Florencia Clementi
Médica cirujana
La coqueluche vuelve a golpear: la caída en la vacunación abre la puerta a más contagios
En salud pública, nada permanece estático. Las enfermedades que creemos controladas siempre encuentran la manera de recordarnos que el sistema es frágil. La coqueluche, esa vieja conocida que muchos consideran casi erradicada, volvió a instalarse en la agenda sanitaria de la Argentina con una contundencia que no debería sorprendernos, pero sí preocuparnos. Los números no dejan lugar a dudas: “627 casos confirmados durante 2025, con una tasa de incidencia de 1,32 por 100.000 habitantes”, advirtió la Sociedad Argentina de Infectología en su comunicado del 16 de diciembre de 2025 .
La situación no es homogénea, y eso la hace más compleja. Tierra del Fuego, Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la provincia de Buenos Aires vieron brotes importantes, en un contexto donde las coberturas de vacunación vienen en caída desde 2017 y se profundizaron durante la pandemia. Para dimensionar la gravedad, basta un dato: “las coberturas alcanzaron solo el 66,96% en lactantes de 6 meses y el 67,57% en personas gestantes” .
No es un número técnico; es un riesgo concreto. Y ese riesgo se traduce en tragedias: siete fallecimientos en 2025, todos menores de dos años sin esquemas completos de vacunación . Cada una de esas muertes es la consecuencia directa de una falla colectiva: cuando la inmunización cae, la enfermedad avanza sin resistencia.
La Sociedad Argentina de Pediatría ya había advertido el problema meses antes. En octubre de 2025 alertó que los casos habían aumentado notablemente y que el comportamiento epidemiológico mostraba la reaparición de una enfermedad que “no es infrecuente en adolescentes y adultos, quienes cumplen un rol clave en la transmisión hacia lactantes" .
A esta preocupación se sumó el Ministerio de Salud de la Nación, que el 3 de enero de 2026 actualizó la guía “Coqueluche: vigilancia, prevención y control”, dirigida especialmente al primer nivel de atención. Allí se detalla que, en lactantes menores de seis meses, “la tos puede no ser evidente y manifestarse como apneas, con alto riesgo de complicaciones graves y mortalidad” .
Lo que vuelve más evidente que el problema no es solo epidemiológico: es también comunicacional. La idea de que la tos ferina es parte del pasado se instaló con fuerza, pero es falsa. De hecho, la enfermedad continúa presentando brotes cíclicos cada tres a cinco años, incluso en países con calendarios robustos de vacunación.
La descripción clínica es tan antigua como aterradora: una tos violenta, espasmódica, que puede prolongarse más de cien días —de allí su nombre popular en China— y que en bebés puede evolucionar hacia neumonía, convulsiones, encefalopatía y muerte .
A esto se suma la rápida transmisibilidad en hogares, escuelas y espacios comunitarios, lo que hace que una sola persona sin diagnosticar pueda desencadenar un brote entero.
Pero hay algo aún más inquietante: la mayoría de los adultos no reconoce que la tos persistente que arrastra durante semanas puede ser coqueluche. Y mientras tanto, sin saberlo, contagian a quienes no tienen cómo defenderse.
La vigilancia epidemiológica también confirma la tendencia: “hasta la semana 45 de 2025 se notificaron 4.412 casos sospechosos, 516 confirmados y seis fallecimientos, todos menores de dos años” . La OPS ya emitió una alerta regional en junio de 2025 ante el aumento sostenido de casos en varios países de América.
La conclusión es clara y no admite interpretaciones alternativas: la caída de la vacunación nos está devolviendo enfermedades que ya teníamos controladas. Y la coqueluche es, simplemente, la primera en recordarlo con crudeza.
La prevención es sencilla en su principio pero exige compromiso en la práctica. El Calendario Nacional de Vacunación incluye la inmunización a los 2, 4 y 6 meses, refuerzos a los 15–18 meses, a los 5 y a los 11 años, y una dosis obligatoria en cada embarazo desde la semana 20 . Las vacunas son seguras. Lo que no es seguro es dejar de aplicarlas.
Es hora de asumir que la salud pública depende de decisiones individuales. Que una vacuna omitida hoy puede convertirse en una internación mañana. Y que ninguna enfermedad prevenible debería volver a cobrarse vidas, mucho menos de bebés.
La coqueluche regresó porque la dejamos regresar. Y solo va a irse si recuperamos la memoria sanitaria que, por costumbre o por desinformación, dejamos adormecer.
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