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Agricultura diversificada para cubrir los riesgos

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Agricultura diversificada para cubrir los riesgos

Marcelo Dettoni

La empresa se instaló en 2002 en el corredor productivo Quines-Candelaria. Hoy tiene cuatro campos en los que llegó a tener 11 cultivos distintos y agrega valor al algodón.

El año 2002 no trae en general buenos recuerdos a los argentinos. Se lo relaciona con el corralito, los cacerolazos, los bancos atrincherados y la depresión que sobrevino a la burbuja de la convertibilidad. Sin embargo, para la firma Puramel también significó el punto de partida de su inversión en San Luis. Ese año tan traumático, el cordobés Aldo Navilli decidió que valía la pena ponerle unas fichas a una provincia que le ofrecía seguridad jurídica, estabilidad y un excelente clima para desarrollar agricultura en el noroeste, en el corredor productivo que va de Quines a Candelaria por la ruta 79, que luego, más al norte, desemboca en La Rioja.

Por eso compró tres campos, a los que luego agregó un cuarto en 2006 para conformar las 11.500 hectáreas que hoy tiene Puramel en San Luis. Los ‘pioneros’ fueron San Miguel, con 3.772 hectáreas; El Hormiguero (1.395) y La Libertad (4.842), que tiene parte en La Rioja. Cinco años después compraron las 1.100 hectáreas de El Porvenir. Luego llegaría el tambo, y pronto tendrá otro, el primero robotizado.

Ahora es momento de hablar de la agricultura que desarrolla esta empresa, que al mismo tiempo que desembarcaba aquí comenzaba con un ambicioso plan de riego por pivotes, única manera de asegurar una producción anual completa, intensiva y muy variada, que incluye cultivos de verano tradicionales como soja y maíz; otros que resultaron innovadores y fueron cambiando con el tiempo y los ensayos, como garbanzos, arvejas y maní; y también el algodón, que tiñe de blanco a todo el corredor productivo. Esta última jugada incluyó traer a San Luis la primera desmotadora, para completar el proceso de agregado de valor y, de paso, ayudar a otros pequeños productores a sacar la materia prima mucho mejor conformada luego de la cosecha.

“De las 11.500 hectáreas ya tenemos 5.600 bajo riego a través de 59 pivotes, en secano sería imposible producir tanto porque el promedio anual de lluvias de la zona suele no superar los 450 milímetros. Es cierto que en 2016 cayeron 700, pero fue la excepción, como también lo que está lloviendo por estos días. Somos la mayor regante del país, con 13.000 hectáreas bajo el influjo de los pivotes en nuestros campos de San Luis, Córdoba y Salta”, cuenta Federico Lisa, el gerente de producción, mientras maneja su camioneta con este cronista de copiloto rumbo a una extensa recorrida por los lotes que se desperdigan a ambos lados de la ruta 79.

En San Luis, fruto de esa pasión por ensayar y tener una fuerte diversidad productiva, llegaron a tener 11 cultivos distintos al mismo tiempo. Hoy mantienen 4.200 hectáreas de algodón (mil de ellas sobre trigo de cobertura); unas 1.750 de maíz divididas entre una variedad de primera (550 hectáreas), otra de segunda (700) y una tercera que usan para grano (500); 300 hectáreas para cosechar de garbanzo que luego envían a la planta procesadora propia que tienen en la localidad cordobesa de La Carlota; 220 de trigo candeal (que llevan en bitrenes hasta Justo Daract y de allí en el tren hasta Capilla del Señor, donde lo procesa Molino Cañuelas) y 114 de alfalfa con riego por aspersión, a las que hay que sumar otras 30 que aún riegan por manto. “La alfalfa la cortamos y la dejamos para que se deshidrate, porque la usamos para hacer heno para rollo”, arrima información Lisa, quien viaja todas las semanas desde Río Cuarto para manejar la parte puntana de este gigante agrícola.

