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La voz de la disidencia

Ruth Bader Ginsburg era todo un símbolo. Su reemplazo, sin embargo, será mucho más que simbólico.
La mujer, quien desde 1993 ocupó el cargo de jueza de la Corte Suprema de EE.UU., era un ícono de la lucha por la defensa de los derechos de las mujeres, las personas migrantes y las minorías.
En 1959 se convirtió en una de las nueve mujeres graduadas de un grupo de 500 abogados que terminaron ese año su carrera en Harvard. Pero, a pesar de ser una estudiante brillante, no logró conseguir trabajo. Ser mujer, hija de inmigrantes judíos y madre le truncó la posibilidad de sus primeros avances profesionales. Eso fue, tal vez, lo que la marcó para siempre. Pero logró superarlo y convertirse en la segunda mujer en llegar al Tribunal Supremo. Entonces, decidió trabajar para allanar el camino de los demás.
Su voto fue clave en casos como el de 1996, cuando la Corte determinó que el instituto militar de Virginia debía permitir el ingreso de las mujeres. También impulsó la ley de remuneración justa, en respuesta a la decisión de la Corte de no dar lugar al reclamo de Lilly Ledbetter en 2007, quien acusó a la empresa en la que trabajaba de discriminación salarial. En 2009 la norma, que lleva el nombre de la demandante, fue la primera en ser ratificada por el presidente Barack Obama.
Su muerte deja un gran vacío en la Corte Suprema. A sus 87 años contaba con una larga carrera como imagen del progresismo en el país y también en el mundo. El puesto que ocupaba, que es vitalicio, es nominado por el presidente y con aprobación del Congreso.
Por lo tanto, más allá de su figura, la decisión que se tome podría implicar un cambio radical. Hasta ahora, la Justicia estaba bajo el mando de 9 jueces, 5 de ellos conservadores y 4 progresistas. Ese relativo equilibrio podría romperse, sobre todo si el actual mandatario se apresura a nombrar (como ya lo anunció) a un nuevo candidato como reemplazante.
Existen antecedentes a esta situación: ocurrió en 2016, cuando Obama intentó nominar a un juez y la decisión fue rechazada por el Senado. Por entonces, el republicano Mitch McConnell, quien hoy también ocupa la banca, argumentó que esto no sería posible por tratarse de un año electoral. Sin embargo, ahora anticipó que respaldará la nominación de Trump. 
No todo se trata de una lucha de poder: en juego hay mucho más, como la jurisprudencia de un país y, por tanto, los derechos de muchas personas. 
Ruth Bader Ginsburg logró crear símbolos distintivos que respaldaron su postura. Declaró en una entrevista que cada vez que sabía que iba a votar en disconformidad con el resto de los jueces solía usar un collar particular, nombrado después como “el collar disidente”. Consciente de lo que podría venir y como último acto de disidencia, pidió en su testamento no ser sustituida antes de las elecciones.

 

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