Quedate en casa

Agustina Bordigoni

“Stay home! I wish I can” (¡Quedate en casa! Ojalá pudiera) reza el cartel que sostienen niños refugiados de diferentes partes del mundo, recordándonos que hay realidades que hacen mucho más vulnerables a las personas, no solo frente a la COVID-19, sino también ante cualquier enfermedad.

En los campos de refugiados no existen las condiciones mínimas necesarias para prevenirlas: en muchos no hay agua para lavarse las manos como recomiendan, y es imposible mantener la distancia necesaria entre persona y persona. Tampoco hay herramientas para enfrentarlas: el acceso a la salud es casi prohibitivo en estas condiciones. 

Desde luego, ellos no pueden quedarse en casa: tuvieron que abandonarla hace muchos años debido a las guerras, a la persecución o a otros peligros que enfrentan sus vidas; peligros mucho más poderosos que un virus. Lisa y llanamente, para ellos volver es peor opción que enfermarse.

Su afiche es solo una muestra de la situación que viven y que no cambia por el coronavirus. O en realidad sí, pero para mal: ahora las políticas restrictivas en cuanto a las migraciones ganan fuerza y adeptos frente a la situación de emergencia. Por otro lado y por la crisis, muchas ONGs ya no pueden trabajar, por ejemplo, en las costas del Mediterráneo; por lo tanto, el coronavirus está terminando con muchas más vidas de lo publicado en las cifras oficiales. 

La pandemia puso a la humanidad ante una disyuntiva, el salvarse solo ya no es una opción, ni para personas ni para países. Y, ante la necesidad de aislarse, se corre el riesgo de encerrarse en uno mismo (en algunos casos, encerrarse un poco más) y no ser capaz de ver otras realidades. El mundo y las personas reniegan más del otro, que es a su vez el único que nos puede salvar. Si el otro está bien, nosotros también lo estaremos. Esta vez, no podemos mirar hacia un costado. El costado repercute directamente sobre nosotros.

Parece una ironía, pero siempre fue así. De nada sirve tener todo mientras otros no tienen nada. Porque los que nada tienen, tampoco tienen en donde quedarse y eso es también nuestra responsabilidad, cada vez que atacamos a los migrantes y refugiados, cada vez que los llevamos a esta situación.

Esta es una buena oportunidad para pensarlo en soledad. En casa, a menos que sea imprescindible la salida.

Quedate por todos los que no pueden y lo desean, por todos los que se quedarían si estuvieran en tus mismas circunstancias.

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Quedate en casa

“Stay home! I wish I can” (¡Quedate en casa! Ojalá pudiera) reza el cartel que sostienen niños refugiados de diferentes partes del mundo, recordándonos que hay realidades que hacen mucho más vulnerables a las personas, no solo frente a la COVID-19, sino también ante cualquier enfermedad.

En los campos de refugiados no existen las condiciones mínimas necesarias para prevenirlas: en muchos no hay agua para lavarse las manos como recomiendan, y es imposible mantener la distancia necesaria entre persona y persona. Tampoco hay herramientas para enfrentarlas: el acceso a la salud es casi prohibitivo en estas condiciones. 

Desde luego, ellos no pueden quedarse en casa: tuvieron que abandonarla hace muchos años debido a las guerras, a la persecución o a otros peligros que enfrentan sus vidas; peligros mucho más poderosos que un virus. Lisa y llanamente, para ellos volver es peor opción que enfermarse.

Su afiche es solo una muestra de la situación que viven y que no cambia por el coronavirus. O en realidad sí, pero para mal: ahora las políticas restrictivas en cuanto a las migraciones ganan fuerza y adeptos frente a la situación de emergencia. Por otro lado y por la crisis, muchas ONGs ya no pueden trabajar, por ejemplo, en las costas del Mediterráneo; por lo tanto, el coronavirus está terminando con muchas más vidas de lo publicado en las cifras oficiales. 

La pandemia puso a la humanidad ante una disyuntiva, el salvarse solo ya no es una opción, ni para personas ni para países. Y, ante la necesidad de aislarse, se corre el riesgo de encerrarse en uno mismo (en algunos casos, encerrarse un poco más) y no ser capaz de ver otras realidades. El mundo y las personas reniegan más del otro, que es a su vez el único que nos puede salvar. Si el otro está bien, nosotros también lo estaremos. Esta vez, no podemos mirar hacia un costado. El costado repercute directamente sobre nosotros.

Parece una ironía, pero siempre fue así. De nada sirve tener todo mientras otros no tienen nada. Porque los que nada tienen, tampoco tienen en donde quedarse y eso es también nuestra responsabilidad, cada vez que atacamos a los migrantes y refugiados, cada vez que los llevamos a esta situación.

Esta es una buena oportunidad para pensarlo en soledad. En casa, a menos que sea imprescindible la salida.

Quedate por todos los que no pueden y lo desean, por todos los que se quedarían si estuvieran en tus mismas circunstancias.

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