El algodón es uno de los símbolos de Puramel, con el que comenzaron cuando parecía imposible que ese cultivo se pudiera desarrollar en San Luis. Si bien ya había trascendido las fronteras de Chaco, donde están las principales empresas, nunca había traspasado los límites de la provincia. Pero ellos apostaron y están más que conformes con el desarrollo logrado, que los llevó de las 100 hectáreas iniciales en 2005 a las cuatro mil que cosecharon en la última campaña.

“Si bien los commodities tienen épocas de muy buenos precios, los fletes en la Argentina siempre fueron muy caros. Entonces decidimos generar valor agregado en origen, por eso trajimos en 2010 la primera desmotadora, porque antes había que llevar el algodón recién cosechado a Córdoba y La Rioja para procesarlo. Así bajamos costos de transporte y de paso le dimos trabajo a 30 personas de Candelaria, San Miguel y Quines”, completó el gerente, quien también reconoce que el algodón puntano termina en remeras de primera calidad ya que Navilli es el dueño de la marca Vitamina, una de las más cotizadas del mercado textil argentino.

La idea de evitar todas las veces que sea posible pagar altos costos de flete también los llevó a traer el tambo que tenían en Córdoba a la tranquilidad de San Luis. “Así pudimos aprovechar mejor el maíz, porque era muy caro llevarlo a Rosario, así lo aplicamos a la producción de leche y de carne”, dice Carlos Taruselli, el gerente de la estancia San Miguel, el centro administrativo de Puramel en San Luis. La mejor rotación que encontraron es hacer una gramínea como el trigo luego del maíz para aprovechar sus beneficios, y así cuidar mejor la calidad de los suelos de una empresa que tiene bien distribuida la producción, con una planta de semillas en Córdoba, en la localidad de Alejandro Roca, y la ganadería apostada en el Valle de Anta, en Salta, junto con la agricultura que permite esa región del norte del país, que no es tan pródiga como San Luis.

Durante la recorrida por los campos podemos comprobar las rotaciones decididas por los ingenieros agrónomos para cuidar los suelos y mejorar los rindes. Vemos un algodón sembrado que tuvo un antecesor soja (que usaron para hacer unos ensayos en la planta que Bayer tiene unos kilómetros más al norte) y antes había pasado un garbanzo por ese lote. Al lado, la rotación fue distinta: maíz para silo, trigo de cobertura en invierno y ahora algodón. Cada decisión es aprobada por consenso entre los profesionales y quienes tienen la palabra final sobre manejo agrícola.

El garbanzo lo tienen bien medido porque fueron pioneros en la región. “Rinde entre 2.500 y 3.000 kilos por hectárea, es proteína pura y aporta nitrógeno en cantidad. Además, como es un cultivo invernal, consume poco agua, es ideal introducirlo dentro de nuestros planes agrícolas”, afirma Taruselli, quien completa la descripción con el agregado de valor de este cultivo no tradicional: “Lo procesamos en Córdoba, donde se separa por calibre. El grano más grande tiene más valor y va a Europa y Estados Unidos para consumo directo, pero el más chico también es muy buscado por el precio. Finalmente está el partido, que entra en la molienda para harina de garbanzo y también en las dietas para la hacienda.

 

Agua para mi tierra

El riego es uno de los estandartes de la firma, por lo que están siempre atentos a las prestaciones de un sistema de mantenimiento que se denomina TPM (Mantenimiento Total Productivo), que abarca un exhaustivo control sobre ese factor clave, la electricidad del campo y, próximamente, le van a sumar la desmotadora. “Trabajamos bajo la consigna ‘error cero’ que utiliza Toyota en Japón e incluye severas normas de prevención y un protocolo de seguimiento constante”, cuenta Lucas Angeli, quien es el responsable de todo el riego de Puramel, que además de los 59 pivotes tiene también unas 200 hectáreas con el sistema de goteo subterráneo, que se usa mucho en frutales y para desarrollar la caña de azúcar.

