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José Luis Romera, el inmigrante español que es un mercedino más

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José Luis Romera, el inmigrante español que es un mercedino más

Por Natalia Olguín


La integración nunca fue un problema para José Luis Romera. Su carisma y buen humor deben haberlo ayudado pero, además, él asegura que a sus 54 años jamás sintió discriminación por su ascendencia española. El reconocido comerciante es el propietario de la ropería “Casa Molina”, llegó desde Soria, una ciudad del noroeste de España a 350 kilómetros de Madrid, con apenas 3 años. Aquí estudió, se casó con una mercedina, tuvo dos hijos y, aunque volvió a su tierra natal hace treinta y cuatro años para visitar a sus parientes, siente que ya forjó su presente en suelo puntano. “Soy más mercedino que muchos”, aseveró con una risa contagiosa.


Su vida en Villa Mercedes empezó por decisión de sus padres Paulino y Eloísa Fernández que apostaron por un futuro mejor en tierras australes. “Cuando llegué, era muy chico. Mi papá se vino porque un tío mío tenía un negocio acá y lo llamó para que se viniera a trabajar con él. Mi viejo no lo dudó porque la situación allá, en 1965 era difícil. Así vinimos toda la familia”, recordó.


José Luis, sus papás y sus hermanos, María Asunción, la mayor, y Antonio, el menor, partieron en un barco desde el puerto de Bilbao que los cruzó a los cinco hasta Buenos Aires. Ya instalados y apadrinados por el tío, la familia se dedicó al comercio. Primero como colaboradores y luego a cargo de una de las dos sucursales que llegaron a tener.


Desde los primeros años los Romera se integraron rápidamente a la nueva localidad. "Nos encontramos con otros españoles que habían llegado antes y en aquel tiempo, que yo era chico, se juntaban mucho. Después las reuniones se perdieron con el tiempo. Aunque ahora de vez en cuando nos juntamos en la Sociedad Española con los que han quedado vivos y preparamos comidas típicas, pero también hacemos el asadito", confesó entusiasmado.


De joven estudió en la Escuela Nº 33 "Vicente Dupuy" y en el Instituto San Buenaventura obtuvo el título secundario. Cursó Ingeniería Química, pero en tercer año colgó los guantes y abandonó la carrera. Y es que el destino no iba a permitir que interrumpiera la tradición comercial de los Romera y fue entonces que con el retiro del tío, José se inició en la tienda de ropa. "Él estaba enfermo, muy viejo y alguien tenía que quedarse en el local del centro así que dejé de estudiar y me fui a atenderlo. Tenía 21 años, más o menos. Hoy ya tengo treinta y cinco de aportes y me faltan diez para jubilarme, pero todavía no quiero llegar a eso", bromeó.


Actualmente atiende el único "Casa Molina" en pie, en la Estación, e integra la Asociación de Vecinos y Comerciantes de la misma zona, con la que todos los años organiza la espléndida Fiesta del Inmigrante, donde de paso aprovecha y recuerda sus tradiciones natales. 


"No nos costó la integración porque no hubo gente que nos haya discriminado como familia. Mis padres estuvieron siempre bien. He tenido una buena vida, muchos amigos con los que comemos asados, tengo varios grupos, nadie me ha hecho notar que soy extranjero, estoy muy integrado", sostuvo José Luis.


También su hermana María Asunción se dedicó a la venta de colchones y tapizados, justo en la esquina opuesta, pero Antonio fue el único que no siguió la actividad y se desempeña como contador público.


Mientras trabajaba en la ropería, el amor sorprendió al español cuando conoció a Emilse, una maestra jardinera que años más tarde se transformó en su esposa, y que lo bendijo con dos varones: Rodrigo y Federico.


Con 54 años encima, siente que su vida está hecha en el pago de la Calle Angosta. Atrás quedaron los pocos años que vivió en Soria y, a diferencia de aquellos vagos recuerdos sobre la madre patria, el presente de Romera es claro y concreto. "Acá tengo todo, el negocio, la casa. Me casé con una mercedina, mis hijos son mercedinos, ya no me volvería a España. Me gusta la gente y la tranquilidad de la ciudad, porque a pesar que ha crecido mucho sigue teniendo ese aire de pueblo, nos conocemos todos, es tranquilo y se hacen muchos amigos", expresó agradecido.


