La experiencia correcta

Unos 113 millones de personas, en su mayoría dependientes de trabajos agrícolas estacionales en los países del Sur, ya presentaban una grave inseguridad alimentaria antes de aparecer la COVID-19 y son de los más vulnerables ante la pandemia, advirtió la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).
En esas poblaciones “ya malnutridas, débiles y vulnerables a la enfermedad, podría surgir una crisis dentro de una crisis, en la que la crisis sanitaria se vería agravada por otra alimentaria”, dijo Dominique Burgeon, director de emergencias en la FAO.
Habitantes de zonas rurales deprimidas, dependientes de actividades estacionales en cultivos, pesca o pastoreo, si quedan limitados en sus movimientos no podrán trabajar la tierra, cuidar sus animales, ir a pescar o acceder a mercados para vender productos para comprar otros alimentos, insumos o semillas, explicó.
África es un foco de atención porque “existen similitudes con el brote de ébola en el oeste del continente en 2014. Muchos campesinos, 47 por ciento de los de Liberia, no pudieron cultivar o vender sus cosechas. Esto, sumado a la escasez de mano de obra, afectó a la producción de alimentos”, evocó Burgeon.
Actualmente, las poblaciones de África oriental padecen el avance de una plaga de langostas que arrasa los cultivos y tiene en grave riesgo de hambre a 12 millones de personas en Etiopía, Kenia y Somalia, y también amenaza a la República Centroafricana, la República Democrática del Congo y Sudán del Sur.
“Pero ningún continente es inmune. Desde Afganistán hasta Haití, pasando por Siria y Myanmar, la COVID-19 corre el riesgo de agravar aún más el impacto en la alimentación de los conflictos y los desastres naturales”, dijo la FAO.
En toda África subsahariana, el 20 por ciento de la población está subalimentada, siete por ciento en América Latina y el Caribe, y 12 por ciento en Asia occidental.
En América Latina y el Caribe, 42 millones de personas están en una situación de inseguridad alimentaria, advierten agencias del sistema de Naciones Unidas.
Las cifras de la FAO para 2018 indicaban que el hambre afectaba a 820 millones de personas, 11 por ciento de la población mundial, comprometiendo el Hambre Cero, dentro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU para 2030.
La organización advertía la necesidad de disponer políticas económicas y sociales que combatan los efectos de los ciclos económicos adversos, evitando al mismo tiempo a toda costa los recortes en servicios esenciales como la asistencia sanitaria y la educación, ahora bajo asedio de la pandemia.
Burgeon sostuvo que “si se interrumpen las cadenas de suministro alimentario y los medios de vida se vuelven insostenibles, es más probable que las poblaciones vulnerables abandonen sus medios de subsistencia y se trasladen en busca de ayuda”.
Consecuencias indeseadas serían “una posible propagación ulterior del virus y el probable agravamiento de las tensiones sociales”, dijo.
En el caso de los pastores, la alteración de los patrones tradicionales de trashumancia puede provocar tensiones e incluso conflictos violentos entre las comunidades de residentes locales y las pastoriles, dando lugar a desplazamientos de población y a un aumento de los niveles de pobreza e inseguridad alimentaria, según este análisis.
La FAO solicitó a los gobiernos donantes 110 millones de dólares para su plan de protección de la seguridad alimentaria de la población rural más vulnerable, que puede quedar al borde de la hambruna al arribo de la actual pandemia.
Se trata de ofrecer a pequeños campesinos y pastores semillas, herramientas, pastos y otros insumos para que puedan seguir produciendo alimentos para sus familias y comunidades, y generar ingresos.
“Si dejamos que se destruyan los medios de vida de la población como resultado de esta pandemia, una vez que la crisis sanitaria se haya atenuado, tendremos luego graves problemas que enfrentar”, alertó el organismo.
Esta crisis desnuda crisis anteriores que se hacen evidentes a partir de la pandemia. El mundo debe obtener la experiencia correcta de un escenario para el que no estaba preparado. 
 

