido refutar estas expresiones y mucho menos aislarlas como si se tratara de una situación absolutamente particular. Son creencias compartidas por muchos y que dan señales claras de cómo se interpretan hoy en día los medios de comunicación. No resulta útil crucificar a alguien como si fuera un ejemplar único, cuando comparte una jungla tan repetida como variada. Pareciera que el oyente ha perdido toda importancia. Lo importante es lo que se dice y cómo se dice. Valen los códigos internos y las creencias grupales. Ciertamente, y con mucha consideración, se espera que pensar y repensar qué se dice, cómo se dice y en qué circunstancias, no constituya una novedad, sino un hábito frecuente que tiene que ver con la responsabilidad por el espacio y con el respeto por los oyentes, por los que son de “la cofradía” y por los que no. Porque, y en palabras de los involucrados: “No tenés noción de cómo puede impactar”. Si no tenés noción, mejor no lo digas. Y dado el tenor del comentario, tampoco es muy difícil presumir cómo puede impactar. Sucede que hay muchos gestos de mucha soberbia. Mucha presunción de que se manejan magistralmente los difíciles códigos del humor y que casi todo es gracioso, menos lo que a cada uno no le parece gracioso. Se presupone que algunos comunicadores saben lo que piensan “todos los argentinos”, “todos los hinchas de tal club”, “todos y todas”. Justamente en una etapa en la que incluso para los estudiosos del tema, para los sociólogos y casi todos los interesados en la cuestión es tan difícil reconocer efectivamente gustos, preferencias, creencias e inclinaciones.

Habrá que ser más cautos, más prudentes o por lo menos más respetuosos. Sobre todo tratándose de profesionales que, quieran o no, tienen una responsabilidad importante.
 

 

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