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El sueño chico de la Patria Grande

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El sueño chico de la Patria Grande

Revolucionario o dictador, líder carismático o autoritario, las posturas encontradas sobre el hombre que hace 20 años ganó su elección presidencial son simplistas y no conducen a ninguna parte. Lo histórico de su legado no depende de sus éxitos o fracasos, sino de sus intenciones: lejos de la improvisación, de su plan de gobierno se desprenden –y entienden– varias de las políticas que trató de implementar en Venezuela y en la región.

Han pasado 20 años de la elección de Hugo Chávez como presidente venezolano. Entre el líder que comenzó a hacerse conocido con un intento de golpe de Estado en 1992 y el presidente objetivo de ese mismo movimiento diez años después, surgió en medio un hombre cargado de simbolismos –que supo alimentar– y uno de los presidentes que más apoyo y críticas cosechó en su país y en el mundo. El mito es lo que es, y lo seguirá siendo. Pero sus proyectos de un socialismo del siglo XXI y una “Patria Grande” eran reales, tanto que intentó, por varios medios, aplicarlos en su país y en la región. Algunas ideas siguen vigentes, otras ya no. Pero su imagen, más aún después de su muerte, continúa causando reacciones encontradas. La Venezuela de hoy no es la misma que dejó, pero tampoco la misma que lo vio surgir.
 

Del “Caracazo” al intento de golpe

“Por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados”, fue la frase que todos recuerdan de un breve discurso que dio Hugo Rafael Chávez Frías antes de ser apresado por comandar un intento de golpe de Estado en 1992. El antecedente de ese intento fue el conocido como “Caracazo”: una serie de protestas en 1989 que terminaron en saqueos y una fuerte represión policial.

Las palabras de Chávez hacían alusión a los objetivos de ese movimiento iniciado por algunos sectores del ejército para derrocar al gobierno de Carlos Andrés Pérez, un presidente que estaba atravesando un momento de amplio descrédito y cuyas políticas económicas agravaban la situación de un país de por sí desigual. Sus palabras fueron recordadas desde ese día. Y desde ese día, ese hombre para muchos desconocido pasó a convertirse en esperanza, en el Mesías que vendría a salvarlos de esa situación tan complicada en la que se encontraba el país. Sólo en ese contexto se puede entender el surgimiento de su figura y su evolución.

Cuando en 1994 Hugo Chávez fue liberado, supo comprender la dimensión de su imagen y capitalizarla a su favor. Entre 1995 y 1997 se dedicó a recorrer el país para dar a conocer su plan de gobierno.

El golpe había fallado, pero su líder no. Seis años después y con un gran apoyo popular, se convertiría en el presidente más joven de la historia país.

 

El tránsito hacia un nuevo modelo

El 6 de diciembre de 1998, el comandante Hugo Chávez era elegido como el nuevo presidente venezolano con el 56,2% de los votos.

Inmediatamente inició su plan de gobierno. Varios años después fue tildado tanto de defensor de los derechos de las clases populares como de dictador. Hay algo que sí es cierto: es incorrecto culparlo de no tener objetivos claros, independientemente del resultado que hayan tenido en la práctica.

En 1999, el mismo año de su asunción, comenzó a trabajar en una nueva Constitución y nuevas políticas que no causaron tanto entusiasmo en algunos sectores: producto de esto, en 2002, fue depuesto por un golpe de Estado que duró poco menos de 48 horas. Protestas sociales y militares leales al presidente lograron salvarlo del retiro y de un intento de asesinato.

Si bien nunca pudo comprobarse fehacientemente (la justicia se negó primero a investigar a algunos militares y el fiscal que llevaba la investigación murió en un atentado unos años después), Chávez culpó de ese golpe no sólo a los sectores empresariales perjudicados con sus medidas sino también a los Estados Unidos, un país que habría sufrido las decisiones del nuevo gobierno difícil de controlar y –sobre todo– con recursos fundamentales.

Luego de su vuelta al poder, el 14 de abril de 2002, Chávez debió enfrentarse a grandes paros del sector petrolero (uno de ellos duró más de 60 días) que tenían el mismo objetivo que el golpe pero distintas vías.

Hay quienes ubican el golpe de Estado de 2002 como un hecho que marcó la entrada a la política de un Chávez más duro en todas las esferas de poder, con la oposición y con los medios de comunicación. Pero sus objetivos fundamentales no cambiaron: en 2007, al comienzo de un nuevo período presidencial, anunció la transformación del país en un Estado socialista.