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La experiencia correcta

Unos 113 millones de personas, en su mayoría dependientes de trabajos agrícolas estacionales en los países del Sur, ya presentaban una grave inseguridad alimentaria antes de aparecer la COVID-19 y son de los más vulnerables ante la pandemia, advirtió la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).
En esas poblaciones “ya malnutridas, débiles y vulnerables a la enfermedad, podría surgir una crisis dentro de una crisis, en la que la crisis sanitaria se vería agravada por otra alimentaria”, dijo Dominique Burgeon, director de emergencias en la FAO.
Habitantes de zonas rurales deprimidas, dependientes de actividades estacionales en cultivos, pesca o pastoreo, si quedan limitados en sus movimientos no podrán trabajar la tierra, cuidar sus animales, ir a pescar o acceder a mercados para vender productos para comprar otros alimentos, insumos o semillas, explicó.
África es un foco de atención porque “existen similitudes con el brote de ébola en el oeste del continente en 2014. Muchos campesinos, 47 por ciento de los de Liberia, no pudieron cultivar o vender sus cosechas. Esto, sumado a la escasez de mano de obra, afectó a la producción de alimentos”, evocó Burgeon.
Actualmente, las poblaciones de África oriental padecen el avance de una plaga de langostas que arrasa los cultivos y tiene en grave riesgo de hambre a 12 millones de personas en Etiopía, Kenia y Somalia, y también amenaza a la República Centroafricana, la República Democrática del Congo y Sudán del Sur.
“Pero ningún continente es inmune. Desde Afganistán hasta Haití, pasando por Siria y Myanmar, la COVID-19 corre el riesgo de agravar aún más el impacto en la alimentación de los conflictos y los desastres naturales”, dijo la FAO.
En toda África subsahariana, el 20 por ciento de la población está subalimentada, siete por ciento en América Latina y el Caribe, y 12 por ciento en Asia occidental.
En América Latina y el Caribe, 42 millones de personas están en una situación de inseguridad alimentaria, advierten agencias del sistema de Naciones Unidas.
Las cifras de la FAO para 2018 indicaban que el hambre afectaba a 820 millones de personas, 11 por ciento de la población mundial, comprometiendo el Hambre Cero, dentro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU para 2030.
La organización advertía la necesidad de disponer políticas económicas y sociales que combatan los efectos de los ciclos económicos adversos, evitando al mismo tiempo a toda costa los recortes en servicios esenciales como la asistencia sanitaria y la educación, ahora bajo asedio de la pandemia.
Burgeon sostuvo que “si se interrumpen las cadenas de suministro alimentario y los medios de vida se vuelven insostenibles, es más probable que las poblaciones vulnerables abandonen sus medios de subsistencia y se trasladen en busca de ayuda”.
Consecuencias indeseadas serían “una posible propagación ulterior del virus y el probable agravamiento de las tensiones sociales”, dijo.
En el caso de los pastores, la alteración de los patrones tradicionales de trashumancia puede provocar tensiones e incluso conflictos violentos entre las comunidades de residentes locales y las pastoriles, dando lugar a desplazamientos de población y a un aumento de los niveles de pobreza e inseguridad alimentaria, según este análisis.
La FAO solicitó a los gobiernos donantes 110 millones de dólares para su plan de protección de la seguridad alimentaria de la población rural más vulnerable, que puede quedar al borde de la hambruna al arribo de la actual pandemia.
Se trata de ofrecer a pequeños campesinos y pastores semillas, herramientas, pastos y otros insumos para que puedan seguir produciendo alimentos para sus familias y comunidades, y generar ingresos.
“Si dejamos que se destruyan los medios de vida de la población como resultado de esta pandemia, una vez que la crisis sanitaria se haya atenuado, tendremos luego graves problemas que enfrentar”, alertó el organismo.
Esta crisis desnuda crisis anteriores que se hacen evidentes a partir de la pandemia. El mundo debe obtener la experiencia correcta de un escenario para el que no estaba preparado. 
 

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