“Genera un bulbo de humedad en superficie y evita que se vaya más allá del metro de profundidad”, explica el ingeniero, quien comenzó con un experimento en 10 hectáreas en 2010 antes de largarse con las otras 190 que controla hoy. Son mangueras colocadas a cada metro, con un gotero cada 50 centímetros. Agua no les falta, se abastecen del dique La Huertita y tienen 50 perforaciones a 110 metros de profundidad. “El agua es muy buena, hacemos un seguimiento constante del acuífero, el mismo que hace San Luis Agua, para comprobar la calidad, la recarga y la sustentabilidad, para mantener el nivel”, completa Angeli.

La empresa distribuye tres millones de milímetros de agua en 6.000 hectáreas, lo que da un promedio de 500 milímetros por hectárea y por año. Sus pivotes tienen entre 7 y 13 tramos y se desplazan con motores eléctricos comandados desde pequeños puestos de control que están armados en sitios estratégicos de los cuatro campos.

Por supuesto, un buen riego depende de una excelente provisión eléctrica. “Puramel ayudó a construir la Estación Transformadora de Candelaria, ya que donó el terreno donde se levanta. Tenemos 40 kilómetros de líneas de media tensión, entre aéreas y subterráneas. Antes recibíamos la energía desde Merlo, pero éramos cola de línea, así que en verano se cortaba muy seguido. Después llegó la ET de Luján que le dio mucho aire a la zona y no hubo más cortes”, recuerda Lisa

 

Universo blanco

La recorrida por los campos perfectamente sembrados en círculos para aprovechar mejor el agua de riego que expanden los pivotes desemboca en la planta de procesamiento del algodón. Allí nos esperan Mario Quinteros, un experto en manejar la desmotadora, y Dante Gatica, quien es el jefe de la planta y es el que cuenta que la máquina vino de Estados Unidos y tiene una capacidad de limpiar 30 mil toneladas por año, “o sea que puede desmotar todo el algodón que se produce en San Luis, el nuestro y el de las demás empresas”, asegura con sencillez. Se refiere a las 450 hectáreas que cosecha Indara y a las 800 que el año pasado hizo Aceitera General Deheza (AGD) en un campo que está muy cerquita del de Puramel, pero ya camino a Villa Dolores por la ruta 20. Ellos ocuparon 4.200 hectáreas y procesaron 16 mil toneladas para hacer punta en la producción provincial.

En los días de la visita de la revista El Campo la planta parecía un quirófano por su pulcritud. Claro, más allá de la prolijidad y el profesionalismo de Gatica y su gente, era una época sin trabajo porque el algodón todavía está en el campo. En marzo comenzará el movimiento grande. “Usamos la fibra para venderle a la industria textil, sobre todo de La Rioja pero también de otros sitios del país; y el grano para nuestro tambo y otros de la zona, como el de Martín Pasman, que está en Luján. También proveemos al único semillero de la Argentinas, Gensus, que está en el Chaco”, describe Lisa.

La maquinaria de última generación, de las que hay tres en el mundo pero las otras dos son prototipos ubicados en Europa, emplea a 34 personas. “Con esta desmotadora logramos mayor calidad, más rendimiento y bajo consumo y mantenimiento, lo que nos permite tener una mejor relación entre las horas de utilización del personal y la producción final”, es la cuenta que saca Gatica. El gerente de producción agrega que “San Luis no sólo produce el algodón más austral del mundo, también tiene mejor calidad que el de Chaco, Santiago del Estero y el norte de Santa Fe, que son las zonas más conocidas. También de estos campos surge una semilla mejor que la que pueden rescatar en el norte del país”.

