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Antonio Esteban Agüero, la despedida del bardo inmortal

El poeta merlino murió a los 53 años en la ciudad de San Luis. Quienes lo conocieron recuerdan su fuerte personalidad.

Por redacción
| 18 de junio de 2020
Junio de 1970. El Diario de San Luis participó del homenaje de despedida al poeta en el cementerio de Merlo.

Antonio Esteban Agüero había salido a caminar como todos los días por las tranquilas calles de su Villa de Merlo, cuando, poco después de las 11 de la mañana, sufrió un accidente cerebrovascular.

 

El doctor Ramón Darío Morán, jefe del dispensario merlino, solicitó la inmediata atención de Agüero en un centro de mayor complejidad. Un avión sanitario del Ministerio de Salud Pública de San Luis despegó, poco después de las 15:33, rumbo al aeropuerto de la capital sanluiseña.

 

Casi una hora más tarde, arribó al aeropuerto local. Al descender, el doctor Jorge Borra —uno de los acompañantes— dijo que su estado era muy grave: “Está consciente pero el ataque que sufrió el poeta, escritor y periodista tiene un cuadro muy complicado”.

 

Pese a los intensivos cuidados, Antonio Esteban Agüero murió el 18 de junio, a los 53 años. Y en un escueto comunicado, su familia hizo saber que sus restos serían sepultados a las 17, señaló El Diario de San Luis (hoy El Diario de la República).

 

Agüero había nacido el 7 de febrero de 1917 en la localidad de Piedra Blanca. Fue un activo militante radical; también presidente del Consejo de Educación de San Luis entre 1955 y 1956. Un año después fue nombrado director de Cultura, ese mismo año asumió como ministro de Previsión Social y Educación. También se desempeñó como ministro de Gobierno entre 1958 y 1959.

 

Su obra literaria comenzó a hacerse conocida cuando el diario La Prensa de Buenos Aires publicó su poema “Baladilla de los pies descalzos”. De ahí en más, el escritor fue sumando y cosechando lauros que enriquecieron la prosa sanluiseña y su destino.

 

Desde 1938 en adelante, periodísticamente Agüero se convirtió en un permanente colaborador de diarios de Argentina, Chile y Perú, entre otros países. En 1951, fue detenido y encerrado dos meses en la cárcel, y castigado a permanecer en su domicilio en Merlo por seis meses sin salir a la calle. Sus poemas habían sido interpretados como los de un poeta golpista y agitador, a raíz de los versos de “Yo, presidente”. Eran momentos en que la Argentina vivía convulsionada por un intento fallido de golpe de Estado.

 

 

Voces de recuerdo

 

El extaxista puntano Jorge Eduardo Perroni fue una de las personas —fuera del ámbito donde el poeta se movía— que más lo conoció. En él, Agüero depositaba muchas de sus vivencias diarias, y hasta lo contrataba para que lo trasladara a la Villa de Merlo.

 

Perroni recordó que el poeta prefería su auto de alquiler por encima de otros: “Yo tenía la parada frente a la plaza Pringles y hasta ahí llegaba a buscarme, nunca le pregunté por qué. Recuerdo, como si fuera hoy, que el 2 de mayo de 1966 me había citado en la vieja terminal de ómnibus; estaba sentado, alejado del resto y en soledad, tenía en frente una copa de ginebra. En ese momento recordó que estaba invitado a la inauguración de El Diario de San Luis”.

 

“Él no escatimaba esfuerzos ni presencia —precisó—, la ceremonia estaba demorada porque no terminaban de ensamblar bien el tiraje del diario. Estaban el gobernador Santiago Besso, monseñor José María Caferatta, funcionarios y canillitas. Cuando salieron los primeros ejemplares, Agüero —con el diario en su mano— dijo que era para mí. Fue un orgullo muy grande, todavía hoy lo conservo y está autografiado”, relató Perroni, y agregó: “Era un verdadero bohemio, muy amigo del diputado Abraham Sirur Flores de Santa Rosa del Conlara, cuyo padre tenía una fábrica de gorras en ese pueblo y con quien compartía interminables reuniones sociales”.

 

 

Había sufrido un accidente cerebrovascular, del que no pudo recuperarse.

 

 

Según el extaxista, Agüero le comentó que había comprado en Villa Dolores un auto Ford A y que lo tenía en el taller de un amigo, por lo que quería que lo trasladara a esa ciudad. Pero antes tenían que pasar por su casa paterna y visitar a su madre, a quien él le decía cariñosamente “La Flaca”. “Armamos el viaje y salimos. A duras penas llegamos a Merlo. Al vernos, su madre se puso muy contenta e inmediatamente nos sirvió un plato de mazamorra, su preferido, le gustaba con locura”. Por esos años, la ruta estaba asfaltada hasta río Quinto, los viajeros se trasladaban en un Chevrolet modelo 1939. Por el mal estado del camino el auto sufrió varios desperfectos, entre ellos las luces, a las que se les quemaban los filamentos, que debieron cambiar al llegar a Concarán, después de agotadoras y extenuantes horas de viaje.

 

Una vez en Merlo, el poeta desarrolló una intensa actividad social que incluyó una visita a un pequeño campo en Piedra Blanca, herencia de  sus abuelos. Y allí dijo: “Miren, este algarrobo tiene más de 700 años, es increíble que aún se mantenga en pie”. Hoy, en 2020, sigue siendo una de las más grandes atracciones de la villa turística y de esta parte del país.

 

Al parecer, el viaje a Villa Dolores fue una excusa del gran poeta para ir a ver a su madre en Merlo. Lo cierto es que nunca fueron a conocer el Ford A que se había comprado.

 

Quienes lo conocieron destacan que el escritor era muy querido y respetado, y que le gustaba salir por las noches y asistir a eventos culturales y sociales. Lo reconocen como un solitario, difícilmente se lo veía acompañado por amigos y siempre tenía a mano una pequeña libreta para volcar sus apuntes.

 

Juan Carlos Guevara, un exempleado de la Dirección de Cultura, lo recuerda como una persona muy detallista y cuidadosa. “Le gustaba comer bien y tomar de lo mejor, siempre andaba solo y era de caminar con cierta lentitud, como midiendo sus pasos”.

 

Agüero se casó con Elia Barbosa Fernández el 4 de enero de 1952 en Morelo, México. De esa unión nació su única hija, María Teresa, quien le dio dos nietos: María Josefina y José Martín Gimbernart.

 

Entre sus poemas más reconocidos se encuentran “Cantata del abuelo algarrobo”, “Digo la mazamorra”, “Capitán de pájaros”, “Canción para saludar al sol”, “Yo, presidente” y “Digo el llamado”. En 1960, Clarín le otorgó, por voto unánime de los tres jurados (Jorge Luis Borges, Enrique Larreta y Fermín Gutiérrez), el premio del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo por su poema “Un hombre dice a su pequeño país”.

 

Murió el 18 de junio de 1970 en la ciudad de San Luis, pero sus restos descansan en el cementerio de la Villa de Merlo. Ese mismo año, el poeta recibió el título de Doctor honoris causa post mortem de la Universidad Nacional de San Luis.

 

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