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Procesan a un hombre que golpeó a su madre y atacó a la Policía

Por redacción
| 18 de enero de 2017
Prohibido. El agresor debe mantenerse lejos de Sucre 95, de la casa donde supo vivir con su mamá.

Para el juez Contravencional y Correccional, Gustavo Daniel Moreira tenía todo los elementos en frente para darse cuenta de que lo que estaba haciendo era claramente un delito. Adelante había tres patrullas, de diferentes dependencias policiales de Villa Mercedes, también un grupo de efectivos que se identificaron como tales y le pidieron más de una vez que se calmara y se bajara del techo de su vivienda. Aun así, el hombre no paró de arrojarles piedras y cascotes, de apuntarles con una botella de vidrio rota y de amenazarlos con matar a su familia y después con quitarse la vida. No parecía bromear, pues ya había demostrado el alcance de sus advertencias: había golpeado en la cara a su madre. Por eso el juez Santiago Ortiz lo procesó por “atentado a la autoridad agravado” y “daños agravados”.

 


Aunque Moreira salió de la Comisaría 36ª como un hombre libre, no puede regresar a su casa del barrio Teodoro Fels, donde vivía con su madre. Dado que la jueza de Familia y Menores 1, Mariana Sorondo Obando, en paralelo, le impuso una restricción de acercamiento, por lo que no puede estar a menos de 200 metros de Clelia Graciela Aguilar, comentó una fuente.

 


El juez instructor le ordenó, además, que se someta a un tratamiento psiquiátrico en el Policlínico Regional “Juan Domingo Perón”. El área de salud mental del hospital deberá “brindarle de forma inmediata la contención y el tratamiento que la ciencia médica aconseje para el trastorno que padece” el imputado, indica Ortiz en su resolución. Según le había comentado Aguilar a la Policía, Moreira tiene “problemas psiquiátricos”.

 


El personal del Policlínico periódicamente deberá, entonces, remitirle al magistrado informes que indiquen el comienzo de ese tratamiento, la continuidad y la evolución del mismo. Asimismo, el hospital deberá realizar interconsultas médicas, neurológicas y estudios toxicológicos, sobre clorhidrato de cocaína, y luego enviar copia de la historia clínica psiquiátrica y del resto de los informes hechos al acusado.

 


De acuerdo a los testimonios de los policías que intentaron calmarlo y de los vecinos que vieron lo transformado que estaba Moreira, a entender del juez, está bastante claro lo que sucedió en Sucre 95, en lo de Aguilar, la madrugada del miércoles 11.

 


Esa noche, un minuto antes de las 12, la jubilada llamó al Centro de Operaciones de la Unidad Regional II y pidió ayuda porque su hijo la había golpeado. A los pocos minutos, dos auxiliares del Comando Radioeléctrico que patrullaban la zona, se allegaron a lo de la mujer de 65 años.

 


Aterrorizada, ella corrió hacia los efectivos apenas éstos estacionaron la patrulla al frente de su casa. Les contó, lo más rápido que pudo, que su hijo le había pegado una trompada en el rostro y le dijo que la iba a matar con un cuchillo de la cocina. Les pidió que, por favor, no perdieran tiempo, porque él seguía en la casa y temía que lastimara a una nieta que había quedado dentro.

 


Al entrar, los uniformados vieron que la menor no tenía ni un rasguño y que el hombre se había ido. Le aconsejaron a la jubilada, entonces, que denunciara la golpiza en la Comisaría del Menor y que si su hijo regresaba al domicilio no dudara en llamarlos otra vez. 

 


A la 1:45 la mujer volvió a marcar el 101. Moreira había regresado peor que como se había marchado: se subió al techo de la vivienda y, desde allí, gritaba que se iba a suicidar.

 


Cuando los auxiliares del Comando Radioeléctrico regresaron, el hombre los recibió con pedradas. Una impactó en el lado derecho del parabrisas y otra, en el techo del móvil 1-699. Otro cascote dañó el costado izquierdo de una camioneta de la Comisaría del Menor, que llegó después a prestar ayuda.

 


Los efectivos le decían al imputado que se tranquilizara. Pero él no escuchaba. Los insultaba y les advertía que si ponían un pie en su casa iba a asesinar a su familia.

 


En medio de las amenazas, tomó una botella de cerveza vacía y la reventó contra el techo, relataron los auxiliares Jorge Sepúlveda y Darío Muñoz. Armado, con ese trozo del envase de vidrio, se lanzó de la terraza, de tres metros de altura, y se abalanzó sobre los uniformados.

 


Los agentes buscaron calmarlo, disparando con su escopeta un cartucho antimulto. Así consiguieron, de momento, que Moreira desistiera de la idea de agredirlos, pero de inmediato comenzó a lastimarse. Se clavaba lo que quedaba de la botella de cerveza en una muñeca.

 


Perdió sangre y, en cuestión de segundos, el conocimiento. Y se desvaneció.

 


Mientras estaba inconsciente, los policías aprovecharon para esposarlo. Al cabo de un minuto, despertó. El verse esposado sólo lo alteró más y comenzó a golpearse la cabeza contra el suelo y la pared. Sólo se calmó cuando los paramédicos de la ambulancia del Sempro lo asistieron.

 


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