La sanidad es todo un tema en materia de algodón. Y en ese aspecto San Luis también tiene ventaja respecto de las otras provincias productoras porque está declarada por Senasa como “Libre del Picudo Algodonero”, la peor plaga porque afecta los rendimientos de forma notable y es muy difícil de erradicar una vez que logró entrar a una zona de cultivos. “Estamos dispuestos a vender semillas a otros tambos locales con tal que el picudo no traspase las fronteras de San Luis”, asegura Lisa, en una clara decisión empresarial de mantener el estatus sanitario actual.

 

El desarrollo del algodón los llevó a armar la primera desmotadora en la provincia, que les sirvió para hacer un vital agregado de valor.

 

La desmotadora, que tiene arranque automático y un tablero que se puede manejar en cuatro idiomas, recibe directamente desde la cosecha módulos de algodón compactado de 15 mil kilos. “Va ‘comiendo’ los módulos, los desarma y los pasa por una cinta rumbo a la tolva”, comienza su descripción Quinteros. “El algodón pasa a través de aire con flujo positivo o negativo, según lo requiera el proceso, y un sistema pre limpieza con rolos dentados logra que el algodón se abra y entonces comienza el acondicionamiento de las motas”, continúa el operario, quien realizó capacitaciones muy exigentes para poder manejar la maquinaria.

A partir de allí, el capullo llega a lo que se conoce como ‘pecho de desmote’, una sierra con 234 dientes que separa por un lado la semilla y por otro la fibra. La fibra va a una prensa que arma fardos de 220 kilos que tienen como destino la industria textil. La semilla, en tanto, va para consumo, ya sea a las celdas (depósitos) o se convierte en aceite. “Puramel ya tiene una semilla original de buena genética, que mandamos a siembra propia o bien a otras empresas que la compran”, agrega el gerente de producción, que describe cómo certifican la calidad: “Con un proceso de deslintado, así logramos la trazabilidad que requieren las normas internacionales”.

Hay semillas de ciclo largo (seis meses) y corto. “La primera es más productiva, tiene mayor calidad de fibra y mejor semilla, pero muchas veces se opta por la segunda para escapar de las heladas”, reconoce el directivo de Puramel.

 

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Agricultura diversificada para cubrir los riesgos

La empresa se instaló en 2002 en el corredor productivo Quines-Candelaria. Hoy tiene cuatro campos en los que llegó a tener 11 cultivos distintos y agrega valor al algodón.

El año 2002 no trae en general buenos recuerdos a los argentinos. Se lo relaciona con el corralito, los cacerolazos, los bancos atrincherados y la depresión que sobrevino a la burbuja de la convertibilidad. Sin embargo, para la firma Puramel también significó el punto de partida de su inversión en San Luis. Ese año tan traumático, el cordobés Aldo Navilli decidió que valía la pena ponerle unas fichas a una provincia que le ofrecía seguridad jurídica, estabilidad y un excelente clima para desarrollar agricultura en el noroeste, en el corredor productivo que va de Quines a Candelaria por la ruta 79, que luego, más al norte, desemboca en La Rioja.

Por eso compró tres campos, a los que luego agregó un cuarto en 2006 para conformar las 11.500 hectáreas que hoy tiene Puramel en San Luis. Los ‘pioneros’ fueron San Miguel, con 3.772 hectáreas; El Hormiguero (1.395) y La Libertad (4.842), que tiene parte en La Rioja. Cinco años después compraron las 1.100 hectáreas de El Porvenir. Luego llegaría el tambo, y pronto tendrá otro, el primero robotizado.

Ahora es momento de hablar de la agricultura que desarrolla esta empresa, que al mismo tiempo que desembarcaba aquí comenzaba con un ambicioso plan de riego por pivotes, única manera de asegurar una producción anual completa, intensiva y muy variada, que incluye cultivos de verano tradicionales como soja y maíz; otros que resultaron innovadores y fueron cambiando con el tiempo y los ensayos, como garbanzos, arvejas y maní; y también el algodón, que tiñe de blanco a todo el corredor productivo. Esta última jugada incluyó traer a San Luis la primera desmotadora, para completar el proceso de agregado de valor y, de paso, ayudar a otros pequeños productores a sacar la materia prima mucho mejor conformada luego de la cosecha.

