SAN LUIS - Domingo 07 de Agosto de 2022

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Rotaciones para cuidar el suelo y ganadería para vivir

Tienen una idea en común sobre cómo conservar las tierras que heredaron: producen ellos mismos o las alquilan pensando en qué cultivos siembran para ser sustentables.

Por María José Rodríguez
| 04 de julio de 2021
A la cabeza. Los hermanos Sergio y Clides. Said, hijo de Clides, se abocó al campo. Foto: Carlos Braile.

Tradiciones firmes, una familia unida y trabajo de sol a sol son las características que articulan la esencia de los Alvarado. Una familia que vive en Candelaria y se dedica principalmente a la ganadería y a la agricultura. Aseguran que en la cadena de producción se enfocan, por ahora, en el eslabón de la cría, aunque proyectan sumar recría y engorde. Además trabajan y alquilan parte de la tierra, siempre pensando en el cuidado y las estrategias necesarias para lograr la sustentabilidad. Y no es de ahora: todo comenzó hace cien años.

 

Orlando, Sergio y Clides son hermanos, nacieron en el establecimiento La Amarilla, un lugar que significa sentimentalmente mucho para ellos. “El nombre surgió en sus inicios. La zona no era muy habitada y cuando organizaban reuniones tomaban como punto de referencia el color. Además mi mamá y mis tíos decidieron conservar la casa en la que nacieron y se criaron, quieren recordarla así. Del edificio original se conserva una gran parte, fue hecho con ladrillo viejo grande pegado con barro, el resto fue remodelado cuando mi abuela se fue a vivir frente a la plaza”, cuenta Said Tarazi, el segundo de tres hermanos, hijo de Clides. El único que decidió abocarse de lleno a los trabajos del campo: es ingeniero agrónomo, asesor técnico, comerciante y docente.

 

 

El joven se define partidario de la idea de que los sistemas deben funcionar con eficiencia: “Me gusta aprovechar de manera óptima todos los recursos y generar la máxima producción posible desde una visión sustentable, perdurable en el tiempo. De nada nos sirve poner cultivos permanentemente a costa de degradar el suelo. Me gustaría poder conservar el campo para todas las generaciones de la familia, por suerte con mis primos tenemos la misma idea. Producir de manera sustentable, conservando el suelo y mantenerlo la mayor cantidad de años”, expresa.

 

Said aclara que para lograrlo es muy importante “una buena rotación de cultivos ya que no se puede estar planificando por separado, sino en cadena. Si un año hiciste papa, el siguiente tenés que rotar con una gramínea (maíz, cebada, centeno o trigo) porque le da firmeza al suelo, aporta raíces y materia orgánica para después trabajar con otro cultivo y lograr que todo sea productivo, rentable y sustentable”.

 

 

Plena cosecha. Los productores cuidan el suelo, aseguran que el secreto está en rotar los cultivos como si fuera una cadena.

 

 

La superficie total del campo es de cien hectáreas, aunque hay zonas en las que se conserva la flora autóctona. Destinadas a cultivo tienen sesenta. “El terreno tiene muy buena pendiente para riego, de hecho la zona de cultivos cuenta con el sistema de riego por surco. Además contamos con pequeñas represas dentro del establecimiento. El campo está ubicado de manera tal que queda  último en la red de canales y hay desagües de otros vecinos que desembocan aquí. Entonces, para no desaprovecharla, la juntamos. Después la bombeamos y en algún momento de sequía se puede volver a usar”, cuenta el joven. Su tío Sergio, atento a las explicaciones, asegura que el predio “tiene todos los servicios y comodidades, hicimos una vivienda con baños y electricidad, es muy linda y cálida. El campo cuenta con todos los detalles para que un productor pueda trabajar sin problemas cuando alquile un lote para elaborar sus cultivos”.

 

En el momento en el que la revista El Campo llegó a La Amarilla, un equipo de trabajo cosechaba batatas. 

 

“El suelo está en buenas condiciones, el agua para riego se dirige hacia el campo, que actualmente se encuentra en período de barbecho porque es época de descanso. Ya sacamos la batata y en la superficie han quedado restos de materia orgánica que son incorporados al suelo con un elemento que es la rastra y queda nivelado para el siguiente cultivo”, indica Sergio, mientras observa cómo rápidamente detrás suyo se van formando montoncitos de batatas.