Sobre esa idea basaría gran parte de sus medidas económicas, sociales y políticas.

 

Para Hugo Chávez el socialismo del siglo XXI implicaba una mayor participación de la sociedad en los procesos democráticos, un Estado presente en algunos sectores y una economía diferente a la del sistema capitalista.

 

 

 

El socialismo del siglo XXI

En teoría, y para Hugo Chávez, el socialismo del siglo XXI implicaba una mayor participación de la sociedad en los procesos democráticos (que no se limitara a la votación en las elecciones), un Estado presente en algunos sectores y una economía diferente a la del sistema capitalista, en donde la propiedad privada ya no cumpliera un rol central y en donde la ley de la oferta y la demanda fuera reemplazada por el valor del trabajo como determinante del valor de los bienes o las mercancías.

Estas ideas generales debían ser aplicadas en la práctica y requerían un proceso de transición en Venezuela.

Sobre esas premisas se tomaron medidas concretas. La democracia protagónica, de la que hablaba Chávez, se intentó implementar a través de unas organizaciones ciudadanas comunales como los Consejos y las Organizaciones Comunitarias Autogestionarias, que surgieron desde el comienzo de su mandato pero que se profundizaron entre los años 2004 y 2006. Se trataba de organismos civiles, con sus propias asambleas, decisiones, proyectos y gestión.

Sin reemplazar a las autoridades locales, esas organizaciones funcionaban de manera paralela a las instituciones tradicionales. La nueva constitución, aprobada en 1999, ya contaba con varios artículos de promoción de la participación ciudadana, y en 2006, las comunas surgieron tras la aprobación de la ley de Consejos Comunales.

El Estado también comenzó a tomar un papel importante: la ley de hidrocarburos de 2001 aumentó la participación estatal en los proyectos de empresas petroleras que invirtieran en el país. La regulación de los precios de productos de consumo masivo (iniciada en 2003) también formó parte de una política que entendió necesaria una mayor participación estatal en la actividad económica. Pero no se limitó sólo a ese tema: las “misiones”, una serie de programas sociales de educación y salud, fueron creadas y destinadas fundamentalmente a que esos servicios llegaran a los sectores más necesitados.

En el plano económico, y en cuanto a la distribución de tierras, Chávez inició un proceso de reforma agraria y redistribución de terrenos que el gobierno consideraba improductivos. La ley de 2001, que no estuvo libre de polémica, culminó el proceso en 2005 con una orden presidencial de expropiar latifundios y tierras para otorgárselas a quienes las quisieran trabajar.

Enmarcado en estas premisas generales e intentando llevar a Venezuela hacia ese proceso de transición, Chávez insistió en la necesidad de la extensión de ese modelo a la región.

 

El sueño de la “Patria Grande”

No puede entenderse a Chávez, sin su otro objetivo, del que tanto hablaba cuando mencionaba a Simón Bolívar. El sueño de la “Patria Grande” fue el que marcó su política exterior.

En este sentido, Chávez también siguió políticas consecuentes con la idea de una región integrada y en la que se disminuyera la influencia de los Estados Unidos. Con este último país las relaciones, al menos en términos retóricos, eran claramente malas.

Con respecto a la región, si bien tuvo momentos de confrontación con el gobierno de Álvaro Uribe en Colombia –que luego se solucionaron y mejoraron con Juan Manuel Santos– la idea de Chávez era lograr una integración capaz de negociar y ganar fuerza en bloque.

Siguiendo esa línea, impulsó la creación de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), consiguió que su país ingresara como miembro pleno del Mercosur y propició la formación de otros bloques de integración como la Alternativa Bolivariana para América Latina y el Caribe (ALBA).

Sin embargo, en los últimos años, el éxodo venezolano, por el que miles de ciudadanos dejan hoy el país, y la llegada al poder de gobiernos que en la región priorizaron acuerdos bilaterales y otro tipo de alianzas internacionales (en un giro hacia la derecha que se profundizó con las últimas elecciones en Brasil) dejaron truncas las intenciones de Chávez. Lo cierto es que la “Patria Grande” con la que soñó por ahora se vuelve cada vez más pequeña.

Difícil es saber qué sería de Venezuela y de la región si él viviera todavía.

