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Del silencio al veredicto: La Toma acompañó a Zoe hasta la condena final

Luego de casi dos años, la Justicia condenó a los culpables y La Toma cerró una herida abierta con una condena esperada.

Por Leandro Toranzo
| Hace 7 horas

El calor era denso, húmedo, de esos que no dan tregua. Así fue el día en que hallaron a Zoe Pérez sin vida en La Toma y así volvió a sentirse casi dos años después, cuando la Justicia dictó prisión perpetua para quienes la mataron. Dos jornadas distintas, atravesadas por el mismo clima y por una comunidad entera suspendida entre la angustia y la espera.

 

 

La mañana del 20 de febrero de 2024, cerca de las 10, Nahuel Mora llegó al departamento del barrio Barrancas buscando a su hermana. Desde temprano algo no le cerraba. Adrián Rodríguez le dijo que Zoe no estaba allí. Nahuel no le creyó. Insistió, recorrió el lugar, pidió ayuda. Fue el profesor de gimnasia —quien llegó acompañado por su hijo— el primero en advertir la escena y confirmar lo que nadie quería escuchar: Zoe estaba muerta. Él fue quien llamó a la Policía.

 

 

Cuando retiraron el cuerpo, la cuadra estaba colmada de vecinos. Fue el momento de mayor tensión. El calor, la conmoción, los murmullos. En medio de ese silencio espeso, una mujer del barrio habló en voz alta, como si dijera lo que muchos pensaban: “Todos sabemos que esto pasa, que hay menores que se juntan con mayores y están expuestos. Nadie hace nada”. Esa frase quedó flotando en el aire, como una herida abierta.

 

 

Hasta ese día, la vida de Nahuel era la de un trabajador del campo. Changas, esfuerzo físico, rutinas sencillas. El día previo al crimen había trabajado como siempre. Desde entonces, su mundo cambió para siempre. El derecho penal, los tribunales, los medios, los periodistas, las cámaras. Viajar a San Luis al menos una vez por mes. Diseñar flyers. Convocar marchas. Aprender a pedir justicia sin perder la calma. El dolor lo obligó a crecer de golpe.

 

 

 

A los pocos días del crimen, Nahuel recibió aeste cronista en su casa. Preparó café. Habló con la voz baja. Parecía casi un chico. El tiempo, sin embargo, lo fue dotando de temple. Estuvo en todas las marchas, en todas las audiencias. Solo se lo vio quebrado el día del veredicto, aferrado a su cruz, tranquilo, repitiendo una frase que sintetiza su lucha: “No le van a hacer daño a nadie más”. "Siento un alivio en el pecho", agregó frente a un grupo de cronistas que lo esperaban en la puerta de la sala de juicios.

 

 

El juicio oral expuso con crudeza lo ocurrido aquella madrugada. La fiscalía reconstruyó el recorrido de Zoe, las horas previas, el ingreso al domicilio, las cámaras de seguridad, el consumo de alcohol, el contexto de vulnerabilidad. En su alegato final, el fiscal sostuvo que la joven fue víctima de violencia sexual y que luego fue asesinada para ocultar ese delito. Habló de asfixia, de forcejeo, de una escena que no dejaba lugar a dudas. Pidió prisión perpetua para ambos imputados con perspectiva de género, remarcando la edad de la víctima y el abuso de poder ejercido.

 

 

 

La querella, representada por Esteban Bustos, fue aún más directa. Dijo que Zoe confió en quienes la rodeaban y que esa confianza fue traicionada. Habló de una agresión brutal, de una adolescente que no pudo defenderse, de una muerte evitable. Cuando proyectó imágenes de Zoe con su remera de promoción, la sala quedó en silencio.

 

 

Las defensas intentaron sembrar dudas. Cuestionaron pericias, horarios, interpretaciones. Negaron la existencia de abuso forzado y buscaron desligar a sus defendidos de la autoría del crimen. En ese contexto, Leandro Oses declaró ante el tribunal. Relató una noche de bebidas y música, dijo haberse sentido incómodo, aseguró haber escuchado a Zoe decir “no, no, no, dejate de joder”, pero afirmó no haber intervenido. Negó responsabilidad y denunció malos tratos policiales. Su testimonio, lejos de aclarar, profundizó las contradicciones.

 

 

Los testigos aportaron piezas clave. El profesor que encontró el cuerpo describió la escena con crudeza: las marcas en el cuello, el desconcierto, el hijo que ingresó detrás suyo diciendo “la mataron a Zoe”. Amigas de la adolescente contaron que ella se sentía incómoda, que había insistencias que no le gustaban, que aquella madrugada dejó de responder mensajes de forma abrupta. Policías y peritos detallaron lesiones, tiempos y procedimientos, en un juicio atravesado por momentos de alta tensión.

 

 

 

El día del veredicto, el calor volvió a ser protagonista. En la sala previa al ingreso al recinto había silencio. Una pantalla transmitía en vivo lo que ocurría adentro. Compañeros y compañeras de Zoe, vecinos y familiares llegaron desde La Toma. Afuera, pancartas, fotos y el pedido de justicia. Cuando desde el interior se escucharon los aplausos tras la palabra “perpetua”, muchos se abrazaron, otros lloraron en silencio. La espera había terminado.

 

 

Sandra, la madre, quebrada pero firme. Fidel, el padre, callado, sosteniendo la mano de su esposa. Nahuel, entero por fuera, roto por dentro. La comunidad acompañando, como lo hizo desde el primer día.

 

 

La historia de Zoe une para siempre a Nahuel, a Fidel y a Sandra con La Toma entera, un pueblo que aprendió a marchar, a exigir y a no callar. La condena no repara la pérdida, pero traza un límite claro: Zoe existió, fue amada y su nombre ya no podrá ser borrado del silencio.

 

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