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José Luis Romera, el inmigrante español que es un mercedino más

Sonrisa de vendedor. Desde los 21 vende ropa. Su buen humor y la facilidad para reírse es una de las claves de su permanencia.

La integración nunca fue un problema para José Luis Romera. Su carisma y buen humor deben haberlo ayudado pero, además, él asegura que a sus 54 años jamás sintió discriminación por su ascendencia española. El reconocido comerciante es el propietario de la ropería “Casa Molina”, llegó desde Soria, una ciudad del noroeste de España a 350 kilómetros de Madrid, con apenas 3 años. Aquí estudió, se casó con una mercedina, tuvo dos hijos y, aunque volvió a su tierra natal hace treinta y cuatro años para visitar a sus parientes, siente que ya forjó su presente en suelo puntano. “Soy más mercedino que muchos”, aseveró con una risa contagiosa.


Su vida en Villa Mercedes empezó por decisión de sus padres Paulino y Eloísa Fernández que apostaron por un futuro mejor en tierras australes. “Cuando llegué, era muy chico. Mi papá se vino porque un tío mío tenía un negocio acá y lo llamó para que se viniera a trabajar con él. Mi viejo no lo dudó porque la situación allá, en 1965 era difícil. Así vinimos toda la familia”, recordó.


José Luis, sus papás y sus hermanos, María Asunción, la mayor, y Antonio, el menor, partieron en un barco desde el puerto de Bilbao que los cruzó a los cinco hasta Buenos Aires. Ya instalados y apadrinados por el tío, la familia se dedicó al comercio. Primero como colaboradores y luego a cargo de una de las dos sucursales que llegaron a tener.


Desde los primeros años los Romera se integraron rápidamente a la nueva localidad. "Nos encontramos con otros españoles que habían llegado antes y en aquel tiempo, que yo era chico, se juntaban mucho. Después las reuniones se perdieron con el tiempo. Aunque ahora de vez en cuando nos juntamos en la Sociedad Española con los que han quedado vivos y preparamos comidas típicas, pero también hacemos el asadito", confesó entusiasmado.


De joven estudió en la Escuela Nº 33 "Vicente Dupuy" y en el Instituto San Buenaventura obtuvo el título secundario. Cursó Ingeniería Química, pero en tercer año colgó los guantes y abandonó la carrera. Y es que el destino no iba a permitir que interrumpiera la tradición comercial de los Romera y fue entonces que con el retiro del tío, José se inició en la tienda de ropa. "Él estaba enfermo, muy viejo y alguien tenía que quedarse en el local del centro así que dejé de estudiar y me fui a atenderlo. Tenía 21 años, más o menos. Hoy ya tengo treinta y cinco de aportes y me faltan diez para jubilarme, pero todavía no quiero llegar a eso", bromeó.


Actualmente atiende el único "Casa Molina" en pie, en la Estación, e integra la Asociación de Vecinos y Comerciantes de la misma zona, con la que todos los años organiza la espléndida Fiesta del Inmigrante, donde de paso aprovecha y recuerda sus tradiciones natales. 


"No nos costó la integración porque no hubo gente que nos haya discriminado como familia. Mis padres estuvieron siempre bien. He tenido una buena vida, muchos amigos con los que comemos asados, tengo varios grupos, nadie me ha hecho notar que soy extranjero, estoy muy integrado", sostuvo José Luis.


También su hermana María Asunción se dedicó a la venta de colchones y tapizados, justo en la esquina opuesta, pero Antonio fue el único que no siguió la actividad y se desempeña como contador público.


Mientras trabajaba en la ropería, el amor sorprendió al español cuando conoció a Emilse, una maestra jardinera que años más tarde se transformó en su esposa, y que lo bendijo con dos varones: Rodrigo y Federico.


Con 54 años encima, siente que su vida está hecha en el pago de la Calle Angosta. Atrás quedaron los pocos años que vivió en Soria y, a diferencia de aquellos vagos recuerdos sobre la madre patria, el presente de Romera es claro y concreto. "Acá tengo todo, el negocio, la casa. Me casé con una mercedina, mis hijos son mercedinos, ya no me volvería a España. Me gusta la gente y la tranquilidad de la ciudad, porque a pesar que ha crecido mucho sigue teniendo ese aire de pueblo, nos conocemos todos, es tranquilo y se hacen muchos amigos", expresó agradecido.


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