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El mundo cambió por la Covid-19

Por redacción
| 06 de julio de 2022

La pandemia de COVID-19 desencadenó riesgos interrelacionados en todo el mundo, en particular sobre las personas vulnerables, y debe ser una llamada de atención para todos.

 

Un estudio de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU) y la Oficina de la ONU para la Reducción de Riesgos de Desastres remarcó que es necesario analizar los riesgos de manera más integral.

 

Desde la bulliciosa ciudad de Guayaquil, en Ecuador, hasta los manglares de Bengala Occidental en India y desde el archipiélago de Indonesia hasta las costas tropicales de Togo en el oeste africano, los riesgos sistémicos asociados a la COVID-19 fueron expuestos en el informe.

 

Millones de personas que ya tenían dificultades para llegar a fin de mes, quienes a menudo trabajaban en la economía informal del sector agrícola y sobrevivían por debajo del umbral de pobreza, tuvieron que hacer frente a una serie de nuevos riesgos que no podrían haber previsto.

 

Entre ellos, la falta de empleo, el endeudamiento, la violencia civil y doméstica, el descarrilamiento de la educación de los hijos y menores oportunidades. En muchos lugares, las mujeres sufrieron de forma desproporcionada, debido a los prejuicios de género existentes en la sociedad.

 

En cada uno de los lugares estudiados puede observarse un efecto cascada o dominó, extendido por las sociedades mucho más allá de los efectos inmediatos de la pandemia misma.

 

El mundo está interconectado a través de sistemas que vienen con riesgos asociados y volátiles que han revelado, y reforzado, las vulnerabilidades en toda la sociedad.

 

En Guayaquil, por ejemplo, las familias que ya vivían hacinadas sufrieron más las órdenes de permanecer en casa que las que estaban en situaciones de vida más favorables.

 

El sistema sanitario de la ciudad llegó a un punto de inflexión en cuestión de semanas, después de que se detectó el primer caso en febrero de 2020, lo que provocó que un elevado número de cadáveres quedara sin atender en hospitales y residencias, así como en las calles.

 

Las imágenes de cadáveres acumulados en las calles que circularon por los medios de comunicación de todo el mundo mostraban lo que ocurría cuando la COVID-19 llegaba a zonas urbanas densamente pobladas.

 

Según la UNU, antes de la COVID-19 la interrelación de tales riesgos no era evidente en nuestra vida cotidiana, tampoco la naturaleza sistémica de estos riesgos, es decir, cómo afectaban o pueden afectar potencialmente a sociedades enteras más allá del problema mismo.

 

Otros ejemplos de esa interrelación pueden verse en cómo el cambio climático, los desastres naturales y, más recientemente, las consecuencias mundiales de la guerra en Ucrania “evidencian que nuestro mundo depende de una red compleja, a menudo frágil, de factores interdependientes”, apuntó el estudio.

 

Al ser Ucrania y Rusia dos de los principales productores mundiales de cereales y fertilizantes, uno de los efectos indirectos de la guerra es el aumento de los precios mundiales de los alimentos.

 

Esto resultó en un incremento de los costos de vida para quienes pueden pagarlos y empuja a los que no pueden hacerlo a una mayor inseguridad alimentaria.

 

Si la aparición de la COVID-19 obligó a ampliar la perspectiva de los riesgos sistémicos, la buena noticia es que también amplió su comprensión y la forma de abordarlos.

 

La primera medida a adoptar es entender cómo están conectadas las cosas. Los efectos en cascada originados por la COVID-19 permitieron detectar la correlación que existe en muchos de esos sistemas y evaluar si funcionan según lo previsto.

 

El mundo cambió por la COVID-19 y evaluar esos cambios es esencial.

 

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