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El Papa le pidió la renuncia a Martínez en abril, reveló el obispo saliente

El actual administrador diocesano repasó su vida, su vocación sacerdotal y su trabajo en la provincia.

Por Nicolás Gatica Ceballos
| 14 de junio de 2020
Balance. Pedro Martínez reflexionó sobre su paso por la provincia y remarcó que transmitió la doctrina cristiana. También comentó que su entrega a los puntanos fue total y que más no pudo hacer. Foto: Martín Gómez. Video: Marina Balbo.

El martes 8 de junio la feligresía católica de San Luis amaneció con una noticia sorpresiva. El Papa Francisco había nombrado un nuevo obispo: Pedro Martínez había renunciado. Durante las primeras horas del día, monseñor Gabriel Barba, el nuevo obispo de San Luis, confirmó los hechos en una transmisión en vivo en el canal de YouTube del Obispado de Gregorio de Laferrere, jurisdicción donde se desempeñó desde 2013. Martínez hizo lo propio a través de las redes sociales de la Pastoral de Comunicación y luego brindó una conferencia de prensa. El ahora obispo emérito mantuvo un diálogo exclusivo con El Diario de la República, en el que describió detalles de su renuncia, recordó su infancia, su paso por Madrid y París, sus años de estudio e investigación en Roma y su “entrega” a los fieles puntanos.

 

 

 

 

—¿Dónde nació y cómo describe su infancia?

 

 —Nací en la ciudad de Mendoza, el 5 de marzo de 1956. Mi papá se llamaba Pedro Santos Martínez; mi mamá, María Ester Perea; y mis hermanas, María Ester, María del Carmen y Merceditas del Pilar. María del Carmen tiene 4 hijos, de hecho tengo 6 sobrinos nietos, es decir, ya soy tío abuelo. Pilar es carmelita descalza, ella estudiaba el Profesorado de Francés y lo dejó para irse de clausura. María Ester está casada, ha trabajado en la ONU en cuestiones diplomáticas y actualmente está con mi mamá.

 

Fui al colegio de los Hermanos Maristas, en Mendoza. Tuve muchos amigos, una vida normal, una vida de escuela, una vida religiosa. Con mi familia estuvimos en España, allí hice el colegio con los Padres Claretianos, en Madrid. Cursé una parte de la secundaria y después volvimos. También estuve un tiempo en París, luego regresamos y finalicé los estudios en los Hermanos Maristas. Hubo un año que lo cursé en el Colegio Universitario Central, pero al regreso del exterior estuve con los Maristas.

 

Viví una infancia muy linda, una adolescencia normal. No he tenido problemas, tuve buenos amigos con quienes me junto al día de hoy, de hecho yo he bautizado a sus hijos. Tuve una familia excelente. Viví un ambiente muy lindo y muy religioso, pero religioso vivido, natural. En mi casa se rezaba, incluso en el mes de María hacíamos una procesión en mi hogar: rezábamos el Rosario, cada uno oraba un misterio, llegábamos a una parte donde teníamos la Virgen, le poníamos flores y terminábamos.

 

Yo quería ser sacerdote desde séptimo grado, pero mi papá me decía 'terminá la secundaria, tenés experiencia, Dios va a saber'. Entonces seguí, tuve una vida distinta, pensaba en casarme, estaba de novio, como cualquier joven, hacía tenis con profesores, muchos deportes, natación y gimnasia deportiva. En Madrid me quedó marcado el deporte, practicaba tres horas todos los días, de lunes a viernes. Desde los 14 años empecé a jugar al rugby. Un aspecto particular es que en los primeros años de la secundaria tuve Latín.

 

 

—¿Por qué su familia estuvo en España y Francia?

 

—Mi papá era investigador. En esa época, en los años 70, iba a los archivos secretos de París, Madrid, Londres, al Archivo Secreto Vaticano. Esto consistió en documentar las relaciones diplomáticas de los países desde 1854 a 1954; trabajó durante treinta años. Eso lo editó en nueve tomos, cada tomo agrupaba alrededor de diez años. Escribió sobre lo que decían los embajadores de la Argentina en esa época, un estilo de documentación como Wikileaks, solo que mi papá lo realizó a lo largo de 30 años. Buscaba documentos y los traducía.

 

 

—¿Cómo fue su llamado sacerdotal?

 

—Yo había iniciado la carrera de ingeniería industrial. Pensaba en casarme, tener una familia, pero en el segundo año vi que Dios me llamaba para esto. Estaba en el Movimiento Circulista (Círculo de Juventud), hacíamos retiros de conversión, ayudábamos, y en un momento lo vi claro: cuando uno se pregunta, solo ante Dios, ¿para qué nací? ¿qué quiere Dios de mí?, ahí se ve el llamado. Pensar en el momento de mi muerte fue clave, pensar en qué me hubiera gustado ser toda mi vida. Los invito a hacerse esa pregunta, ahí la vida tiene sentido. En esos interrogantes vi la respuesta, Dios tocó mi corazón, pero me fui al seminario con lágrimas, me costó mucho, en el fondo estaba seguro de lo que me pedía Dios, pero implicaba dejar todo lo que quería: mi familia, mis padres y mi novia —yo estaba enamorado—. Los primeros tiempos del seminario fueron difíciles, pero nunca dudé, hasta el día de hoy. Soy feliz, estoy donde Dios quiso.

 

 

Pedro Daniel Martínez fue obispo de San Luis por sucesión desde el 22 de febrero de 2011.

