"Los años nuevos", la temprana serie del año que enseña que irse es volver a volver
Una serie española sigue durante diez años a una pareja en plena crisis de los 30 que se apresta, después de idas y vueltas, a entrar a la crisis de los 40.
Oscar cumple años el 31 de diciembre, es médico, cerebral, amigo de sus amigos y cuando lo conocemos está celebrando su cumpleaños número 30, a punto de separarse de su novia y a horas de sumirse en la crisis de los treinta. Ana cumple años el 1 de enero, estudió periodismo pero se gana la vida en el guardarropas de un boliche, no planea casi nada de lo que hace y cuando la conocemos está celebrando su cumpleaños número 30 enredada en las sábanas de Oscar. También la crisis de las tres décadas le pisa los talones.
Ambos son los protagonistas de “Los años nuevos”, la serie que se puede ver por Mubi y que, en enero nomás, se anotó para ser la más realista del año y por sus formas narrativas acaso también la más original. Está escrita y dirigida por Rodrigo Sorogoyen, un director español al que hay que seguir muy de cerca y que cuenta con una habilidad natural para describir el mundo de las parejas. Su primera película, compartida se llama “8 citas” y recorre un universo similar al de su nueva creación. Su segunda es “Stockholm” y también tiene a dos enamorados en el centro de la trama.
Formada por diez capítulos, cada uno sucede -durante una década- el día de cumpleaños de los protagonistas, una celebración personal que está disminuida por la celebración universal del año nuevo, o la noche vieja, como se llama en España. Los episodios saltan de año a año, por lo que al terminar la serie, Oscar y Anna se aprestan para vivir la crisis de los 40.
El invierno de Madrid, de Berlín o de Lyon –tres de las ciudades adonde el destino lleva a los protagonistas, con predominio de la capital española- es el marco nevado de una historia de amor como hace mucho no se cuenta. Idas, venidas, infidelidades negadas, infidelidades aceptadas, perdonadas, buen sexo, mal sexo, discusiones feroces –además impecablemente filmadas- y la sensación de una media naranja exprimida, de un alma gemela en pena, que está siempre ahí componen la década de una pareja como cualquiera.
El guiño al espectador se dilucida a medida que pasan los capítulos (y los años). Como la acción transcurre en un día específico, nada de lo que pasa entre el 31 de diciembre de un año al 31 de diciembre del otro se muestra, pero se deja intuir. Con más firmeza a medida que avanza la historia. Puede que los primeros capítulos ese recurso tome de sorpresa al espectador pero cuando termina de conocer a los personajes ya podrá trazar perfiles de la personalidad que le darán algunas pistas. Por ejemplo que siempre –siempre- una frase de Oscar será la que inicie el conflicto.
Aunque el médico y Anna sean los protagonistas centrales, la serie se las arregla para mostrar los vínculos de cada uno. Con sus padres, con sus hermanos, con sus amigos, con sus otras parejas, con sus compañeros de trabajo. Pero ninguno de esos personajes se desarrollará de manera independiente a los vaivenes de los protagonistas y toda la tensión estará puesta en esos treinteañeros camino a los cuarenta que, como en las viejas telenovelas rosas, consiguen que el deseo del espectador sea que terminen bien, incluso a costas del rechazo de aquellos personajes que –sin un ápice de maldad, todo lo contrario- pugnan por impedirlo.
Más específica aún, la serie abarca desde el 2015 al 2024, el año, además, que se estrenó en la televisión española. En esa década pasan los sinsabores de la relación y un detalle no menor: la pandemia, que toma protagonismo cuando promedia la historia.
Otro de los aspectos centrales de la producción es la música, un elemento de enorme peso en el relato, a tal punto que en algunos casos se convierte en parte del argumento. El ejemplo más claro es la presencia de Nacho Vegas, histórico crooner asturiano, que al principio de la relación es un gusto compartido entre Ana y Oscar. A propósito, el solista acaba de lanzar su nuevo disco, “Vidas semipreciosas”, de impecable factura.
“Vetusta Morla”, Joe Crepúsculo y Rodrigo Cuevas aportan también sus canciones, aunque en un tono mucho menos preponderante al que Sorogoyen se guarda para los últimos capítulos. En el inicio del episodio final, bajo una lluvia madrileña, mientras Ana fuma un cigarrillo y espera dos cafés para completar el cuadro placentero, se escucha “Una noche de asilo”, del uruguayo Jorge Drexler. Pero el espectador atento no habrá podido entonces recuperarse de la escena final del capítulo 9, cuando tras una despedida de los protagonistas y el regreso a sus rutinas empieza a escucharse desde la introducción “Volver a volver”, de Gabo Ferro que reproducida de manera completa y demuestra lo universal, imperecedero y vinculadas que pueden ser las historias cuando están bien contadas.
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