 

Por: Agustina Bordigoni

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El sueño chico de la Patria Grande

Revolucionario o dictador, líder carismático o autoritario, las posturas encontradas sobre el hombre que hace 20 años ganó su elección presidencial son simplistas y no conducen a ninguna parte. Lo histórico de su legado no depende de sus éxitos o fracasos, sino de sus intenciones: lejos de la improvisación, de su plan de gobierno se desprenden –y entienden– varias de las políticas que trató de implementar en Venezuela y en la región.

Han pasado 20 años de la elección de Hugo Chávez como presidente venezolano. Entre el líder que comenzó a hacerse conocido con un intento de golpe de Estado en 1992 y el presidente objetivo de ese mismo movimiento diez años después, surgió en medio un hombre cargado de simbolismos –que supo alimentar– y uno de los presidentes que más apoyo y críticas cosechó en su país y en el mundo. El mito es lo que es, y lo seguirá siendo. Pero sus proyectos de un socialismo del siglo XXI y una “Patria Grande” eran reales, tanto que intentó, por varios medios, aplicarlos en su país y en la región. Algunas ideas siguen vigentes, otras ya no. Pero su imagen, más aún después de su muerte, continúa causando reacciones encontradas. La Venezuela de hoy no es la misma que dejó, pero tampoco la misma que lo vio surgir.
 

Del “Caracazo” al intento de golpe

“Por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados”, fue la frase que todos recuerdan de un breve discurso que dio Hugo Rafael Chávez Frías antes de ser apresado por comandar un intento de golpe de Estado en 1992. El antecedente de ese intento fue el conocido como “Caracazo”: una serie de protestas en 1989 que terminaron en saqueos y una fuerte represión policial.

Las palabras de Chávez hacían alusión a los objetivos de ese movimiento iniciado por algunos sectores del ejército para derrocar al gobierno de Carlos Andrés Pérez, un presidente que estaba atravesando un momento de amplio descrédito y cuyas políticas económicas agravaban la situación de un país de por sí desigual. Sus palabras fueron recordadas desde ese día. Y desde ese día, ese hombre para muchos desconocido pasó a convertirse en esperanza, en el Mesías que vendría a salvarlos de esa situación tan complicada en la que se encontraba el país. Sólo en ese contexto se puede entender el surgimiento de su figura y su evolución.

Cuando en 1994 Hugo Chávez fue liberado, supo comprender la dimensión de su imagen y capitalizarla a su favor. Entre 1995 y 1997 se dedicó a recorrer el país para dar a conocer su plan de gobierno.

El golpe había fallado, pero su líder no. Seis años después y con un gran apoyo popular, se convertiría en el presidente más joven de la historia país.

 

El tránsito hacia un nuevo modelo

El 6 de diciembre de 1998, el comandante Hugo Chávez era elegido como el nuevo presidente venezolano con el 56,2% de los votos.

Inmediatamente inició su plan de gobierno. Varios años después fue tildado tanto de defensor de los derechos de las clases populares como de dictador. Hay algo que sí es cierto: es incorrecto culparlo de no tener objetivos claros, independientemente del resultado que hayan tenido en la práctica.

En 1999, el mismo año de su asunción, comenzó a trabajar en una nueva Constitución y nuevas políticas que no causaron tanto entusiasmo en algunos sectores: producto de esto, en 2002, fue depuesto por un golpe de Estado que duró poco menos de 48 horas. Protestas sociales y militares leales al presidente lograron salvarlo del retiro y de un intento de asesinato.

Si bien nunca pudo comprobarse fehacientemente (la justicia se negó primero a investigar a algunos militares y el fiscal que llevaba la investigación murió en un atentado unos años después), Chávez culpó de ese golpe no sólo a los sectores empresariales perjudicados con sus medidas sino también a los Estados Unidos, un país que habría sufrido las decisiones del nuevo gobierno difícil de controlar y –sobre todo– con recursos fundamentales.

Luego de su vuelta al poder, el 14 de abril de 2002, Chávez debió enfrentarse a grandes paros del sector petrolero (uno de ellos duró más de 60 días) que tenían el mismo objetivo que el golpe pero distintas vías.

Hay quienes ubican el golpe de Estado de 2002 como un hecho que marcó la entrada a la política de un Chávez más duro en todas las esferas de poder, con la oposición y con los medios de comunicación. Pero sus objetivos fundamentales no cambiaron: en 2007, al comienzo de un nuevo período presidencial, anunció la transformación del país en un Estado socialista.