“De las 11.500 hectáreas ya tenemos 5.600 bajo riego a través de 59 pivotes, en secano sería imposible producir tanto porque el promedio anual de lluvias de la zona suele no superar los 450 milímetros. Es cierto que en 2016 cayeron 700, pero fue la excepción, como también lo que está lloviendo por estos días. Somos la mayor regante del país, con 13.000 hectáreas bajo el influjo de los pivotes en nuestros campos de San Luis, Córdoba y Salta”, cuenta Federico Lisa, el gerente de producción, mientras maneja su camioneta con este cronista de copiloto rumbo a una extensa recorrida por los lotes que se desperdigan a ambos lados de la ruta 79.

En San Luis, fruto de esa pasión por ensayar y tener una fuerte diversidad productiva, llegaron a tener 11 cultivos distintos al mismo tiempo. Hoy mantienen 4.200 hectáreas de algodón (mil de ellas sobre trigo de cobertura); unas 1.750 de maíz divididas entre una variedad de primera (550 hectáreas), otra de segunda (700) y una tercera que usan para grano (500); 300 hectáreas para cosechar de garbanzo que luego envían a la planta procesadora propia que tienen en la localidad cordobesa de La Carlota; 220 de trigo candeal (que llevan en bitrenes hasta Justo Daract y de allí en el tren hasta Capilla del Señor, donde lo procesa Molino Cañuelas) y 114 de alfalfa con riego por aspersión, a las que hay que sumar otras 30 que aún riegan por manto. “La alfalfa la cortamos y la dejamos para que se deshidrate, porque la usamos para hacer heno para rollo”, arrima información Lisa, quien viaja todas las semanas desde Río Cuarto para manejar la parte puntana de este gigante agrícola.

El algodón es uno de los símbolos de Puramel, con el que comenzaron cuando parecía imposible que ese cultivo se pudiera desarrollar en San Luis. Si bien ya había trascendido las fronteras de Chaco, donde están las principales empresas, nunca había traspasado los límites de la provincia. Pero ellos apostaron y están más que conformes con el desarrollo logrado, que los llevó de las 100 hectáreas iniciales en 2005 a las cuatro mil que cosecharon en la última campaña.

“Si bien los commodities tienen épocas de muy buenos precios, los fletes en la Argentina siempre fueron muy caros. Entonces decidimos generar valor agregado en origen, por eso trajimos en 2010 la primera desmotadora, porque antes había que llevar el algodón recién cosechado a Córdoba y La Rioja para procesarlo. Así bajamos costos de transporte y de paso le dimos trabajo a 30 personas de Candelaria, San Miguel y Quines”, completó el gerente, quien también reconoce que el algodón puntano termina en remeras de primera calidad ya que Navilli es el dueño de la marca Vitamina, una de las más cotizadas del mercado textil argentino.

La idea de evitar todas las veces que sea posible pagar altos costos de flete también los llevó a traer el tambo que tenían en Córdoba a la tranquilidad de San Luis. “Así pudimos aprovechar mejor el maíz, porque era muy caro llevarlo a Rosario, así lo aplicamos a la producción de leche y de carne”, dice Carlos Taruselli, el gerente de la estancia San Miguel, el centro administrativo de Puramel en San Luis. La mejor rotación que encontraron es hacer una gramínea como el trigo luego del maíz para aprovechar sus beneficios, y así cuidar mejor la calidad de los suelos de una empresa que tiene bien distribuida la producción, con una planta de semillas en Córdoba, en la localidad de Alejandro Roca, y la ganadería apostada en el Valle de Anta, en Salta, junto con la agricultura que permite esa región del norte del país, que no es tan pródiga como San Luis.

