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Las cosas por su nombre

El periodismo gráfico tiene dos materias primas: la información y las palabras. A veces los datos llegan solos, pero otras muchas veces hay que buscarlos, revolver bajo la alfombra de la realidad hasta descubrir algo que no estaba a la vista, pero que necesita ser contado: una noticia.
Para narrar esas historias cotidianas, hay que darle forma a la información y materializarla en el lenguaje hasta convertirla en un texto preciso y claro, pero también atractivo para el lector. En esa cocina diaria que son nuestros escritorios, libretas y computadoras, las palabras revelan su verdadero poder: tienen vida por sí mismas, llevan una carga histórica, son como cofres que basta destapar para que afloren emociones y significados múltiples y diferentes.
En nuestra Redacción son constantes los debates sobre cuáles son los mejores términos para expresar tal o cual cosa. Como piezas de un rompecabezas que viene desarmado, los medimos, los pesamos, los probamos, los descartamos, los cambiamos de lugar y los volvemos a evaluar, hasta que elegimos uno. A veces tenemos un poco más de tiempo, aunque no más que un par de horas, y en otras oportunidades la urgencia apremia y hay que escoger el que esté más a mano.
Pero no todas las historias son iguales, y hay temas que exigen un mayor cuidado a la hora de redactar. Uno de esos ámbitos es el de la discapacidad. Porque cuando estamos frente al teclado, en el intento de ser claros, pero también responsables, se activan nuestros prejuicios y temores. 
Hace unos días, recibimos una nota del programa “ConDerechoS” de la fundación Despejarte.com, una ONG villamercedina integrada por profesionales que luchan porque se conozcan y se cumplan los derechos de las personas con discapacidad. En el texto, escrito con mucho respeto, nos pedían revisar la forma en que una nota de nuestra web se refería a alguien con “capacidades diferentes”. 
“Por miedo, pudor, desconocimiento tal vez, al momento de hablar de discapacidad muchas personas se sienten con la necesidad de emplear expresiones diferentes, que quizá se consideran más decorosas o suaves y muchos asocian 'discapacidad' a un término discriminatorio, pero en ese mismo acto de querer reemplazar la forma de nombrarla, existe un acto de exclusión”, plantearon.
Es que los vocablos para referirse a quienes tienen alguna enfermedad, síndrome o condición han variado con los años. Pasó mucho tiempo para que disminuyera el uso de términos como “mogólico”, que se lanzaban como un insulto. Pero después nos fuimos al otro extremo y llegó una especie de corrección política que instaló la idea de que las discapacidades son capacidades diferentes, y que las personas que las tienen son “chicos especiales”.
Todavía esa mirada nos impregna a nosotros como periodistas, pero también a nuestros lectores, que se enojan o nos corrigen si usamos un término que no “endulza” lo suficiente cada uno de estos casos.
“Decir discapacidad no tiene nada que ver con discriminar, la discapacidad necesita ser reconocida y abrazada por una comunidad preparada para ofrecerle los apoyos y andamiajes que se requieren para lograr una mejor calidad de vida, y para eso es necesaria la aceptación, la información y concientización. (…) Desde su rol de comunicadores y la importante tarea que se les asigna, proponemos nombrar cada cosa por su nombre”, nos interpelaron las profesionales. 
Y por eso, volvemos a asumir el compromiso de repensar la forma en la que hablamos en nuestros artículos sobre la discapacidad, como también tomamos el desafío de revisar nuestros conceptos y elegir las mejores palabras para narrar las historias de un mundo en constante transformación y en un oficio que se construye, se deconstruye y se reconstruye día a día, al mismo tiempo que se ejerce. 
 

 

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