 

En ese momento Said especifica que la producción va a parar a dos tipos de mercado de acuerdo al calibre: “La cosecha se clasifica. Una parte va en bolsas de 25 kilos al Mercado Central de Buenos Aires para comercializarla después en las verdulerías y otra queda para consumo industrial”, dice.

 

Para los productores es muy importante que les devuelvan el campo en las mismas o mejores condiciones en las que lo alquilaron. “No debe quedar desnivelado porque mover el suelo tiene un costo”, explica Sergio, que agrega que “cuando hay algún cultivo que deje rastrojos o materia seca, como la batata en este caso, o la papa y la cebolla, que tienen fibra, los hidratos de carbono y las proteínas se dejan. En ese momento mi tío aprovecha para traer el ganado”.

 

Después del ciclo de la batata el suelo se recupera para arrancar el verano. Tienen pensado poner soja, y en el invierno que viene proyecta sembrar avena o batata de nuevo.

 

“A la tierra hay que cuidarla con una buena rotación, con herramientas que actualmente se dejaron un poco de lado como la rastra, los cinceles y el arado, que ya no se usa. Nosotros sí usamos el cincel para romper y hacer una labranza vertical. En los caminos, tras el paso de los camiones se compacta un poco más la tierra, entonces conviene hacer una pasada de cincel para romper capas duras”, recomienda Said.

 

 

Hace unas semanas terminó la cosecha de batatas, ahora el suelo está en período de barbecho y lo preparan para cultivarlo en el verano. 

 

Enfocados en la cría

 

“Mi tío Sergio es quien se dedica más a la producción ganadera. Somos principalmente criadores, aunque en un futuro queremos hacer recría y engorde, que  ya planificamos que lo haríamos con los productos cosechados como maíz y alfalfa, hechos en La Amarilla”, dice el joven productor, y continúa: “Tiene alrededor de setenta  madres, aunque el número es variable porque por ahí renueva el plantel y algunas vacas entran en categoría de descarte, ya que se ponen viejas e improductivas. A una vaca que no da cría un año se le da una oportunidad más, pero si pasan dos años, se descarta y se engorda para carne”, cuenta Said, y agrega que principalmente comercializan en las ferias y remates organizados en la provincia por San Luis Feria y Ganadera del Sur.

 

El ingeniero agrónomo asegura que alimentan a los animales con pasturas. “En la época de lluvias se mantienen los animales, tanto las vacas como los toros y terneros, en el monte del establecimiento, donde pasan la mayor parte del verano. En invierno compramos rollos de alfalfa y suplementamos con maíz o algún núcleo vitamínico”, indica, y afirma que no cuentan con un número fijo en cuanto al peso de los animales, “es variable porque depende de la parición y del destete. Distinto es cuando te dedicas al engorde”.

 

Las razas que trabajan son Hereford, algunos cruza y Aberdeen Angus negro y colorado. “El negocio de la cría arranca con los vientres y algún propio toro, y muchas veces para mejorar la raza se aplica inseminación artificial con semen de toros reconocidos. Al ternero se lo cría hasta alrededor de los 5 o 6 meses, cuando se hace el destete aproximadamente a los 160 kilos. A partir de ahí  arranca la recría en pasturas, en la que suben hasta cerca de los 240 kilos”, explica Said.

 

 

Cosecheros . Para recolectar la batata, el inquilino del campo de los Alvarado utiliza mano de obra reclutada en Candelaria.

 

 

Y las instalaciones en las que trabajan con el ganado son las que están en La Amarilla: corrales, mangas, cargadores y comederos. “También hay infraesructura en el otro campo que tiene Sergio y se llama San Celestino, que está ubicado a unos 6 kilómetros de este de Candelaria. Mi tío siempre se dedicó a la cría de animales. Le gusta el negocio por más que no sea el más rentable a veces”.

 

 

Hacia una modernización

 

“Los dueños de La Amarilla tenemos bien claro que hay algunos aspectos que tenemos que mejorar, por ejemplo cuestiones que tienen que ver con los servicios que el nuevo empresario busca. El carácter intensivo que se ha tenido siempre, es decir producir mucho en poca superficie, no es algo que nos interese, queremos cuidar el suelo y mantenerlo en contacto con los animales. Para nosotros es muy importante la conservación, por eso traemos a las vacas a que vengan a pastorear”, dice Sergio Alvarado, mientras señala otro espacio dentro del predio que está en barbecho a la espera de  cultivos de la temporada de verano. 