Durante la recorrida por los campos podemos comprobar las rotaciones decididas por los ingenieros agrónomos para cuidar los suelos y mejorar los rindes. Vemos un algodón sembrado que tuvo un antecesor soja (que usaron para hacer unos ensayos en la planta que Bayer tiene unos kilómetros más al norte) y antes había pasado un garbanzo por ese lote. Al lado, la rotación fue distinta: maíz para silo, trigo de cobertura en invierno y ahora algodón. Cada decisión es aprobada por consenso entre los profesionales y quienes tienen la palabra final sobre manejo agrícola.

El garbanzo lo tienen bien medido porque fueron pioneros en la región. “Rinde entre 2.500 y 3.000 kilos por hectárea, es proteína pura y aporta nitrógeno en cantidad. Además, como es un cultivo invernal, consume poco agua, es ideal introducirlo dentro de nuestros planes agrícolas”, afirma Taruselli, quien completa la descripción con el agregado de valor de este cultivo no tradicional: “Lo procesamos en Córdoba, donde se separa por calibre. El grano más grande tiene más valor y va a Europa y Estados Unidos para consumo directo, pero el más chico también es muy buscado por el precio. Finalmente está el partido, que entra en la molienda para harina de garbanzo y también en las dietas para la hacienda.

 

Agua para mi tierra

El riego es uno de los estandartes de la firma, por lo que están siempre atentos a las prestaciones de un sistema de mantenimiento que se denomina TPM (Mantenimiento Total Productivo), que abarca un exhaustivo control sobre ese factor clave, la electricidad del campo y, próximamente, le van a sumar la desmotadora. “Trabajamos bajo la consigna ‘error cero’ que utiliza Toyota en Japón e incluye severas normas de prevención y un protocolo de seguimiento constante”, cuenta Lucas Angeli, quien es el responsable de todo el riego de Puramel, que además de los 59 pivotes tiene también unas 200 hectáreas con el sistema de goteo subterráneo, que se usa mucho en frutales y para desarrollar la caña de azúcar.

“Genera un bulbo de humedad en superficie y evita que se vaya más allá del metro de profundidad”, explica el ingeniero, quien comenzó con un experimento en 10 hectáreas en 2010 antes de largarse con las otras 190 que controla hoy. Son mangueras colocadas a cada metro, con un gotero cada 50 centímetros. Agua no les falta, se abastecen del dique La Huertita y tienen 50 perforaciones a 110 metros de profundidad. “El agua es muy buena, hacemos un seguimiento constante del acuífero, el mismo que hace San Luis Agua, para comprobar la calidad, la recarga y la sustentabilidad, para mantener el nivel”, completa Angeli.

La empresa distribuye tres millones de milímetros de agua en 6.000 hectáreas, lo que da un promedio de 500 milímetros por hectárea y por año. Sus pivotes tienen entre 7 y 13 tramos y se desplazan con motores eléctricos comandados desde pequeños puestos de control que están armados en sitios estratégicos de los cuatro campos.

Por supuesto, un buen riego depende de una excelente provisión eléctrica. “Puramel ayudó a construir la Estación Transformadora de Candelaria, ya que donó el terreno donde se levanta. Tenemos 40 kilómetros de líneas de media tensión, entre aéreas y subterráneas. Antes recibíamos la energía desde Merlo, pero éramos cola de línea, así que en verano se cortaba muy seguido. Después llegó la ET de Luján que le dio mucho aire a la zona y no hubo más cortes”, recuerda Lisa

 

Universo blanco

La recorrida por los campos perfectamente sembrados en círculos para aprovechar mejor el agua de riego que expanden los pivotes desemboca en la planta de procesamiento del algodón. Allí nos esperan Mario Quinteros, un experto en manejar la desmotadora, y Dante Gatica, quien es el jefe de la planta y es el que cuenta que la máquina vino de Estados Unidos y tiene una capacidad de limpiar 30 mil toneladas por año, “o sea que puede desmotar todo el algodón que se produce en San Luis, el nuestro y el de las demás empresas”, asegura con sencillez. Se refiere a las 450 hectáreas que cosecha Indara y a las 800 que el año pasado hizo Aceitera General Deheza (AGD) en un campo que está muy cerquita del de Puramel, pero ya camino a Villa Dolores por la ruta 20. Ellos ocuparon 4.200 hectáreas y procesaron 16 mil toneladas para hacer punta en la producción provincial.