 

 

 

Me mandaron a Entre Ríos porque en Mendoza, San Luis y San Juan no había seminarios. De ahí tengo contacto con seminaristas y sacerdotes de San Luis, incluso para jugar al fútbol nos uníamos los mendocinos y los puntanos.

 

Me ordené sacerdote el 17 de diciembre de 1981, en Mendoza. Estuve en la parroquia San Vicente Ferrer, de Godoy Cruz, con un sacerdote muy ejemplar, Juan Tomasich. Realicé mucho trabajo apostólico, fui párroco, siempre en Mendoza; también tuve mi experiencia de vida monástica. Más adelante fui a San Rafael y ahí me enviaron a estudiar a Roma, donde hice el doctorado en Derecho Canónico y después en Teología Dogmática. Fueron casi 18 años allá, estaba 4 o 5 meses en Argentina y después viajaba a Roma.

 

 

 

 

 

—¿Cómo fue su designación en San Luis?

 

—Fue inesperada. Algunos ya hablaban de la posibilidad. El Papa elige (NdR: Benedicto XVI), decide para la sucesión apostólica. Cuando le dije a mi papá que iba a ser obispo de San Luis, me dijo: “No te olvides que tu abuela fue puntana”. Se lo comenté en diciembre y falleció en enero. Tenía muchos amigos, conocía al gobernador por historia, con lo cual vine con buena disposición.

 

 

—¿Cómo define su desempeño en la Diócesis?

 

—Como obispo creo que lo primero que hice fue trasmitir el mensaje del Evangelio en todos los niveles. La filosofía, la cultura, el catecismo, la vida cristiana, laprimacía de Dios, Jesucristo como único salvador, el cielo, el infierno, las realidades. Durante casi nueve años hice los cursos de cultura católica, que este año no los hemos podido hacer por el coronavirus. Todos los meses hubo una conferencia de temas fundamentales: la vida y la familia, filosofía, Patria e historia argentina, San Luis Rey, las mentiras o leyendas negras de la Iglesia que la gente repite y no están probadas, las raíces hispanoamericanas que tenemos, y teología de la historia, una visión desde la fe de la historia de la humanidad.

 

Luego tratamos de juntarnos con los sacerdotes, vernos, apoyarnos. Hicimos el Sub 7, que son los curas menores a 7 años de ordenación. Nos teníamos que juntar dos o tres veces al año para intercambiar ideas. La otra parte es la transmisión, llegar a la gente, estar cerca, visitar las parroquias, las fiestas patronales; hacía 65 mil kilómetros al año y el modo fue la cercanía, la presencia, la palabra: transmitir el Evangelio.

 

 

—¿Cómo fue su relación con el Estado?

 

—Siempre buena. De respeto, autonomía y mutua colaboración. Cuando llegué estaba Alberto Rodríguez Saá, fue un caballero, nos recibió muy bien, fue a San Rafael a la ordenación, lo cual ya implicó una cercanía; en ese momento nos ayudó para realizar el arreglo del Obispado. También tuvimos una buena relación con Claudio Poggi, con quien se concretó la organización de la visita del Nuncio Apostólico.

 

Actualmente, si bien pensamos distinto, creo que pensamos distinto porque pensamos y eso ya es un paso. A uno le desagradan cosas o no está de acuerdo, pero hemos llevado una relación de mucho respeto. Se respetó la cualidad del Gobernador y mi cualidad de obispo. Las autoridades deben trabajar armónicamente y eso es lo bueno que he experimentado, la inteligencia del doctor (por Alberto Rodríguez Saá) de llevar adelante las cosas de este modo.

 

 

—¿Cuál fue el motivo de su renuncia?

 

—Yo lo veo como hombre de Iglesia. Después de estos años quizá conviene una manera, así lo ve el Santo Padre. Él es quien nombra y traslada a los obispos, así como yo le pido a un sacerdote que esté en una parroquia o en otra. El Santo Padre me mandó a llamar, él pidió este cambio. Después de hablar, dije 'está bien, Dios tendrá caminos que uno no conoce'. Intercambié algunos sí y no, pero soy consciente de que la sucesión apostólica como obispo es en comunión con el Santo Padre. Esto está ligado a la razón teológica, el Papa es el vicario de Cristo y el sucesor de San Pedro, entonces, como obispo, uno trabaja en comunión. El Vaticano ha definido que el Papa tiene autoridad suprema, plena e inmediata en cada diócesis, entonces en ese sentido pensé que tenía que ser ese camino, que lo correcto era aceptar.

 

Ha sido desagradable y un momento difícil tomar la decisión. He querido mucho a los puntanos y me siento tan unido; creo que trabajamos bien, pero bueno, son momentos. Esto no estaba definido, el Papa aceptó la renuncia que me propuso a fines de abril, entre el 28 y el 29. No se sabía ninguna fecha de su decisión.

 

Los motivos son los tiempos, los matices, los acentos en la vida litúrgica, pastoral. El Papa ha creído conveniente este cambio. Aceptó la renuncia que me pidió y tuvo la delicadeza de nombrarme administrador diocesano, es decir, puso la confianza para llevar este momento de transición. Ahora comienzo a ser obispo emérito de San Luis.

 

 

—¿Qué balance hace de su gestión?

 

—Hemos transmitido la doctrina cristiana. Como decía San Pablo, he peleado el buen combate: enseñar la verdad y rechazar el error.

 

 

 

 

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