 

Además el productor opina que “es muy posible que oriente mi producción hacia el engorde de animales, algo de encierre a corral y engorde en pasturas. Por eso proyecto agregar algunas gramíneas en las futuras siembras. Lo demás será destinado a la producción que demanda el mercado, estamos pensando en poner lechuga, melón, zapallos o papa, ya veremos”, explica el productor.

 

Además asegura que se siente un afortunado de la vida. “Tenemos hijos y sobrinos grandes, hemos consolidado la conformación técnica y además la relación entre todos es muy buena como para generar acuerdos que tienen que ver con qué se hace en la propiedad o en relación a la elaboración de un plan de trabajo”, explica, y aclara que vender el inmueble, o parte de él, no está en sus planes.

 

 

La batata más grande

 

Durante los primeros días de mayo, en plena cosecha de batata, trascendió en los medios de comunicación de toda la provincia que en La Amarilla habían sacado una batata que pesó cerca de los 10 kilos. “Lo anecdótico es que se dio en un lote que tenía  muy buena conservación, que ya tenía pastos naturales, en el que hubo pasaje de hacienda y que tuvo una franca recuperación con pastos naturales. Más el trabajo de preparación de suelo profundo que dio como resultado ese tamaño, y aunque otras no llegaron a ser tan grandes como este ejemplar, hubo algunas que alcanzaron entre los 4 y los 5 kilos”, dice Sergio, y Said agrega: “La batata puntualmente es un cultivo que no exige un suelo tan fértil, se desarrolla en suelos hostiles. En este caso la tierra del lote tiene un muy buen pH y la calidad del agua es excelente. Todo esto genera un buen desempeño en cuanto a cantidad y calidad de la producción. Además está favorecida por la ubicación, tiene una muy buena llegada de radiación solar”, concluye el ingeniero agrónomo.

 

 

Un siglo dedicados a producir

 

 

Orlando Alvarado y Beatriz Suárez dejaron a la descendencia un legado de tradiciones y conocimientos que sus hijos y nietos han sostenido a lo largo de cien años.

 

“Desde muy chicos estamos involucrados en la producción, tanto ganadera como agrícola. Siempre nos cuentan anécdotas y vivencias. La Amarilla tiene más de cien años, mi abuelo tuvo muchos pavos, criaban ovejas y chanchos. Recuerdo que había ‘carneadas’, aunque ya no se usa mucho, solían carnear un animal para compartir entre los vecinos. Mi tío Sergio conserva ese espíritu con sus amigos y disfrutan el asado y reparten la carne”, cuenta Said Tarazi.

 

Orlando, tal como se llama su padre, es el mayor de los tres hermanos, falleció a los 65 años, a principios del 2020, por problemas de salud. Tuvo dos hijos: Damián, que cría cerdos para consumo propio, y Ornella.

 

Sergio, de 61, que bromeaba sobre su estado civil, tuvo cuatro hijos: Esteban, Franco, Hernán y Nicolás. “Hernán le está tomando el gusto a la producción, es metalúrgico y brinda servicios a otros campos, como reparación de pivote de riego, soldaduras y reparación de maquinaria pesada, entre otros aspectos. De a poco se empezó a interesar en este rubro y ya sembró maíz. Le gustó mucho hacerlo, así que espero que siga con eso”, dice el joven.

 

Clides es la menor y tiene 56 años. Tuvo tres hijos, Sofía, Said y Antonio. “Mis tíos y mi mamá aman el campo, la vida tranquila que les brinda. Ellos limpiaban un terreno, pero son de esas personas a las que les gusta plantar un árbol y unos años más tarde sentarse a tomar mate bajo su sombra. Disfrutan mucho de las cosas simples”, expresa la mujer.

 

 

La Amarilla. En la casa que los vio nacer, Clides y Sergio (der), junto a Said. 

 

 

La Amarilla es mucho más que un simple pedazo de tierra en el que se cultiva o crían animales, el establecimiento representa cien años de tradiciones, de trabajo incansable, de historias graciosas y de recuerdos entrañables para toda Candelaria.

 

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