En los días de la visita de la revista El Campo la planta parecía un quirófano por su pulcritud. Claro, más allá de la prolijidad y el profesionalismo de Gatica y su gente, era una época sin trabajo porque el algodón todavía está en el campo. En marzo comenzará el movimiento grande. “Usamos la fibra para venderle a la industria textil, sobre todo de La Rioja pero también de otros sitios del país; y el grano para nuestro tambo y otros de la zona, como el de Martín Pasman, que está en Luján. También proveemos al único semillero de la Argentinas, Gensus, que está en el Chaco”, describe Lisa.

La maquinaria de última generación, de las que hay tres en el mundo pero las otras dos son prototipos ubicados en Europa, emplea a 34 personas. “Con esta desmotadora logramos mayor calidad, más rendimiento y bajo consumo y mantenimiento, lo que nos permite tener una mejor relación entre las horas de utilización del personal y la producción final”, es la cuenta que saca Gatica. El gerente de producción agrega que “San Luis no sólo produce el algodón más austral del mundo, también tiene mejor calidad que el de Chaco, Santiago del Estero y el norte de Santa Fe, que son las zonas más conocidas. También de estos campos surge una semilla mejor que la que pueden rescatar en el norte del país”.

La sanidad es todo un tema en materia de algodón. Y en ese aspecto San Luis también tiene ventaja respecto de las otras provincias productoras porque está declarada por Senasa como “Libre del Picudo Algodonero”, la peor plaga porque afecta los rendimientos de forma notable y es muy difícil de erradicar una vez que logró entrar a una zona de cultivos. “Estamos dispuestos a vender semillas a otros tambos locales con tal que el picudo no traspase las fronteras de San Luis”, asegura Lisa, en una clara decisión empresarial de mantener el estatus sanitario actual.

 

El desarrollo del algodón los llevó a armar la primera desmotadora en la provincia, que les sirvió para hacer un vital agregado de valor.

 

La desmotadora, que tiene arranque automático y un tablero que se puede manejar en cuatro idiomas, recibe directamente desde la cosecha módulos de algodón compactado de 15 mil kilos. “Va ‘comiendo’ los módulos, los desarma y los pasa por una cinta rumbo a la tolva”, comienza su descripción Quinteros. “El algodón pasa a través de aire con flujo positivo o negativo, según lo requiera el proceso, y un sistema pre limpieza con rolos dentados logra que el algodón se abra y entonces comienza el acondicionamiento de las motas”, continúa el operario, quien realizó capacitaciones muy exigentes para poder manejar la maquinaria.

A partir de allí, el capullo llega a lo que se conoce como ‘pecho de desmote’, una sierra con 234 dientes que separa por un lado la semilla y por otro la fibra. La fibra va a una prensa que arma fardos de 220 kilos que tienen como destino la industria textil. La semilla, en tanto, va para consumo, ya sea a las celdas (depósitos) o se convierte en aceite. “Puramel ya tiene una semilla original de buena genética, que mandamos a siembra propia o bien a otras empresas que la compran”, agrega el gerente de producción, que describe cómo certifican la calidad: “Con un proceso de deslintado, así logramos la trazabilidad que requieren las normas internacionales”.

Hay semillas de ciclo largo (seis meses) y corto. “La primera es más productiva, tiene mayor calidad de fibra y mejor semilla, pero muchas veces se opta por la segunda para escapar de las heladas”, reconoce el directivo de Puramel.

 

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