Sobre esa idea basaría gran parte de sus medidas económicas, sociales y políticas.

 

Para Hugo Chávez el socialismo del siglo XXI implicaba una mayor participación de la sociedad en los procesos democráticos, un Estado presente en algunos sectores y una economía diferente a la del sistema capitalista.

 

 

 

El socialismo del siglo XXI

En teoría, y para Hugo Chávez, el socialismo del siglo XXI implicaba una mayor participación de la sociedad en los procesos democráticos (que no se limitara a la votación en las elecciones), un Estado presente en algunos sectores y una economía diferente a la del sistema capitalista, en donde la propiedad privada ya no cumpliera un rol central y en donde la ley de la oferta y la demanda fuera reemplazada por el valor del trabajo como determinante del valor de los bienes o las mercancías.

Estas ideas generales debían ser aplicadas en la práctica y requerían un proceso de transición en Venezuela.

Sobre esas premisas se tomaron medidas concretas. La democracia protagónica, de la que hablaba Chávez, se intentó implementar a través de unas organizaciones ciudadanas comunales como los Consejos y las Organizaciones Comunitarias Autogestionarias, que surgieron desde el comienzo de su mandato pero que se profundizaron entre los años 2004 y 2006. Se trataba de organismos civiles, con sus propias asambleas, decisiones, proyectos y gestión.

Sin reemplazar a las autoridades locales, esas organizaciones funcionaban de manera paralela a las instituciones tradicionales. La nueva constitución, aprobada en 1999, ya contaba con varios artículos de promoción de la participación ciudadana, y en 2006, las comunas surgieron tras la aprobación de la ley de Consejos Comunales.

El Estado también comenzó a tomar un papel importante: la ley de hidrocarburos de 2001 aumentó la participación estatal en los proyectos de empresas petroleras que invirtieran en el país. La regulación de los precios de productos de consumo masivo (iniciada en 2003) también formó parte de una política que entendió necesaria una mayor participación estatal en la actividad económica. Pero no se limitó sólo a ese tema: las “misiones”, una serie de programas sociales de educación y salud, fueron creadas y destinadas fundamentalmente a que esos servicios llegaran a los sectores más necesitados.

En el plano económico, y en cuanto a la distribución de tierras, Chávez inició un proceso de reforma agraria y redistribución de terrenos que el gobierno consideraba improductivos. La ley de 2001, que no estuvo libre de polémica, culminó el proceso en 2005 con una orden presidencial de expropiar latifundios y tierras para otorgárselas a quienes las quisieran trabajar.

Enmarcado en estas premisas generales e intentando llevar a Venezuela hacia ese proceso de transición, Chávez insistió en la necesidad de la extensión de ese modelo a la región.

 

El sueño de la “Patria Grande”

No puede entenderse a Chávez, sin su otro objetivo, del que tanto hablaba cuando mencionaba a Simón Bolívar. El sueño de la “Patria Grande” fue el que marcó su política exterior.

En este sentido, Chávez también siguió políticas consecuentes con la idea de una región integrada y en la que se disminuyera la influencia de los Estados Unidos. Con este último país las relaciones, al menos en términos retóricos, eran claramente malas.

Con respecto a la región, si bien tuvo momentos de confrontación con el gobierno de Álvaro Uribe en Colombia –que luego se solucionaron y mejoraron con Juan Manuel Santos– la idea de Chávez era lograr una integración capaz de negociar y ganar fuerza en bloque.

Siguiendo esa línea, impulsó la creación de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), consiguió que su país ingresara como miembro pleno del Mercosur y propició la formación de otros bloques de integración como la Alternativa Bolivariana para América Latina y el Caribe (ALBA).

Sin embargo, en los últimos años, el éxodo venezolano, por el que miles de ciudadanos dejan hoy el país, y la llegada al poder de gobiernos que en la región priorizaron acuerdos bilaterales y otro tipo de alianzas internacionales (en un giro hacia la derecha que se profundizó con las últimas elecciones en Brasil) dejaron truncas las intenciones de Chávez. Lo cierto es que la “Patria Grande” con la que soñó por ahora se vuelve cada vez más pequeña.

Difícil es saber qué sería de Venezuela y de la región si él viviera todavía.

 

Por: Agustina Bordigoni

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